El secreto de la vida 1 Febrero, 2008
Posted by No Blog in Soliloquios.3 comments
Perdona que te lo recuerde. No es algo que se tenga en cuenta a menudo porque el chiringuito de muchos se iría al carajo. Pero tu vida se acaba. Cada segundo que pasa, cada segundo que se va para siempre, te acerca un segundo más a la muerte.
No, no te ofendas. No digo esto desde algún tipo de superioridad moral. A mí también me pasa. Yo también me muero. Y soy terriblemente consciente de ello. De hecho, me aterra.
Ha sido siempre un miedo superior a mí. Durante mucho tiempo conseguí no pensar en ello. Imaginaba que sucedería en un futuro muy remoto. Pero un día descubres más canas de las habituales en tu cabeza y despiertas a la realidad del paso inexorable del tiempo.
Y ahí está la clave. Por eso me tomo tan a la tremenda vivir cada día lejos de mis sueños.
Una broma, o ¿no? 14 Enero, 2008
Posted by No Blog in Humor.2 comments
Conversación telefónica.
-Una amiga: La verdad es que hoy estoy cansada. No me apetece hacer nada. Sólo meterme en la cama bajo las mantas.
-Yo: Puff…. ¡Qué casualidad!. Estoy igual. Sólo me apetece meterme en tu cama.
-Una amiga: [Risitas]
Conversación captada a medias en el trabajo.
-Alguien de fondo: -…el típico demente que en EE.UU. entra armado en la oficina y se lleva por delante a media docena.
-Yo [con mirada aviesa]: A ver… Alguien que entra en una oficina y se carga sólo a media docena no es un demente. ¡Es alguien con muy mala puntería!
-Coro de compañeros: [Risitas nerviosas]
Kill your idols (y III) 5 Enero, 2008
Posted by No Blog in Galería de Personajes.3 comments
Madurar consiste principalmente en dejar de soñar. Dejar de soñar que seremos futbolistas, bomberos o campeones de algo y asumir la vida que tenemos. Tiene su gracia, porque no hay nada más distinto en esta vida que una adolescente y yo. Y sin embargo ahora entiendo que lo que yo he aspirado casi toda mi vida en cuestiones de pareja no dejaba de ser el equivalente, salvando las distancias, a los sueños de una adolescente: Que algún día apareciera alguien realmente especial que cumpliera unos requisitos milimétricamente establecidos y que entonces todo fuera como la seda.
Conocí en la carrera a alguien que respondía más o menos a lo que yo esperaba encontrar en una mujer y lo nuestro resultó un desastre por una razón muy simple. En la vida real una mujer como yo soñaba nunca sería feliz al lado de alguien como yo. En aquel momento todo pareció cuestión de las circunstancias. Alguien especial me había escogido a mí como tabla de salvación en un momento complicado de su vida. Pero cuando me planté en Italia el abismo insalvable entre yo y alguien que encajaba en mi arquetipo deseado resultó verdaderamente chocante.
Para colmo mi amiga italiana vivía en una ciudad famosa por su vida cultural e intelectual, todo un bastión de la izquierda con una universidad centenaria. Ella conocía personalmente a artistas e intelectuales de fama europea. ¿Qué habría pensado al conocerme? Para mí ella era como un sueño hecho realidad. Yo en cambio era un simple empollón friki de una ciudad de provincias. Uno más entre los cientos de tipos desgarbados, con gafas, pretendidamente intelectuales y torpes en sus relaciones con las mujeres que debían haberse cruzado a lo largo de su vida.
Yo había siempre soñado con alguien que tuviera ciertas inquietudes e intereses, que leyera determinados libros y que escuchara determinada música. Cuando encontré una mujer así resultó que aquellos intereses comunes no produjeron conexión alguna. Los dos ciertamente tratábamos de llenar vacíos en nuestras vidas pero vivíamos todas aquellas cosas profundas y trascendentes de formas bastante diferente. Pero la lección no era simple y únicamente esa, que puedes soñar con alguien de una determinada forma y cuando la encuentras descubres que tú no eres su tipo.
En mi visita a su ciudad y en todo los emails que intercambiamos a lo largo de nuestra relación fui descubriendo a una persona inestable y con enormes carencias emocionales. Decía no recordar absolutamente nada de su vida universitaria. Había borrado todos los recuerdos de aquellos años (!). Mantenía una relación conflictiva con sus padres que le había impulsado a vivir lejos de ellos. Coqueteaba con las drogas duras justificándose, como todas las niñas de papá, en su afán por “experimentar”. No hace falta añadir en qué niveles subterráneos andaba su autoestima. Ni hace falta contar la clase de tipos con los que se relacionaba.
La cuestión era que precisamente ese arquetipo de chica con el que yo soñaba era la clase de mujer de la que es mejor huir. Y ahí entraba algo total y terriblemente irracional. ¿Cómo convencerte a ti mismo para que deseches los sueños de la postadolescencia nunca cumplidos? ¿Cómo domar tus propios instintos? Supongo que eso es lo que decía tiene que ver con madurar.
Pero hay algo más. Llegó un punto que fui capaz de entender el perfil al que respondían las chicas que me habían interesado. Representaban el mundo “alternativo-guay” al que yo nunca accedí. Entrando en su vida yo de alguna manera formaba poseía un pedazo de ese mundo que siempre me había dado la espalda. Es ese el origen de la paradoja. Me sentía atraído por chicas que pertenecían a un mundo que me rechazaba. Y ellas no resultaron muy diferentes al resto de la gente. Pedía un milagro. Esperaba encontrar a alguien que se moviera por determinados ambientes pero que no hubiera en el fondo vendido su alma y se fijara en mí. Alguien así no existe.
Lo terrible es que en su momento llegué a Holanda teniendo en casa una relación con alguien bastante especial y posiblemente habría sucumbido si la tentación hubiera estado al alcance de la mano. Supongo que a pesar de todo sentía que tenía rituales de paso que cruzar. Llegamos por fin al meollo de todas estas historias. El como buena parte de mi vida de adolescente y de joven que mi vida no era todo lo buena que podía ser al compararme con la gente que habitaba en un mundo al que yo no pertenecía. Esa era una razón para querer apropiarme de un pedacito de él. Y no es tan sencillo como para despacharlo todo culpando a un rencor encubierto. La gente que escucha las radiofórmulas comerciales y se emborracha los fines de semana también parecen pertenecer a un mundo de aparente felicidad. Esa es la gran y verdadera pregunta. ¿Por qué la felicidad me resulta tan esquiva?
Kill your idols (II) 3 Enero, 2008
Posted by No Blog in Galería de Personajes.add a comment
Me fui de aquel campamento sin anotar la dirección o el email de nadie. Eso sí, repartí el mío a todo aquel que me lo pidió. Y ella fue una de las pocas personas que me escribió.
Tras el verano me marché de mi ciudad. Corté por lo sano muchas cosas, incluida mi relación. Y según fueron pasando los meses me fui encontrando más solo y perdido en la gran ciudad. No es una ciudad muy diferente a la de hoy en día, pero en aquel entonces todo me cogió de primeras. Así que cuando en Semana Santa fui a visitarla a ella no sólo se trataba de ver a una chica que me atraía sin tener vínculo alguno con alguien más, sino de estar en un punto muy bajo de déficit de afecto, confianza y otras tantas cosas.
Ella me pintó un panorama alentador. Había cogido días libres en su empresa para estar conmigo. Estaba dispuesta a ir a cualquier parte de Italia que yo quisiera, dijo. Pero como era mi primera vez en el país visitar su ciudad y alrededores me pareció suficiente. Parecía todo un buen plan.
Nada más llegar y recogerme del aeropuerto pasamos por su trabajo para recoger un PC viejo que su jefe le había dejado. Ella trabajaba sólo con Mac y quería que yo le montara el PC y le instalara el eMule. Creo que lo hice la primera tarde. Una vez más me veía de coleguita friki arreglando el ordenador de alguna chica.
Almorzamos y me contó que aquella tarde llegaría una amiga suya a la ciudad. Según ella le había explicado bastante bien que sus planes giraban en torno a mi estancia en la ciudad y que tendría que amoldarse a ellos. No parecía nada importante.
La primera sorpresa llegó a la hora de la siesta. Me dijo que me tumbara a su lado en su cama. Cuando me desperté tenía su cara a treinta centímetros de la mía. Estaba tumbado con una chica que me gustaba en un momento de especial soledad. En aquel momento pensé que un solo gesto de complicidad y afecto me habría colmado. Posiblemente no hubiera sido así. Pero lo que está claro es que para mí aquella tarde comenzó una auténtica tortura, pero no necesariamente por tener tan cerca a alguien que a la vez era inalcanzable.
Tan pronto recogimos a su amiga Elena en la estación de tren no paró de hablar en italiano con ella. La recién llegada pretendía que le echara una mano en el Mac con unos diseños y la actividad le absorbió todo su tiempo. Me convertí en invisible al pasarse ellas tiempo delante del ordenador trabajando en el diseño de lo que resultaron unas pegatinas para un fanzine.
La primera noche a la hora de dormir supe que Elena tendría que dormir con nosotros. No pude parar de imaginarme las risas de mis amigos cuando contara la escena: Mi primera noche con dos mujeres en la misma cama sin que pasara nada. Ellas dormirían a pierna suelta mientras yo no pegaría ojo. Al final apareció un amigo de ellas que estuvo hablando con Elena toda la noche, así que me quedaría a solas en la cama con mi amiga.
Mientras buscábamos nuestro sitio bajo las sábanas su rodilla rozó mi muslo y noté su cuerpo saltar como un resorte para apartarse de mí.La segunda noche no dudé en dormir en un sofá viejo y destartalado que me dejó la espalda destrozada. Elena se rió de mí viéndome preparar un sacó de dormir viejo abandonado por allí para dormir con tal de no compartir cama con una mujer. “¡Cazzo di cattolico!”, dijo.
El segundo día por la mañana ella me dio las llaves de su casa y me fui solo a recorrer la ciudad. No sé si fue ese día o el tercero en que la sobremesa la pasamos en una reprografía. De cualquier manera sé que dimos varios viajes al lugar y pasamos allí mucho tiempo con ellas entretenidas hablando con un dependiente de las copias que querían de sus diseños mientras yo miraba aburrido estanterías de material de oficina. Aparte de eso pasamos varias tardes y noches en casa de una amiga suya que vivía relativamente cerca y que también era diseñadora gráfica. Llegué estar un tiempo interminable sentado en una silla de la cocina mientras ella trabajaban en el ordenador. Un día que ya no podía más del aburrimiento le pedí las llaves de su casa para marcharme. “¡Vaya! No puedes vivir sin navegar por Internet”, me dijo entre risas. Creo que no hice ningún comentario.Navegar por Internet fue lo más divertido que hice con ella en su ciudad.
Las salidas nocturnas no fueron mejores. Pasamos horas en bares donde ella se reunía con amigos que evidentemente hablaban italiano mientras yo me hartaba de mirar las paredes totalmente aburrido. Alguna vez, incluso, caminando al lado de ellos me encontré solo de pronto al haber girado todos hacia una bocacalle y no haberme avisado. Entonces me tocaba retroceder y buscar hacia dónde habían ido. Una noche Elena se emborrachó e iba descolgada del grupo dando eses. Yo fui el único que se molestó en ir todo el rato echándole un ojo y avisando al resto que frenara para que no se quedara atrás.
Si había llegado un domingo el martes por la noche estaba ya harto de todo. Preparé la mochila y el miércoles me levanté a las seis de la mañana para marcharme sin avisar a pasar todo el día lejos de allí. Venecia estaba a dos horas y media. Y pensé que el esfuerzo merecería la pena. Justo cuando sólo faltaba que dejara una nota en la cocina ella se despertó y me encontró terminando el desayuno. Se disgustó. Era el cumpleaños de su madre y esperaba haber pasado la tarde de compras conmigo. Además su familia quería conocerme y yo estaba invitado a la cena familiar. Cambié de planes sobre la marcha. “¿Rávena está a una hora de tren? Pues dime a qué hora quieres que esté de vuelta y aquí estaré”.
Estuve de vuelta a la hora acordada y el resto de la tarde la tensión se podía cortar con un cuchillo. Elena, por cierto, había desaparecido, y no hubo explicación al respecto. Visitamos unos edificios medievales y comimos en la calle. Le quedó algo de suciedad cerca de la boca que le limpié con el roce de los dedos e hizo un gesto brusco. “No me gusta que me toques” soltó. Me quedé parado y le dije que quizás no había entendido bien. Le pregunté si había dicho “me toquen” o “me toques” pero no conseguí una respuesta.
Aquella noche cené con su familia. Yo cumplí el papel de perfecto invitado. Siempre se me han dado mejor los padres que las hijas. Ironías, una hermana suya resultó hablar un español mejor que el suyo y ser un rato más simpática. La otra estudiaba algo parecido a lo que yo hacía. Terminé hablando de forma tan animada con las dos hermanas que ella quedó arrinconada. A la salida del restaurante mientras me despedía de sus hermanas ella me cogió del brazo apenas un instante. Típico. Pasamos la noche en casa de sus padres donde estuvimos viendo la tele hasta tarde. Luego cada uno a una habitación con la sensación de haberse abierto una brecha insalvable. Y la sensación de vivir una situación absurda.
El viernes fui a Venecia y fue de esas visitas inolvidables, impresionado por una ciudad a la que había considerado hasta el momento un destino aburrido para parejitas. Posiblemente fue el día que mejor lo pasé. Solo.
El sábado fuimos a Florencia. Le insistí que yo sólo pretendía hacer turismo. Que podía quedarse en casa. Casi lo hubiera agradecido de haberlo hecho. Pero vino conmigo y tras dos horas de cola para entrar en la Galería de los Uffizi decidió irse de compras cuando estábamos ante la taquilla. A la salida dijo que se arrepentía de no haber entrado conmigo. Aquel día al menos me animé con todas las obras de arte que vi.
No recuerdo los últimos días que pasé con ella. Sólo recuerdo la despedida en el aparcamiento del aeropuerto. Yo con ganas de irme de aquella ciudad y ella aparentemente triste por mi marcha. No pude evitar pensar que a buena hora valoraba mi presencia allí. Recuerdo echar un último vistazo a ella que me miró con cara triste desde la acera de enfrente a la entrada de la terminal del aeropuerto y entonces crucé aquella puerta con la sensación de haber dejado algo atrás.
Kill your idols (I) 3 Enero, 2008
Posted by No Blog in Galería de Personajes.add a comment
Hay alguien a quien quería hacer desfilar por mi Galería de Personajes desde el primer momento en que empecé este blog y no sé por qué ha pasado el tiempo y no lo he hecho. He hablado de chicas con quienes tuve una relación. De compañeras de facultad con las que tuve claro casi desde el principio que sólo seríamos amigos o de las que hubo una sombra de duda que quedó totalmente disipada. De conocidas que pretendieron utilizarme y hasta de algún compañero de trabajo. Pero quedaba la asignatura más difícil: Hablar de alguien que me atraía y con quien nunca llegué a nada.
Hablar de alguien así es lo más difícil porque lo más sencillo es caer en la autocomplacencia y colgarle a posteriori a ella todos los defectos y culpas del mundo. También resulta cómodo trivializar el asunto achacando los errores propios a la inmadurez o a la obcecación del momento. Es decir, al mirar atrás y juzgarnos a nosotros mismos en una situación así lo realmente cómodo es despachar el asunto con alguna de las dos siguientes frases: “Hace tiempo me quedé colgado por alguien que pasó de mí, y menos mal que lo hizo porque ¡menuda imbécil era la tía!” o “Al final ella no se interesó por mí, y con razón, porque hay que ver que las tonterías que hacía yo por aquel entonces”. Y no se trata de eso. Contando la historia con trazo grueso se perderían muchos matices donde están la verdadera enseñanza de todo esto.
La historia de hoy arranca el último verano que pasé mi ciudad. Tras acabar los exámenes había empezado una relación con alguien. Tres semanas después cogí un avión para Holanda para participar en un campamento de verano en las afueras de Amsterdam. A cambio de alojamiento y comida trabajaría tres semanas con el servicio estatal de guardabosques en un parque natural con gente joven de un montón de países diferentes. La noche antes de mi viaje, no recuerdo por qué, tuve con mi pareja una noche extraña en la que me despedí de ella con una sensación fría e incómoda. Llevábamos juntos sólo tres semanas y me marchaba sin saber qué pasaría a la vuelta.
Al llegar a Holanda me di una escapada a Bélgica para visitar Bruselas y Brujas volviendo a Amsterdam justo a tiempo de estar en el lugar y hora de encuentro. Era una mañana de sábado y poco a poco fueron apareciendo gente joven con mochilas en una parada de cercanías a media hora de la estación central de Amsterdam. Apareció un guardabosques y nos enseñó el medio de transporte hasta el campamento: Una barcaza de casco plano con
motor fueraborda. Hicimos un trayecto de unos quince minutos por unos humedales que dio tiempo de sobra para que dos portugueses, un italiano y yo rompiéramos el hielo hablando en una mezcla de inglés y español. El italiano habló en inglés a las tres chicas orientales del grupo. Una le respondió en perfecto italiano. Era de padre italo-esloveno y de madre coreana.
Almorzamos e hicimos las típicas dinámicas de grupo para conocernos. El grupo lo completaban un turco, un griego, un alemán, una británica y dos francesas. Las dos chicas de rasgos orientales restantes eran de Japón y Corea. Al día siguiente se incorporarían dos eslovenas.
Un cobertizo grande de dos plantas se convirtió en el centro de la vida social del campamento. Allí estaba la nevera donde guardábamos las cervezas, escuchábamos música y nos desparramábamos por los sofás. La primera noche se formó la típica tertulia donde todo el mundo habla con todo el mundo. Ya en aquel primer momento mi atención se centró en la italiana. Hablaba un español comprensible y resultó ser una licenciada en Bellas Artes que trabajaba de diseñadora gráfica interesada en la arquitectura, la fotografía, la ciencia ficción y la música electrónica. No era muy alta y tenía curvas en los sitios adecuados. Era la clase de chica que en otras circunstancias habría calificado simplemente de sueño hecho realidad.
Yo era alguien con pareja. No tenía ninguna intención de ir más allá de cultivar una amistad. Aunque ese modesto y limitado objetivo se convirtió en un reto difícil. Ella era una chica definitivamente altenativo-guay, y yo un simple empollón friki cuya principal razón para haber escogido un campamento en las afueras de Amsterdam era conocer la arquitectura y las pinacotecas de la ciudad. Descubrí que del grupo el turco, otro nerd, era el único que compartía mis criterios. Para el resto, especialmente los chicos, la razón de haber ido a Amsterdam era la marihuana.
Dormíamos en tiendas de campaña y yo ocupé una con el otro español. Él era una estudiante de filosofía con rastas, pantalones caídos que enseñaban la cintura de los calzoncillos y que tocaba en una banda alternativa. Aparte de mí se convirtió en la persona que más tiempo pasaba con la italiana. No había que ser muy listo para saber lo que sucedería.
Creí tener un golpe de suerte cuando el primer sábado decidimos ir a Amsterdam. La intención primera fue ir todos en grupo pero tras una semana de trabajo duro, y sobre todo haber trasnochado el viernes, la gente se fue levantando de forma escalonada. Al final nos marchamos cada uno por su lado habiendo sólo acordado una hora y lugar de encuentro por la noche. Empecé el día con la japonesa y la italiana. A la japonesa la perdimos en el interior del Rijksmuseum porque se detenía leer el cartelito de todos los cuadros. Así que por fin me quedé a sola con ella. Almorzamos y paseamos por los canales. Vimos galerías de arte, anticuarios y tiendas que de haber sido rico habría dejado una fortuna en ellas.
Así se hizo la hora de encontrarnos en Dam, la plaza central del casco viejo de Amsterdam. Como un grupo de turistas más encontramos a la gente del campamento sentada en un escalón de un monumento. Saludé o hablé con alguien y cuando me quise dar cuenta ella ya estaba sentada al lado del otro español, que estaba justo en el otro extremo de la fila que formaba la gente del campamento. Fue de lo último que supe de ella en días. El resto de la noche estuvo fría y distante conmigo mientras yo en mi cabeza repasaba lo que había pasado durante el día. Juraría no haber caído en el típico error de friki coñazo que pretende caer bien por simple abrasión. Me aburrí bastante sintiéndome fuera de lugar mientras la gente hablaba no sé de qué y las chicas, especialmente, mostraban su entusiasmo por la música comercial que sonaba en el primer bar en que estuvimos. La sensación no me abandonó en todo el campamento.
Dimos vueltas y vueltas por Amsterdam de madrugada. Es algo que siempre me ha pasado en todos los campamentos a los que he ido. Juntas gente de varios países, les agregas un monitor del país pero que vive en otra ciudad y tienes a un grupo de tipos perdidos a las tantas de la madrugada en una ciudad caminando y caminando buscando un bar o discoteca que esté abierto para terminar en un antro donde la mitad disfruta deseando que la noche no acabe y la otra mitad se aburre odiando a muerte a los otros por no querer moverse.
Creo recordar que fue cuando la facción que odiaba el sitio donde terminamos se impuso, luego supe que el sitio era mítico y legendario, me encargué de ir por el local avisando a los despistados que nos íbamos. Y fue entonces cuando la vi en el centro de la pista bailando sola y ajena al mundo bajo una música acelerada. Me quedé allí mirándola un instante y volví para avisar a otro que se encargara de decirle que nos íbamos. Salí de allí con una sensación extraña y con pensamientos que aún hoy me costarían confesar.
Faltaban unas horas para que los trenes de cercanía volvieran a funcionar así que terminamos tirados en el suelo al borde un canal. Era una noche fría a pesar de ser verano y en una de las veces que me incorporé para acondicionar mi mochila como almohada vi a la italiana acurrucada con su cabeza sobre el otro español. Se me removió algo por dentro y volví a intentar dormir a pesar de la incomodidad y el frío.
El lunes en el trabajo, él me dijo muy serio que tenía algo que contarme. Yo ya suponía de qué se trataba.. Me pidió disculpas por el asunto que yo consideré innecesarias. No sé si ya habíamos hablado del tema o él consideraba obvio que yo estuviera interesado en ella. Le dije que yo era alguien con pareja y que él no tenía que darme explicaciones de nada de lo que hiciera con la italiana. No quería ni esperaba que nada cambiara entre él y yo. Creo que hice alguna broma y seguimos trabajando. De hecho no cambió nada entre los dos. Me permití, eso sí, recrearme en imaginar el avión de Alitalia con ella volviendo a casa envuelto en llamas cayendo en picado a tierra. Y me reí de mí mismo y ese pensamiento infantil.
Una noche la italiana me vino a hablar. Decía que me notaba raro y cambiado desde que se había enrollado. Era verdad. Le dije que era tan simple como que desde aquel día que habíamos pasado juntos en Amsterdam ella se había cerrado en banda. Y que yo simplemente había actuado en consecuencia. Reconoció que era cierto que se había comportado conmigo de una forma extraña y me dio una explicación en su peculiar español que ella prefería apartarse de las personas antes de sufrir el dolor de la pérdida (!). Era una extraña manera de hacer y perder amistades.
Las cosas volvieron a la normalidad. Yo me convertí entonces en el simpático “amigo de la parejita”. Pero seguí siendo el bicho raro del campamento. Tiempo después ella me enseñaría las fotos que hizo con su cámara digital y allí estaba yo escribiendo mi diario en una esquina apartado de todo el mundo. Casi la misma postura y gesto de una foto de mi viaje de fin de semana en el colegio a finales de los ochenta. A pesar de todo hice amistades en aquel campamento que aún perduran. Pero esa es otra historia.
El último día ella se despidió de mí de una forma intensa, insistiendo en que teníamos que volver a vernos. Siendo un viajero empedernido, aquello no era para mí un “adiós” sino un “hasta luego”.
Volví a casa y aquella relación que justo el día de antes de marcharme pareció haber quedado en el alero se afianzó. Realmente no sé qué hubiera pasado si la italiana hubiera querido algo conmigo. Supongo que me habría tragado mis escrúpulos y principios por el culo. Tiempo he tenido de comprobar que no soy tan diferente al resto de hombres.
Vidas 1 Enero, 2008
Posted by No Blog in Personal.2 comments
Estoy de vuelta en casa de mis padres. Las primeras veces que volví en vacaciones al entrar en mi habitación sentía estar visitando un museo de lo que fue mi vida antes de marcharme de aquí. Era una sensación deprimente. Así que traté de darle una apariencia lo más minimalista y despejada posible.
Donde siguen amontonadas muchas cosas es el cuarto donde estudiaba. He estado ordenando papeles y haciendo una limpieza somera. Me he encontrado revistas, recortes de periódicos, hojas garabateadas, textos fotocopiados y mil cosas. Detrás de cada cosa hay un sueño, un proyecto o una idea que en la inmensa mayoría de los casos no llegó a nada. En las estanterías hay cientos de libros ordenados por temas y en algunos casos se nota el interés momentáneo que me suscitaron ciertos asuntos a los que no les he vuelto a hacer caso.Y he pensado en todo aquello que aspiré a convertirme en su momento y nunca fui:
-Reportero de guerra con una cámara de foto en conflictos olvidados.
-Intelectual de izquierdas en guerra con el neoliberalismo.
-Gurú de la cibercultura en España.
-Novelista de ciencia ficción.
Quedan otros tantos sueños. Las cosas que quizás algún día sea.
-El tipo que le pasa informes al Jack Bauer español.
-Alguien que viaje por el mundo para escribir reportajes y ensayos como Robert D. Kaplan.
-Un nuevo Helmut Newton en su faceta fetichista.
Mi sueños han cambiado y las diferencias dicen bastante de cómo yo he cambiado. Pero creo que las vidas que sueño ahora son más interesantes. Merece la pena seguir soñando.
A hombros de gigantes 30 Diciembre, 2007
Posted by No Blog in Soliloquios.2 comments
Quejarse de ser un empollón friki canijo en un mundo machista puede llegar a ser hipócrita. Con todo no creo que pueda compararse la carga que supone no estar a la altura del estándar machista siendo hombre con la de ser mujer.
En eso puedo decir que he tenido suerte. A los hombres nos han dado siempre muchísima más cancha. A mí nadie me impidió coger la mochila y cruzar media Europa solo. Me fui lejos de casa de mis padres quisieran ellos o no. Nadie ha bromeado sobre que se me vaya a “pasar el arroz”.
En el fondo ser “rarito”, un ratón de biblioteca taciturno, se acepta como una forma de ser cuando eres hombre. Al fin y al cabo generación tras generación ha habido siempre un grupo social de hombres “raritos” dedicados a lo suyo: Druidas, chamanes, monjes, eremitas, inventores, ingenieros o linuxeros. Siempre ha existido un grupo de hombres que han vivido apartados de los valores del momento empeñados en recorrer otros caminos que los trillados por el resto de la gente.
Cuando hubo mujeres que lo intentaron terminaron en la hoguera o marginadas. Sería largo discutir por qué ellas lo tienen más difícil pero he echado siempre en falta mujeres dispuestas a tirar puertas abajo y derribar muros. Y ahí está la diferencia. Allá a donde haya ido, por muy superficial y estúpida que fuera la gente, siempre he terminado encontrado más tarde o más temprano a un friki de algo con quien compartir charla o complicidades. ¿Dónde estaban sus equivalentes femeninos?
Casi un cuento de Navidad 29 Diciembre, 2007
Posted by No Blog in Galería de Personajes.4 comments
Estamos en fechas navideñas y la televisión se llena de edulcorados telefilmes estadounidenses con finales felices. Así que hoy contaré algo diferente a lo habitual.
Como la mayoría de mis historias arranca en mis tiempos universitarios. Yo estudiaba para el último examen de junio del último curso de carrera. Ya tenía decidido que me iría de mi ciudad tan pronto acabara la licenciatura. Incluso tenía planes para irme fuera de España unas cuantas semanas en las vacaciones que comenzarían para mí a los pocos días.
Estaba en una cafetería universitaria con varias compañeras de mi facultad. No sé cómo surgió el tema pero les conté que como empollón friki que era no era la clase de persona que obtenía la atención del sexo opuesto. Obtuve los típicos comentarios bienintencionados que se suelen decir en tales circunstancias. Pero una de aquellas chicas empezó a insinuarme que estaba equivocado intentado contar algo más de lo que debía.
La conclusión era obvia. Yo le interesaba a alguien que ella conocía. Y hacer la deducción no resultó difícil. Aparte de aquel pequeño círculo, ¿con quién trataba yo habitualmente y que fuera una conocida común de los dos? Cuando llegué a una conclusión entré en shock. Esa persona sólo podría tratarse de alguien muy especial. Una, en mi opinión, de las chicas más guapas de mi facultad. La clase de persona que yo siempre había considerado inalcanzable. No parecía tener sentido.
Repasé mi trato con ella hasta aquel momento. Alguna que otra vez habíamos hablado en la cafetería o en la biblioteca. Ante ella había cumplido siempre el papel de empollón friki que hablaba hasta por los codos echando pestes de todo. Supuse que me tenía por un tipo estrafalario. Quizás porque nunca imaginé que se interesara por mí hablé con total libertad sin pretender impresionarla o darle una imagen positiva de mí.
Resultaba que aquella amiga suya al enterarse que yo le gustaba había decidido unirnos sin consultarnos. Juntos íbamos a ser algo así como la bella y la bestia. Una pareja peculiar y original que ella se encaprichó en ver junta. Tras irse de la lengua, no me acuerdo bien, terminó organizando un salida de ella con su novio y nosotros dos. Tengo un recuerdo borroso de aquella noche. Sólo sé que estuve totalmente a la defensiva preguntándome cómo coño había terminado yo dejándome enredar en una salida de “dobles parejas” para acabar en la clase de bares de música horrible a los que nunca me habría dejado arrastrar en otras circunstancias. Para colmo ella y su novio no pararon de hablar. De la chica a la que yo supuestamente le gustaba apenas oí unas pocas palabras.
Llegué a la conclusión, no había que ser muy listo, de que aquello no iba a ninguna parte. Recuerdo la perplejidad de un conocido, el novio de una compañera de clase: “No, si yo te entiendo que al no ver nada en esa chica y en un gesto que te honra has decidido pasar de ella. Pero tío, ¡está buenísima!”.
Cuando hablé con ella para decirle que no quería nada con ella se quejó con amargura que ella no había tenido ni voz ni voto en aquel asunto. Ella sabía que yo al final del verano me iría a vivir posiblemente para siempre lejos de nuestra ciudad. Que aquel mismo verano tenía planes de irme de vacaciones fuera de España. Y no tenía la más mínima intención de decirme nada. Ahora nada iba a ser igual. Y ni siquiera íbamos a poder ser amigos. “Cuando me cruce contigo por los pasillos de la facultad tendré que agachar la cabeza de la vergüenza”, dijo. Aquella frase me dolió y me dejó pensando.
A los pocos días hablé de nuevo con ella. Y le propuse que hiciéramos tabla rasa. Que pretendiéramos que nada había pasado. Quién sabe lo que podía finalmente pasar, dejé en el aire. Mi intención no era darle esperanzas. Sino que suponer un futuro abierto haría quizás las cosas más fáciles que un no rotundo. Llegamos a salir en grupo con gente de la facultad y hasta cenar unas pizzas en mi casa.
Estábamos en el cuarto de la tele y no sé muy bien cómo todos empezaron a encontrar una excusa para salir de allí. Primero unos para, porque como en mi casa nadie fuma, irse al patio. Otros por acompañarlos. Hasta que nos quedamos ella y yo solos. Por primera vez hablamos largo y tendido. No me acuerdo de qué. Ella, con un año menos que yo, resultó tener miedos, dudas e inquietudes bastante parecidas a las mías. La clase de cosas que nunca pude compartir con aquella otra chica por la que había sentido tantas cosas y nunca me hizo feliz.
No hizo falta hablarlo. Hubo un momento en el que le cogí la mano, sentados en un sofá uno al lado del otro. Y eso fue todo. Así comenzó. No creo que el resto de la gente supiera muy bien qué pasó realmente.
Días después era mi cumpleaños. Pasó a recogerme y terminamos lejos en las montañas. En un mirador nos recibió un atardecer perfecto de temperatura y una puesta de sol de película. Debe ser el único cumpleaños de mi vida que he pasado a gusto. Paseamos por mi ciudad y me hizo gracia un comentario suyo. Creía que yo no la deseaba porque no había intentado con ella. “¿¡Pero qué quieres!?”, protesté. “¿¡Que te meta mano en medio de la calle!?”. Supongo que aquello hablaba más de los tipos con los que había estado que de mí. Dimos una vuelta en coche por un centro comercial con cine a las afueras. Pero yo lo último en que pensaba era en encerrarme dos horas callado y quieto en una sala con ella a mi lado. Terminamos en mi casa, y tal como le dije, estar con ella la primera vez era como estarlo con alguien a quien conoces de hace mucho tiempo.
Ahora sé que en aquella relación no hubo fricciones porque de alguna manera los dos sabíamos que al final del verano acabaría. Así que decidimos evitar todas las grandes cuestiones que en otras circunstancias habrían sido fuente de conflicto. Simplemente disfrutamos el estar juntos. Descubrí con ella lo que es estar con alguien que realmente te quiere y quiere estar contigo. ¡Qué lejos de relación anterior! Todo lo que se supone normal y bueno en una relación lo viví con ella por primera vez. Si alguien me ha querido alguna vez fue ella. Jugó limpio conmigo. No esperaba nada de mí. No necesitaba nada de mí. No necesitaba que yo la rescatara o la salvara de algo o alguien. Y cuando llegó el momento en todo debía acabar para que mi vida empezara de nuevo lejos no se opuso.
Con todo y aún pasando el tiempo yo era el primero al que resultaba sorprendente que una chica así hubiera terminado conmigo. Iba por la calle con ella y me daba una cierta vergüenza cogerla por la cintura o cogerle la mano. Pensaba que a ojos de los demás que una chica como ella estuviera conmigo debía resultar inverosímil. Ni yo mismo terminaba de creerlo. “Eres como el gato que pasa dos veces cuando Matrix falla” bromeaba. “La señal que algo falla”. Y como ella se llamaba Beatriz la llamé Beatrix. Nunca me acostumbré. Recuerdo que más de una vez me sucedió estando juntos y tumbados en la cama escuchando música o charlando, tras apartarme para cambiar el CD en el equipo de música o algo parecido, al girarme y encontrarme que ella se había quitado la blusa yo daba un salto al ver su cuerpo. Nunca dejó de maravillarme. Empecé a temerme, incluso, que alguna desgracia se cernía sobre mí. El orden cósmico debía volver a su cauce. Algún día un dedo gigante atravesaría el cielo y me aplastaría como un insecto. No pasó nada. Simplemente el verano terminó.
Pasé con ella mi última noche en mi ciudad. No hablamos. Sólo hubo besos y abrazos largos e intensos. Y cuando ya faltaba poco para que cada uno se marchara en una dirección diferente le dije “Y ahora volveré al frío, el silencio y la oscuridad”. Ahí sigo.
Imperativo masculino 16 Diciembre, 2007
Posted by No Blog in Soliloquios.1 comment so far
Si le pides a una mujer que defina el machismo hablará sobre discriminacion y sometimiento de la mujer al hombre. Muy pocas hablaran de roles sociales. Y casi ninguna mencionará que en una cultura machista se construye un estereotipo de hombre en que algunos nos sentimos incómodos.
Siempre he sabido que no daba la talla de lo que se esperaba de mí como miembro del sexo masculino. Nunca he sido una persona físicamente vigorosa. He sido más bien flacucho y enfermizo. Perdí pronto el interés por el fútbol como fenómeno de masas y nunca destaqué en la práctica de deporte alguno. Jamás me he emborrachado ni he solucionado nada a golpes. Siempre he encontrado muchísimo más interesante las bibliotecas que los gimnasios. Y nunca me he acercado a una desconocida con otra intención que preguntar la hora o por una calle. De hecho nunca he ligado. Siempre han sido las mujeres las que se han acercado a mí.
Tuve que aprender a soportar las burlas por no estar a la altura de las circunstancias. Pero si algo me ha molestado siempre han sido los reproches de las mujeres. Definitivamente para mí lo más triste es una mujer machista.
Saigon… shit 1 Diciembre, 2007
Posted by No Blog in Soliloquios.1 comment so far
Saigon… shit; I’m still only in Saigon… Every time I think I’m gonna wake up back in the jungle. When I was home after my first tour, it was worse. I’d wake up and there’d be nothing. I hardly said a word to my wife, until I said “yes” to a divorce. When I was here, I wanted to be there; when I was there, all I could think of was getting back into the jungle. I’m here a week now… waiting for a mission… getting softer; every minute I stay in this room, I get weaker, and every minute Charlie squats in the bush, he gets stronger. Each time I looked around, the walls moved in a little tighter.
Así empieza Apocalypse Now. A veces siento que me despierto en esta ciudad con la misma sensación. Hace poco me puse enfermo durante un fin de semana. Mi madre me recomendó un medicamento para que lo comprara en la farmacia. Pero estaba tan mal que no podía salir del piso. No era algo serio. Pero caí entonces en la cuenta que no tenía absoultamente a nadie a quien llamar para que me hiciera un favor en caso de que sí lo fuera. Peor fue el fin de semana pasado. Llegué a casa un sábado a las diez de la noche y me encontré sin llaves. El piso estaba vacío y con el cambio de móvil que había hecho resulta que no tenía en la agenda el teléfono de la gente con la que vivo. Me vi solo y tirado en la calle una noche fría. ¿A quién llamar? Me fui caminando hasta el centro para hacer tiempo y cuando volví a mi calle tuve la suerte de que en menos de media hora apareció alguien. Madrugaba al día siguiente, a pesar de ser domingo, y por eso había vuelto a casa a eso de las doce y media. No sé qué hubiera pasado si como otras noches no hubiera aparecido nadie hasta las cuatro o cinco de la madrugada. No tengo a nadie aquí. Echo en falta los lazos sociales y la familiaridad del paisaje de mi ciudad. Pero cuando estoy allí sólo pienso en volver aquí. Saigon… shit.