Kill your idols (y III) 5 Enero, 2008
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Madurar consiste principalmente en dejar de soñar. Dejar de soñar que seremos futbolistas, bomberos o campeones de algo y asumir la vida que tenemos. Tiene su gracia, porque no hay nada más distinto en esta vida que una adolescente y yo. Y sin embargo ahora entiendo que lo que yo he aspirado casi toda mi vida en cuestiones de pareja no dejaba de ser el equivalente, salvando las distancias, a los sueños de una adolescente: Que algún día apareciera alguien realmente especial que cumpliera unos requisitos milimétricamente establecidos y que entonces todo fuera como la seda.
Conocí en la carrera a alguien que respondía más o menos a lo que yo esperaba encontrar en una mujer y lo nuestro resultó un desastre por una razón muy simple. En la vida real una mujer como yo soñaba nunca sería feliz al lado de alguien como yo. En aquel momento todo pareció cuestión de las circunstancias. Alguien especial me había escogido a mí como tabla de salvación en un momento complicado de su vida. Pero cuando me planté en Italia el abismo insalvable entre yo y alguien que encajaba en mi arquetipo deseado resultó verdaderamente chocante.
Para colmo mi amiga italiana vivía en una ciudad famosa por su vida cultural e intelectual, todo un bastión de la izquierda con una universidad centenaria. Ella conocía personalmente a artistas e intelectuales de fama europea. ¿Qué habría pensado al conocerme? Para mí ella era como un sueño hecho realidad. Yo en cambio era un simple empollón friki de una ciudad de provincias. Uno más entre los cientos de tipos desgarbados, con gafas, pretendidamente intelectuales y torpes en sus relaciones con las mujeres que debían haberse cruzado a lo largo de su vida.
Yo había siempre soñado con alguien que tuviera ciertas inquietudes e intereses, que leyera determinados libros y que escuchara determinada música. Cuando encontré una mujer así resultó que aquellos intereses comunes no produjeron conexión alguna. Los dos ciertamente tratábamos de llenar vacíos en nuestras vidas pero vivíamos todas aquellas cosas profundas y trascendentes de formas bastante diferente. Pero la lección no era simple y únicamente esa, que puedes soñar con alguien de una determinada forma y cuando la encuentras descubres que tú no eres su tipo.
En mi visita a su ciudad y en todo los emails que intercambiamos a lo largo de nuestra relación fui descubriendo a una persona inestable y con enormes carencias emocionales. Decía no recordar absolutamente nada de su vida universitaria. Había borrado todos los recuerdos de aquellos años (!). Mantenía una relación conflictiva con sus padres que le había impulsado a vivir lejos de ellos. Coqueteaba con las drogas duras justificándose, como todas las niñas de papá, en su afán por “experimentar”. No hace falta añadir en qué niveles subterráneos andaba su autoestima. Ni hace falta contar la clase de tipos con los que se relacionaba.
La cuestión era que precisamente ese arquetipo de chica con el que yo soñaba era la clase de mujer de la que es mejor huir. Y ahí entraba algo total y terriblemente irracional. ¿Cómo convencerte a ti mismo para que deseches los sueños de la postadolescencia nunca cumplidos? ¿Cómo domar tus propios instintos? Supongo que eso es lo que decía tiene que ver con madurar.
Pero hay algo más. Llegó un punto que fui capaz de entender el perfil al que respondían las chicas que me habían interesado. Representaban el mundo “alternativo-guay” al que yo nunca accedí. Entrando en su vida yo de alguna manera formaba poseía un pedazo de ese mundo que siempre me había dado la espalda. Es ese el origen de la paradoja. Me sentía atraído por chicas que pertenecían a un mundo que me rechazaba. Y ellas no resultaron muy diferentes al resto de la gente. Pedía un milagro. Esperaba encontrar a alguien que se moviera por determinados ambientes pero que no hubiera en el fondo vendido su alma y se fijara en mí. Alguien así no existe.
Lo terrible es que en su momento llegué a Holanda teniendo en casa una relación con alguien bastante especial y posiblemente habría sucumbido si la tentación hubiera estado al alcance de la mano. Supongo que a pesar de todo sentía que tenía rituales de paso que cruzar. Llegamos por fin al meollo de todas estas historias. El como buena parte de mi vida de adolescente y de joven que mi vida no era todo lo buena que podía ser al compararme con la gente que habitaba en un mundo al que yo no pertenecía. Esa era una razón para querer apropiarme de un pedacito de él. Y no es tan sencillo como para despacharlo todo culpando a un rencor encubierto. La gente que escucha las radiofórmulas comerciales y se emborracha los fines de semana también parecen pertenecer a un mundo de aparente felicidad. Esa es la gran y verdadera pregunta. ¿Por qué la felicidad me resulta tan esquiva?
Kill your idols (II) 3 Enero, 2008
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Me fui de aquel campamento sin anotar la dirección o el email de nadie. Eso sí, repartí el mío a todo aquel que me lo pidió. Y ella fue una de las pocas personas que me escribió.
Tras el verano me marché de mi ciudad. Corté por lo sano muchas cosas, incluida mi relación. Y según fueron pasando los meses me fui encontrando más solo y perdido en la gran ciudad. No es una ciudad muy diferente a la de hoy en día, pero en aquel entonces todo me cogió de primeras. Así que cuando en Semana Santa fui a visitarla a ella no sólo se trataba de ver a una chica que me atraía sin tener vínculo alguno con alguien más, sino de estar en un punto muy bajo de déficit de afecto, confianza y otras tantas cosas.
Ella me pintó un panorama alentador. Había cogido días libres en su empresa para estar conmigo. Estaba dispuesta a ir a cualquier parte de Italia que yo quisiera, dijo. Pero como era mi primera vez en el país visitar su ciudad y alrededores me pareció suficiente. Parecía todo un buen plan.
Nada más llegar y recogerme del aeropuerto pasamos por su trabajo para recoger un PC viejo que su jefe le había dejado. Ella trabajaba sólo con Mac y quería que yo le montara el PC y le instalara el eMule. Creo que lo hice la primera tarde. Una vez más me veía de coleguita friki arreglando el ordenador de alguna chica.
Almorzamos y me contó que aquella tarde llegaría una amiga suya a la ciudad. Según ella le había explicado bastante bien que sus planes giraban en torno a mi estancia en la ciudad y que tendría que amoldarse a ellos. No parecía nada importante.
La primera sorpresa llegó a la hora de la siesta. Me dijo que me tumbara a su lado en su cama. Cuando me desperté tenía su cara a treinta centímetros de la mía. Estaba tumbado con una chica que me gustaba en un momento de especial soledad. En aquel momento pensé que un solo gesto de complicidad y afecto me habría colmado. Posiblemente no hubiera sido así. Pero lo que está claro es que para mí aquella tarde comenzó una auténtica tortura, pero no necesariamente por tener tan cerca a alguien que a la vez era inalcanzable.
Tan pronto recogimos a su amiga Elena en la estación de tren no paró de hablar en italiano con ella. La recién llegada pretendía que le echara una mano en el Mac con unos diseños y la actividad le absorbió todo su tiempo. Me convertí en invisible al pasarse ellas tiempo delante del ordenador trabajando en el diseño de lo que resultaron unas pegatinas para un fanzine.
La primera noche a la hora de dormir supe que Elena tendría que dormir con nosotros. No pude parar de imaginarme las risas de mis amigos cuando contara la escena: Mi primera noche con dos mujeres en la misma cama sin que pasara nada. Ellas dormirían a pierna suelta mientras yo no pegaría ojo. Al final apareció un amigo de ellas que estuvo hablando con Elena toda la noche, así que me quedaría a solas en la cama con mi amiga.
Mientras buscábamos nuestro sitio bajo las sábanas su rodilla rozó mi muslo y noté su cuerpo saltar como un resorte para apartarse de mí.La segunda noche no dudé en dormir en un sofá viejo y destartalado que me dejó la espalda destrozada. Elena se rió de mí viéndome preparar un sacó de dormir viejo abandonado por allí para dormir con tal de no compartir cama con una mujer. “¡Cazzo di cattolico!”, dijo.
El segundo día por la mañana ella me dio las llaves de su casa y me fui solo a recorrer la ciudad. No sé si fue ese día o el tercero en que la sobremesa la pasamos en una reprografía. De cualquier manera sé que dimos varios viajes al lugar y pasamos allí mucho tiempo con ellas entretenidas hablando con un dependiente de las copias que querían de sus diseños mientras yo miraba aburrido estanterías de material de oficina. Aparte de eso pasamos varias tardes y noches en casa de una amiga suya que vivía relativamente cerca y que también era diseñadora gráfica. Llegué estar un tiempo interminable sentado en una silla de la cocina mientras ella trabajaban en el ordenador. Un día que ya no podía más del aburrimiento le pedí las llaves de su casa para marcharme. “¡Vaya! No puedes vivir sin navegar por Internet”, me dijo entre risas. Creo que no hice ningún comentario.Navegar por Internet fue lo más divertido que hice con ella en su ciudad.
Las salidas nocturnas no fueron mejores. Pasamos horas en bares donde ella se reunía con amigos que evidentemente hablaban italiano mientras yo me hartaba de mirar las paredes totalmente aburrido. Alguna vez, incluso, caminando al lado de ellos me encontré solo de pronto al haber girado todos hacia una bocacalle y no haberme avisado. Entonces me tocaba retroceder y buscar hacia dónde habían ido. Una noche Elena se emborrachó e iba descolgada del grupo dando eses. Yo fui el único que se molestó en ir todo el rato echándole un ojo y avisando al resto que frenara para que no se quedara atrás.
Si había llegado un domingo el martes por la noche estaba ya harto de todo. Preparé la mochila y el miércoles me levanté a las seis de la mañana para marcharme sin avisar a pasar todo el día lejos de allí. Venecia estaba a dos horas y media. Y pensé que el esfuerzo merecería la pena. Justo cuando sólo faltaba que dejara una nota en la cocina ella se despertó y me encontró terminando el desayuno. Se disgustó. Era el cumpleaños de su madre y esperaba haber pasado la tarde de compras conmigo. Además su familia quería conocerme y yo estaba invitado a la cena familiar. Cambié de planes sobre la marcha. “¿Rávena está a una hora de tren? Pues dime a qué hora quieres que esté de vuelta y aquí estaré”.
Estuve de vuelta a la hora acordada y el resto de la tarde la tensión se podía cortar con un cuchillo. Elena, por cierto, había desaparecido, y no hubo explicación al respecto. Visitamos unos edificios medievales y comimos en la calle. Le quedó algo de suciedad cerca de la boca que le limpié con el roce de los dedos e hizo un gesto brusco. “No me gusta que me toques” soltó. Me quedé parado y le dije que quizás no había entendido bien. Le pregunté si había dicho “me toquen” o “me toques” pero no conseguí una respuesta.
Aquella noche cené con su familia. Yo cumplí el papel de perfecto invitado. Siempre se me han dado mejor los padres que las hijas. Ironías, una hermana suya resultó hablar un español mejor que el suyo y ser un rato más simpática. La otra estudiaba algo parecido a lo que yo hacía. Terminé hablando de forma tan animada con las dos hermanas que ella quedó arrinconada. A la salida del restaurante mientras me despedía de sus hermanas ella me cogió del brazo apenas un instante. Típico. Pasamos la noche en casa de sus padres donde estuvimos viendo la tele hasta tarde. Luego cada uno a una habitación con la sensación de haberse abierto una brecha insalvable. Y la sensación de vivir una situación absurda.
El viernes fui a Venecia y fue de esas visitas inolvidables, impresionado por una ciudad a la que había considerado hasta el momento un destino aburrido para parejitas. Posiblemente fue el día que mejor lo pasé. Solo.
El sábado fuimos a Florencia. Le insistí que yo sólo pretendía hacer turismo. Que podía quedarse en casa. Casi lo hubiera agradecido de haberlo hecho. Pero vino conmigo y tras dos horas de cola para entrar en la Galería de los Uffizi decidió irse de compras cuando estábamos ante la taquilla. A la salida dijo que se arrepentía de no haber entrado conmigo. Aquel día al menos me animé con todas las obras de arte que vi.
No recuerdo los últimos días que pasé con ella. Sólo recuerdo la despedida en el aparcamiento del aeropuerto. Yo con ganas de irme de aquella ciudad y ella aparentemente triste por mi marcha. No pude evitar pensar que a buena hora valoraba mi presencia allí. Recuerdo echar un último vistazo a ella que me miró con cara triste desde la acera de enfrente a la entrada de la terminal del aeropuerto y entonces crucé aquella puerta con la sensación de haber dejado algo atrás.
Kill your idols (I) 3 Enero, 2008
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Hay alguien a quien quería hacer desfilar por mi Galería de Personajes desde el primer momento en que empecé este blog y no sé por qué ha pasado el tiempo y no lo he hecho. He hablado de chicas con quienes tuve una relación. De compañeras de facultad con las que tuve claro casi desde el principio que sólo seríamos amigos o de las que hubo una sombra de duda que quedó totalmente disipada. De conocidas que pretendieron utilizarme y hasta de algún compañero de trabajo. Pero quedaba la asignatura más difícil: Hablar de alguien que me atraía y con quien nunca llegué a nada.
Hablar de alguien así es lo más difícil porque lo más sencillo es caer en la autocomplacencia y colgarle a posteriori a ella todos los defectos y culpas del mundo. También resulta cómodo trivializar el asunto achacando los errores propios a la inmadurez o a la obcecación del momento. Es decir, al mirar atrás y juzgarnos a nosotros mismos en una situación así lo realmente cómodo es despachar el asunto con alguna de las dos siguientes frases: “Hace tiempo me quedé colgado por alguien que pasó de mí, y menos mal que lo hizo porque ¡menuda imbécil era la tía!” o “Al final ella no se interesó por mí, y con razón, porque hay que ver que las tonterías que hacía yo por aquel entonces”. Y no se trata de eso. Contando la historia con trazo grueso se perderían muchos matices donde están la verdadera enseñanza de todo esto.
La historia de hoy arranca el último verano que pasé mi ciudad. Tras acabar los exámenes había empezado una relación con alguien. Tres semanas después cogí un avión para Holanda para participar en un campamento de verano en las afueras de Amsterdam. A cambio de alojamiento y comida trabajaría tres semanas con el servicio estatal de guardabosques en un parque natural con gente joven de un montón de países diferentes. La noche antes de mi viaje, no recuerdo por qué, tuve con mi pareja una noche extraña en la que me despedí de ella con una sensación fría e incómoda. Llevábamos juntos sólo tres semanas y me marchaba sin saber qué pasaría a la vuelta.
Al llegar a Holanda me di una escapada a Bélgica para visitar Bruselas y Brujas volviendo a Amsterdam justo a tiempo de estar en el lugar y hora de encuentro. Era una mañana de sábado y poco a poco fueron apareciendo gente joven con mochilas en una parada de cercanías a media hora de la estación central de Amsterdam. Apareció un guardabosques y nos enseñó el medio de transporte hasta el campamento: Una barcaza de casco plano con
motor fueraborda. Hicimos un trayecto de unos quince minutos por unos humedales que dio tiempo de sobra para que dos portugueses, un italiano y yo rompiéramos el hielo hablando en una mezcla de inglés y español. El italiano habló en inglés a las tres chicas orientales del grupo. Una le respondió en perfecto italiano. Era de padre italo-esloveno y de madre coreana.
Almorzamos e hicimos las típicas dinámicas de grupo para conocernos. El grupo lo completaban un turco, un griego, un alemán, una británica y dos francesas. Las dos chicas de rasgos orientales restantes eran de Japón y Corea. Al día siguiente se incorporarían dos eslovenas.
Un cobertizo grande de dos plantas se convirtió en el centro de la vida social del campamento. Allí estaba la nevera donde guardábamos las cervezas, escuchábamos música y nos desparramábamos por los sofás. La primera noche se formó la típica tertulia donde todo el mundo habla con todo el mundo. Ya en aquel primer momento mi atención se centró en la italiana. Hablaba un español comprensible y resultó ser una licenciada en Bellas Artes que trabajaba de diseñadora gráfica interesada en la arquitectura, la fotografía, la ciencia ficción y la música electrónica. No era muy alta y tenía curvas en los sitios adecuados. Era la clase de chica que en otras circunstancias habría calificado simplemente de sueño hecho realidad.
Yo era alguien con pareja. No tenía ninguna intención de ir más allá de cultivar una amistad. Aunque ese modesto y limitado objetivo se convirtió en un reto difícil. Ella era una chica definitivamente altenativo-guay, y yo un simple empollón friki cuya principal razón para haber escogido un campamento en las afueras de Amsterdam era conocer la arquitectura y las pinacotecas de la ciudad. Descubrí que del grupo el turco, otro nerd, era el único que compartía mis criterios. Para el resto, especialmente los chicos, la razón de haber ido a Amsterdam era la marihuana.
Dormíamos en tiendas de campaña y yo ocupé una con el otro español. Él era una estudiante de filosofía con rastas, pantalones caídos que enseñaban la cintura de los calzoncillos y que tocaba en una banda alternativa. Aparte de mí se convirtió en la persona que más tiempo pasaba con la italiana. No había que ser muy listo para saber lo que sucedería.
Creí tener un golpe de suerte cuando el primer sábado decidimos ir a Amsterdam. La intención primera fue ir todos en grupo pero tras una semana de trabajo duro, y sobre todo haber trasnochado el viernes, la gente se fue levantando de forma escalonada. Al final nos marchamos cada uno por su lado habiendo sólo acordado una hora y lugar de encuentro por la noche. Empecé el día con la japonesa y la italiana. A la japonesa la perdimos en el interior del Rijksmuseum porque se detenía leer el cartelito de todos los cuadros. Así que por fin me quedé a sola con ella. Almorzamos y paseamos por los canales. Vimos galerías de arte, anticuarios y tiendas que de haber sido rico habría dejado una fortuna en ellas.
Así se hizo la hora de encontrarnos en Dam, la plaza central del casco viejo de Amsterdam. Como un grupo de turistas más encontramos a la gente del campamento sentada en un escalón de un monumento. Saludé o hablé con alguien y cuando me quise dar cuenta ella ya estaba sentada al lado del otro español, que estaba justo en el otro extremo de la fila que formaba la gente del campamento. Fue de lo último que supe de ella en días. El resto de la noche estuvo fría y distante conmigo mientras yo en mi cabeza repasaba lo que había pasado durante el día. Juraría no haber caído en el típico error de friki coñazo que pretende caer bien por simple abrasión. Me aburrí bastante sintiéndome fuera de lugar mientras la gente hablaba no sé de qué y las chicas, especialmente, mostraban su entusiasmo por la música comercial que sonaba en el primer bar en que estuvimos. La sensación no me abandonó en todo el campamento.
Dimos vueltas y vueltas por Amsterdam de madrugada. Es algo que siempre me ha pasado en todos los campamentos a los que he ido. Juntas gente de varios países, les agregas un monitor del país pero que vive en otra ciudad y tienes a un grupo de tipos perdidos a las tantas de la madrugada en una ciudad caminando y caminando buscando un bar o discoteca que esté abierto para terminar en un antro donde la mitad disfruta deseando que la noche no acabe y la otra mitad se aburre odiando a muerte a los otros por no querer moverse.
Creo recordar que fue cuando la facción que odiaba el sitio donde terminamos se impuso, luego supe que el sitio era mítico y legendario, me encargué de ir por el local avisando a los despistados que nos íbamos. Y fue entonces cuando la vi en el centro de la pista bailando sola y ajena al mundo bajo una música acelerada. Me quedé allí mirándola un instante y volví para avisar a otro que se encargara de decirle que nos íbamos. Salí de allí con una sensación extraña y con pensamientos que aún hoy me costarían confesar.
Faltaban unas horas para que los trenes de cercanía volvieran a funcionar así que terminamos tirados en el suelo al borde un canal. Era una noche fría a pesar de ser verano y en una de las veces que me incorporé para acondicionar mi mochila como almohada vi a la italiana acurrucada con su cabeza sobre el otro español. Se me removió algo por dentro y volví a intentar dormir a pesar de la incomodidad y el frío.
El lunes en el trabajo, él me dijo muy serio que tenía algo que contarme. Yo ya suponía de qué se trataba.. Me pidió disculpas por el asunto que yo consideré innecesarias. No sé si ya habíamos hablado del tema o él consideraba obvio que yo estuviera interesado en ella. Le dije que yo era alguien con pareja y que él no tenía que darme explicaciones de nada de lo que hiciera con la italiana. No quería ni esperaba que nada cambiara entre él y yo. Creo que hice alguna broma y seguimos trabajando. De hecho no cambió nada entre los dos. Me permití, eso sí, recrearme en imaginar el avión de Alitalia con ella volviendo a casa envuelto en llamas cayendo en picado a tierra. Y me reí de mí mismo y ese pensamiento infantil.
Una noche la italiana me vino a hablar. Decía que me notaba raro y cambiado desde que se había enrollado. Era verdad. Le dije que era tan simple como que desde aquel día que habíamos pasado juntos en Amsterdam ella se había cerrado en banda. Y que yo simplemente había actuado en consecuencia. Reconoció que era cierto que se había comportado conmigo de una forma extraña y me dio una explicación en su peculiar español que ella prefería apartarse de las personas antes de sufrir el dolor de la pérdida (!). Era una extraña manera de hacer y perder amistades.
Las cosas volvieron a la normalidad. Yo me convertí entonces en el simpático “amigo de la parejita”. Pero seguí siendo el bicho raro del campamento. Tiempo después ella me enseñaría las fotos que hizo con su cámara digital y allí estaba yo escribiendo mi diario en una esquina apartado de todo el mundo. Casi la misma postura y gesto de una foto de mi viaje de fin de semana en el colegio a finales de los ochenta. A pesar de todo hice amistades en aquel campamento que aún perduran. Pero esa es otra historia.
El último día ella se despidió de mí de una forma intensa, insistiendo en que teníamos que volver a vernos. Siendo un viajero empedernido, aquello no era para mí un “adiós” sino un “hasta luego”.
Volví a casa y aquella relación que justo el día de antes de marcharme pareció haber quedado en el alero se afianzó. Realmente no sé qué hubiera pasado si la italiana hubiera querido algo conmigo. Supongo que me habría tragado mis escrúpulos y principios por el culo. Tiempo he tenido de comprobar que no soy tan diferente al resto de hombres.
Casi un cuento de Navidad 29 Diciembre, 2007
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Estamos en fechas navideñas y la televisión se llena de edulcorados telefilmes estadounidenses con finales felices. Así que hoy contaré algo diferente a lo habitual.
Como la mayoría de mis historias arranca en mis tiempos universitarios. Yo estudiaba para el último examen de junio del último curso de carrera. Ya tenía decidido que me iría de mi ciudad tan pronto acabara la licenciatura. Incluso tenía planes para irme fuera de España unas cuantas semanas en las vacaciones que comenzarían para mí a los pocos días.
Estaba en una cafetería universitaria con varias compañeras de mi facultad. No sé cómo surgió el tema pero les conté que como empollón friki que era no era la clase de persona que obtenía la atención del sexo opuesto. Obtuve los típicos comentarios bienintencionados que se suelen decir en tales circunstancias. Pero una de aquellas chicas empezó a insinuarme que estaba equivocado intentado contar algo más de lo que debía.
La conclusión era obvia. Yo le interesaba a alguien que ella conocía. Y hacer la deducción no resultó difícil. Aparte de aquel pequeño círculo, ¿con quién trataba yo habitualmente y que fuera una conocida común de los dos? Cuando llegué a una conclusión entré en shock. Esa persona sólo podría tratarse de alguien muy especial. Una, en mi opinión, de las chicas más guapas de mi facultad. La clase de persona que yo siempre había considerado inalcanzable. No parecía tener sentido.
Repasé mi trato con ella hasta aquel momento. Alguna que otra vez habíamos hablado en la cafetería o en la biblioteca. Ante ella había cumplido siempre el papel de empollón friki que hablaba hasta por los codos echando pestes de todo. Supuse que me tenía por un tipo estrafalario. Quizás porque nunca imaginé que se interesara por mí hablé con total libertad sin pretender impresionarla o darle una imagen positiva de mí.
Resultaba que aquella amiga suya al enterarse que yo le gustaba había decidido unirnos sin consultarnos. Juntos íbamos a ser algo así como la bella y la bestia. Una pareja peculiar y original que ella se encaprichó en ver junta. Tras irse de la lengua, no me acuerdo bien, terminó organizando un salida de ella con su novio y nosotros dos. Tengo un recuerdo borroso de aquella noche. Sólo sé que estuve totalmente a la defensiva preguntándome cómo coño había terminado yo dejándome enredar en una salida de “dobles parejas” para acabar en la clase de bares de música horrible a los que nunca me habría dejado arrastrar en otras circunstancias. Para colmo ella y su novio no pararon de hablar. De la chica a la que yo supuestamente le gustaba apenas oí unas pocas palabras.
Llegué a la conclusión, no había que ser muy listo, de que aquello no iba a ninguna parte. Recuerdo la perplejidad de un conocido, el novio de una compañera de clase: “No, si yo te entiendo que al no ver nada en esa chica y en un gesto que te honra has decidido pasar de ella. Pero tío, ¡está buenísima!”.
Cuando hablé con ella para decirle que no quería nada con ella se quejó con amargura que ella no había tenido ni voz ni voto en aquel asunto. Ella sabía que yo al final del verano me iría a vivir posiblemente para siempre lejos de nuestra ciudad. Que aquel mismo verano tenía planes de irme de vacaciones fuera de España. Y no tenía la más mínima intención de decirme nada. Ahora nada iba a ser igual. Y ni siquiera íbamos a poder ser amigos. “Cuando me cruce contigo por los pasillos de la facultad tendré que agachar la cabeza de la vergüenza”, dijo. Aquella frase me dolió y me dejó pensando.
A los pocos días hablé de nuevo con ella. Y le propuse que hiciéramos tabla rasa. Que pretendiéramos que nada había pasado. Quién sabe lo que podía finalmente pasar, dejé en el aire. Mi intención no era darle esperanzas. Sino que suponer un futuro abierto haría quizás las cosas más fáciles que un no rotundo. Llegamos a salir en grupo con gente de la facultad y hasta cenar unas pizzas en mi casa.
Estábamos en el cuarto de la tele y no sé muy bien cómo todos empezaron a encontrar una excusa para salir de allí. Primero unos para, porque como en mi casa nadie fuma, irse al patio. Otros por acompañarlos. Hasta que nos quedamos ella y yo solos. Por primera vez hablamos largo y tendido. No me acuerdo de qué. Ella, con un año menos que yo, resultó tener miedos, dudas e inquietudes bastante parecidas a las mías. La clase de cosas que nunca pude compartir con aquella otra chica por la que había sentido tantas cosas y nunca me hizo feliz.
No hizo falta hablarlo. Hubo un momento en el que le cogí la mano, sentados en un sofá uno al lado del otro. Y eso fue todo. Así comenzó. No creo que el resto de la gente supiera muy bien qué pasó realmente.
Días después era mi cumpleaños. Pasó a recogerme y terminamos lejos en las montañas. En un mirador nos recibió un atardecer perfecto de temperatura y una puesta de sol de película. Debe ser el único cumpleaños de mi vida que he pasado a gusto. Paseamos por mi ciudad y me hizo gracia un comentario suyo. Creía que yo no la deseaba porque no había intentado con ella. “¿¡Pero qué quieres!?”, protesté. “¿¡Que te meta mano en medio de la calle!?”. Supongo que aquello hablaba más de los tipos con los que había estado que de mí. Dimos una vuelta en coche por un centro comercial con cine a las afueras. Pero yo lo último en que pensaba era en encerrarme dos horas callado y quieto en una sala con ella a mi lado. Terminamos en mi casa, y tal como le dije, estar con ella la primera vez era como estarlo con alguien a quien conoces de hace mucho tiempo.
Ahora sé que en aquella relación no hubo fricciones porque de alguna manera los dos sabíamos que al final del verano acabaría. Así que decidimos evitar todas las grandes cuestiones que en otras circunstancias habrían sido fuente de conflicto. Simplemente disfrutamos el estar juntos. Descubrí con ella lo que es estar con alguien que realmente te quiere y quiere estar contigo. ¡Qué lejos de relación anterior! Todo lo que se supone normal y bueno en una relación lo viví con ella por primera vez. Si alguien me ha querido alguna vez fue ella. Jugó limpio conmigo. No esperaba nada de mí. No necesitaba nada de mí. No necesitaba que yo la rescatara o la salvara de algo o alguien. Y cuando llegó el momento en todo debía acabar para que mi vida empezara de nuevo lejos no se opuso.
Con todo y aún pasando el tiempo yo era el primero al que resultaba sorprendente que una chica así hubiera terminado conmigo. Iba por la calle con ella y me daba una cierta vergüenza cogerla por la cintura o cogerle la mano. Pensaba que a ojos de los demás que una chica como ella estuviera conmigo debía resultar inverosímil. Ni yo mismo terminaba de creerlo. “Eres como el gato que pasa dos veces cuando Matrix falla” bromeaba. “La señal que algo falla”. Y como ella se llamaba Beatriz la llamé Beatrix. Nunca me acostumbré. Recuerdo que más de una vez me sucedió estando juntos y tumbados en la cama escuchando música o charlando, tras apartarme para cambiar el CD en el equipo de música o algo parecido, al girarme y encontrarme que ella se había quitado la blusa yo daba un salto al ver su cuerpo. Nunca dejó de maravillarme. Empecé a temerme, incluso, que alguna desgracia se cernía sobre mí. El orden cósmico debía volver a su cauce. Algún día un dedo gigante atravesaría el cielo y me aplastaría como un insecto. No pasó nada. Simplemente el verano terminó.
Pasé con ella mi última noche en mi ciudad. No hablamos. Sólo hubo besos y abrazos largos e intensos. Y cuando ya faltaba poco para que cada uno se marchara en una dirección diferente le dije “Y ahora volveré al frío, el silencio y la oscuridad”. Ahí sigo.
Todo lo que ella necesitaba 20 Noviembre, 2007
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Cuando empecé este blog tenía en mente hablar de las mujeres que han pasado por mi vida. No quiero decir las mujeres que fueron mi pareja o a quienes yo deseé sin ser respondido. Tenía en mente a un grupo amplio de mujeres que al mirar atrás y pensar en ellas no podía dejar de sacar una moraleja de mi relación con ellas. Pretendía, una vez separados y asumidos mis errores, dejar a la luz la mezquindad, el eogísmo o la cobardía de todas ellas.
Hay alguien que estaba en ese lista desde el primer día. Pero es un caso en el que soy incapaz de extraer lección alguna. Diría incluso que de ser capaz de recopilar las enseñanzas de mi relación con ella me encontraría con lecciones que no termino de creer o asimilar.
El caso es que a ella la conocí, cómo no, mientras estudiaba la carrera. Los dos éramos de izquierda y estábamos asqueados con los niños de papá pretendidamente radicales que protagonizaban la vida política estudiantil. Ella tenía una opinión muy crítica del funcionamiento de la universidad y de la educación formal. Y supongo que criticando a todo y todos en una conversación con un conocido común nos conocimos.
Recuerdo que una de las primeras veces que intercambié unas palabras con ella fue cuando la vi delante de un ordenador haciendo búsquedas en Google. Pinchaba sobre cada enlace y retrocedía luego hasta la página de resultados. A veces iba saltando de híperenlace en híperenlace que perdía la pista de dónde había empezado. Le descubrí que era todo más sencillo si mantenía en una ventana la página con los resultados del buscador y abría cada nueva página con la opción “Abrir en una ventana nueva”. Me agradeció tan efusivamente el consejo que pensé que ironizaba con que creyera que le descubría algo nuevo. Pero no. Realmente no tenía mucha soltura con los ordenadores. Simplemente era así de entusiasta y espontánea.
También era terriblemente vehemente y radical. Pero había en ella un ahinco por ser más radical que nadie que entrañaba para mí una paradoja. Ella estaba permanentemente pendiente de las últimas tendencias en radicalismo antisistema. Y en perpetua vigilancia ante la posibilidad de que las tendencias, ideas, valores, actitudes y estéticas que ella defendía hubieran pasado al main stream. Era una tarea agotadora e interminable teniendo en cuenta la velocidad con la que la industria de la estética fagocita tendencias. De vez en cuando me contaba que había leído con indignación en Internet que asuntos como el vegetarianismo estricto o los pelos de determinado color eran la última moda entre los pijos pretendidamnente alternativos en California. Le apunté la ironía de que alguien que decía despreciar tanto la moda estuviera tan atenta a ella.
A los pocos meses de conocernos yo empecé una historia con la compañera de clase que marcó el resto de mi vida universitaria. Y creo le perdí un tanto la pista. Quién sabe qué hubiera pasado por mi cabeza si hubiera tardado más en conocerla. Al fin y al cabo era la única persona de mi universidad con quien hablar del Asian Undergrand o del situacionismo.
No sé si fue más adelante en aquel mismo curso o al siguiente cuando la fui conociendo con mayor profundidad. Ella se definía como anarco-feminista, vegetariana y defensora de los derechos de los animales. Usaba expresiones como “heteropatriarcado” para referirse al machismo y “seres sintientes” para hablar de los animales. Y aunque cuando nos conocimos parecíamos que compartíamos puntos de vista se fue haciendo más evidente nuestras diferencias.
Un día le compré un fanzine anarco-feminista en el que le habían publicado un pequeño artículo. Encontré un artículo donde relacionaban el auge de la extrema derecha en Holanda con la proliferación de sex-shops sado-masoquistas en el país. La autora sostenía, una tesis fundamental de ciertos feminismos, que lo acontecía en el terreno sexual era una proyección de las posiciones éticas, morales y políticas de una persona. Evidentemente si un hombre cree que en la cama una mujer tiene la oblogación de satisfacerle a él en todo momento y circunstancia porque considera que el vínculo matrimonial le otorga ciertos derechos sobre ella, nos encontramos ante un machista de tomo y lomo. Pero el artículo sostenía algo más sutil y concreto. Las prácticas sexuales que implicaban la dominación del hombre sobre la mujer eran la traslación en lo personal de una ideología política de ultraderecha.
Yo había leído sobre el tema por cuestiones que son difíciles de ocultar. En alguna parte descubrí que las fantasías de dominación y sumisión realizan un papel de compensación. Los hombres que ocupan posiciones de poder en la vida pública encuentran en la humillación y el dolor una experience novedosa que les resulta fascinante. Los hombres que se sienten indefensos, vulnerables o despreciados por las mujeres albergan fantasías de poder. No hay que darle muchas vueltas para adivinar qué lugar de la pirámide alimenticia social ocupaba yo.
Así que siendo de izquierdas que alguien teorizara con que yo fuera un criptofascista me pareció una monumental chorrada. Discutí con ella aquel artículo y la cosa derivó en bronca con los dos hablando tan alto que nos echaron de la oficina de la delegación de alumnos donde estábamos. Salimos al pasillo y allí seguimos hasta que se cruzó con nosotros un chileno que estudiaba mi carrera a su propio y personal ritmo.
-¡Pero qué tensión sexual hay en el ambiente!-Ella se puso hecha aún más una furia. Yo lo encontré gracioso pero simplemente lo tomé como una provocación. Ella ejercía de lesbiana militante. Le había oído decir que los hombres éramos el enemigo. Que todo coito era una violación al tratarse de un acto de violencia contra el cuerpo de una mujer. Y contaba como una gran hallazgo que había escuchado en un película japonesa en blanco y negro a una abuela decirle a su nieta: “No permitas que un hombre te mancille si no es por dinero”.
Sus ideas me parecían tan descabelladas que lo comentaba a menudo. Y la respuesta unánime de todos era:
-¡Esa tía lo que necesito es un buen polvo!-
Yo que la escuchaba hablar de lo diferente y especiales que eran las mujeres y lo poco que un hombre podría entender y entrar en su rico, profundo y maravilloso mundo personal femenino la tomaba en serio. No porque creyera que tuviera razón. Simplemente estaba seguro que ella creía lo que decía. Recuerdo que la defendía y me enfadaba con al gente que bromeaba reduciendo su pasión a una simple pulsión sexual frustada.
Una noche yendo con un grupo de compañeros de clase coincidí con ella en un bar. Ella estaba con un grupo de amigas, y terminamos apartados de todos discutiendo como siempre. El bar cerró y nuestros amigos salieron a la calle mientras los camareros recogián mesas y sillas. Nosotros seguimos discutiendo dentro mientras nos poníamos los abrigos. Hicimos esperar a los demás y en la calle seguimos un rato más. Cuando por fin nos despedimos y cada grupo se marchó en un sentido mis colegas empezaron a reir a carcajadas.
-¿Por qué no te fuiste con ella? ¡Esta noche habrías follado seguro!--Dijo uno.
-¿Pero tú la viste? No hacía otra cosa que tocarse el pelo y rozarse contigo. ¡Por Dios! ¡Por Dios! ¡Esa tía estaba ligando contigo!- Apuntó una compañera que desde que había leído un libro sobre el lenguaje no verbal no paraba de analizarlo todo.-
Me pasé el camino hasta donde habíamos aparcado los coches explicándoles por qué se equivocaban. Aunque al final lo que pasó fue que me di cuenta que a quien le costaba comprender algo era a ella, que no entendía el alcance de las cosas que decía.
Cosa de pasarme el día enfrentado a radicales de ultraizquierda, nacionalistas de la Patria chica y luego a ella me tomé en serio el ir más allá de lo que enseñaban los profesores. Comprendiendo que toda ideología política se asienta en una teoría social y que todas las teorías sociales se respaldan en una teoría filosófica, fui identificando los endebles cimientos teóricos del discurso político de cada cual. El de ella incluído. Fue fácil darse cuenta que ella se había limitado a leer y asumir como propio el discurso de una serie de feministas anglosajonas sin leer más allá de aquellos libros con los que ella se sentía reconfortada. Era una personal y peculiar variante del frikismo. En vez de refugiarse en un mundo de dragones, magos y saltos al híperespacio ella se había refugiado en el feminismo posmoderno sin entender los endebles andamios intelectuales de las teorías que defendía.
Yo me fui de mi ciudad. Ella lo hizo un año después que yo, rumbo al extranjero. Las primeras noticias que tuve de su nueva vida lejos de España es que se había echado novio.
Todo por la pasta 2 Noviembre, 2007
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Cuando estudiaba en la universidad todo el mundo me auguraba un próspero futuro en el mundo académico. Yo por aquel entonces era un becario precario a las órdenes de alguien que pronto sería catedrático y me llevaba especialmente bien con cierto profesor que me encaminó hacia mi especialidad. Descubrí en él un ejemplo de lo que quería ser. Vi con alivio que los empollones frikis podíamos ganarnos los garbanzos haciendo en la universidad lo que nos gusta.
Yo mantenía largas charlas en su despacho que consistía principalmente en escucharle a él. El diálogo era una ciencia arcana que no dominaba. Poco a poco fui conociéndolo. Teníamos mucho en común. Era como yo, un ratón de biblioteca con muy baja opinión de aquellos profesores que vivían de rentas pasadas. También él había llegado como yo tarde a la universidad, que es algo que marca. La diferencia de edad te convierte en un bicho raro porque te aburren tanto la vida social como la política universitaria, que terminas descubriendo no son más que dos caras de la misma moneda. Es lo que tiene empezar con veintitantos una carrera universitaria. Tienes muy claro lo que estás haciendo, tienes prisa por licenciarte y lo que hacen tus compañeros, de quienes te distancian más de media década de edad, te resulta ajeno.
Con el paso del tiempo fui hilvanando el hilo oculto de su discurso. Él había estudiado lejos de la ciudad donde nació, cercana a la mía. Había conseguido una plaza de profesor en la gran ciudad pero con la victoria del Partido Popular en 1996 los vientos políticos cambiaron. Sus padrinos en la universidad eran del PSOE y por lo visto llegó el momento de recoger velas. No sé si se trató de que se vio en paro tras cumplirse el contrato o bien fue que renunció a su puesto. La cuestión es que salió una plaza en mi universidad, optó a ella y la ganó.
Dejó la gran ciudad para ir a trabajar a una universidad de provincias. Y parecía no estar muy seguro del paso dado. Fui descubriendo que cuando hablaba parecía tratar de convencerse a sí mismo de lo acertado de la decisión. Puede que incluso cuando trataba de convencerme que yo podía tener un futuro formando equipo de investigación con él lo dijera con más intención de animarse a sí mismo que a mí.
Nuestro campo de especialización no da dinero. No hay posibilidad de inventar una bombilla de bajo consumo que te haga rico o elaborar complicadas ecuaciones que te hagan ganar mucho dinero en la bolsa. Sólo queda la satisfacción de ver tu nombre publicado en revistas académicas o salir de vez en cuando en los medios de comunicación. Así que me llamaba la atención sus cabreos cuando veía a cualquiera con unos mínimos credenciales académicos ser entrevistado en los medios o participar en mesas redondas para hablar de su especialidad. Tenía razón en enfadarse pero en el fondo me parecía divertido. El mundo funciona así: Inmigración, calentamiento global o el futuro de Internet. Las opiniones sobre estos temas son como los culos. Todo el mundo tiene una y apesta. Él era una persona relativamente modesta, pero no podía ocultar su orgullo cada vez que contaban con él como experto en la materia.
Un día entró en mi despacho hecho una furia. No entendía de qué me hablaba. Me amenazó con acciones judiciales, una demanda, abogados… Yo tenía una página web personal, eran los tiempos del Internet 1.0, donde había colgado apuntes de varias asignaturas. Los cogía a mano en clase y me era imposible estudiar por ellos. Los tenía que pasar a limpio. Y de tanto que me los pedían los colgué en mi página web.
Alguien se lo contó. Y él mismo vio el archivo de MS Word donde figuraba mi nombre. Según él, eso era apropiarme de sus ideas. Irónicamente yo lo había hecho tras las quejas de un catedrático en mi primer año de universidad sobre la proliferación de apuntes de clase donde figuraban su nombre. Según él, las notas tomadas por los alumnos en su clase eran la particular interpretación del que escribía y no quería verse asociado a esas, según él, torpes y erróneas trascripciones de sus ideas. Yo por evitar ese problema me encontré con el opuesto.
Tiempo después un abogado me contó que colgar en Internet mis apuntes de lo dictado por un profesor en clase no constituía delito alguno. Pero es lo de menos. Me pareció todo absurdo, mientras él hablaba de mi “puñalada trapera”, Lo recuerdo exaltado diciendo que sus clases eran el producto de un largo trabajo y que sus ideas eran únicas y originales. Que ahora cualquiera en Internet las podía copiar. Y que afectaba a sus planes de algún día publicarlas en un libro. Mi universidad tenía, no sé si lo sigue teniendo, la extraña norma de premiar económicamente a los profesores que escriben manuales de las asignaturas que imparten. Obligan a los alumnos a comprarse su libro y encima la universidad les paga un complemento salarial. Y en su caso todo podía venirse abajo. Desconecté mentalmente mientras hablaba y hablaba. “Así que todo giraba en torno a esto”, pensé. “El dinero”.
No volví a pasar por su despacho ni hablar con él. Me reprochó que no lo hubiera hecho al final de mi último curso en la universidad. También que no le hubiera consultado mi decisión de irme lejos. No sé si para él era todo agua pasada. Para mí no.
Me fui de mi ciudad y en cuatro años lo he visto a él sólo un par de veces. Una vez pasé por su despacho. Con gesto burlón hizo un comentario de pretendida alegría y sorpresa por mi visita. Me preguntó si tenía trabajo de “lo mío”. Le dije que no. Reaccionó con satisfacción. Tenía que haberle consultado sobre mi futuro, dijo. Tenía que haberme especializado en la Universidad del País Vasco. Yo barajé esa opción en su momento, pero la descarté por evidente cuestiones éticas. No pensaba darle un duro a una facultad que regala sobresalientes y matrículas de honor a presos de ETA. Me contó con orgullo que había sido invitado a un importante acto en Madrid donde hablarían grandes personalidades del tema de su especialidad. Aquella noche revisé mi correo electrónico y encontré una invitación para un acto en Madrid. El mismo al que mi antiguo profesor presumía de haber sido invitado. Era la clase de acto al que se entra llamando previamente y confirmando la asistencia.
A veces pienso que me he estancado en la vida. Pero miro atrás y veo las bifurcaciones que no cogí y me hubieran llevado a un sitio aún peor del que estoy hoy en día.
La sonrisa de la víbora 21 Agosto, 2007
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Pues no. No cambió de idea tras despedirse de mí aquel día a la vuelta de mis vacaciones.
Me había mostrado su arrepentimiento por tantas cosas que pasaron. Por fin le había oído hablar con madurez y sensatez. Y habíamos recordado, con la tristeza de la felicidad que no pudo ser , lo que nos unió y compartimos. Hablamos de un futuro reencuentro y de mantener un vínculo que los dos parecíamos necesitar. Pero desapareció y todo para mí quedó en el aire.. Si sus palabras de despedida habían resultado falsas, ¿cómo tomarme el resto? ¿Había sido todo una representación teatral? ¿Acertó a decir lo que yo necesitaba o quería escuchar? Al pensar en todo ello con calma ¿resulté ser una parte más de ese pasado que había que dejar atrás? Creí haberme reconciliado por fin con una parte de mi vida y casi volvía al punto de partida.
Y entonces volví a saber de ella. Había estado primero de viaje y ahora de exilio interior. Esa vida tranquila y pequeñoburguesa de la que me había hablado cuando nos vimos había saltado por los aires. Había dejado a su novio por un rollete pasajero que se había ido al carajo, quedándose sin novio y sin rollete. Estaba bastante mal y esperaba poder contar conmigo para desahogar sus penas. Se despidió mandándome un abrazo y diciendo que “me apreciaba mucho”. Me alegré por volver a tener noticias de ella. Y no pude evitar sonreir. Qué diferente es todo ahora. Soy viejo pero sabio.
Al fin y al cabo tiene gracia. Yo pensaba que se había convertido en una chica formal.
Tokyo Psycho Babes 4 Agosto, 2007
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Madurar es despedirse de sueños y fantasías. Y no porque aceptemos finalmente el fracaso en nuestra vida. O porque por despecho y rechazo despreciemos a quien antes deseábamos. Se trata de que finalmente vemos las cosas tal cual son. Y así finalmente soltamos un lastre. Reverte ha hablado varias veces de ello, como esta semana.
Siempre tuve debilidad por las chicas asiáticas, en especial las japonesas. Lo que es buena prueba de que tardé mucho tiempo en conocer a alguna japonesa en persona. Y de pronto coincidí dos años seguidos con estudiantes japonesas en clase de inglés. Luego en mis viajes a campamentos juveniles de verano en el extranjero. ¿Dónde estaban esas chicas de senos turgentes y carácter fuerte que veía en los manga pegar tiros embutidas en monos ajustadísimos a la piel?
Las japonesas que he conocido tenían cuerpo de adolescente y cerebro de cría de primaria. Llegué a conocer una treintañera casada con un español que escribía en clase con un lápiz al que le había añadido una cabeza de Mickey Mouse de goma. Siempre me pregunté si era cosa de la barrera del idioma. Pero he conocido españoles que con un inglés macarrónico trataban de poner al día a un grupo de extranjeros sobre la situación política en España. Las japonesas no. Nunca oí a ninguna hablar de nada serio, relevante o profundo. Como si en Japón no existiera enseñanza universitaria para mujeres o no leyeran el periódico.
Y hace poco, tras volver del viaje, tuve una de esas experiencias…
Viajando en transporte público me senté cerca de dos japonesas. Una me miró a los ojos y dijo algo que no pude entender. Su amiga cuchicheó algo en japones y le cogió del brazo como calmándola. Entonces la primera pegó un grito: “Ugly Spain!”. Y a continuación soltó un chillido agudo que hizo que el resto de viajeros nos miráramos. Repitó lo de “ugly Spain” con muy mala leche. Qué papelón para la amiga, pensé. Irse de viaje con una neurótica que ha perdido un tornillo lejos de casa. Algún viajero le preguntó en español (!) qué le pasaba. Pero lo que hizo fue ponerse a chillar. Alaridos agudos que acompañaba de “Spanish psycho!”. Su amiga con voz queda iba repitiendo lo de “ugly Spain” y “Spanish pyscho”
Lo entendí entonces algo les había pasado. Alguien les había hecho algo (¿intentar robarles? ¿un pesado demasiado insistente?). Y pensé en lo estúpido de la situación. Dos japonesas que chapurrean el inglés se plantan en España de turismo. ¿Quién dice que no fue todo un maletendido cultural? ¿Y alguien se imagina la situación opuesta? ¿Dos españolas en el metro de Tokio y una dando alaridos?
Se bajaron antes que yo. Y no precisamente en un lugar turístico o céntrico. Cuando pasaron a mi lado les solté: ¡Gilipollas!. Sus caras dieron a entender que no necesitaron traducción.
Y ella usó mi cabeza como un revólver 18 Julio, 2007
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Al segundo mes de la carrera me di cuenta que no encajaba en ninguno de los grupos que se iban formando por afinidad. Yo le sacaba seis años a la mayoría de mi compañeros. Ellos acababan de salir del instituto. Yo venía de la calle, de trabajar en precario como técnico informático. Ellos tenían todo el tiempo del mundo por delante. Yo las prisas del que quiere acabar la carrera porque sentía que vivía una prórroga en casa de mis padres.
En aquel entonces caí en la cuenta que estaba prestando demasiado atención a cierta compañera. Mi raciocinio me decía que era una forma de buscar apego a alguien en un entorno en el que me sentía perdido. Me deslizaba por una pendiente y era el momento de cortar por lo sano. Pero, ¿por qué hacerlo? Llevaba años como el típico empollón friki que llevaba su enamoramiento por alguna chica en silencio, resignado a ver que era siempre otro quien recibía atención.
Miro para atrás y me cuesta entender por qué me fijé en ella. Algo me dice que tiendo a encapricharme en la clase equivocada de chica. Puede ser porque yo mismo reconozco que en el largo plazo nunca me veo al lado de ellas. Puede ser porque yo sea rematadamente idiota. Me acuerdo de escucharla hablar en la cafetería de la facultad con gran vehemencia siguiendo el mismo guión de rebelde guay que la supuesta hija de Curry Valenzuela. Por eso me hace tanta gracia el blog de Beta. Me parece una simpática colección de topicazos que ya he escuchado varias veces: Drogas, bisexualidad, promiscuidad sexual, tríos, confrontación con los padres, anticlericalismo, provocación, una necesidad imperiosa de llamar la atención, etc. Alguien que no la tenía en gran estima describió un día su actitud como histriónica. Yo en mi ingenuidad la tomé en serio.
Años después al irme a vivir en una gran ciudad creí verla en todas partes. Creí por momentos que a pesar de todo seguía sintiendo algo por ella. Hasta que un día caí en la cuenta que si la veía en cada esquina era simplemente porque su estética no era otra cosa que el uniforme oficial de las alternativo-guays cosmopolitas y urbanas. Ella no era más que un clon entre millones que tomé por alguien original en el ambiente provinciano y sin horizontes donde nos habíamos criado.
Tendría tiempo de descubrir que todo aquello era pura fachada. Pero cuando lo hice mi interés por ella no aminoró. Quizás sucedió lo contrario precisamente por descubrir su vulnerabilidad y su fragilidad. Cada vez que hablábamos descubría en nosotros una cierta afinidad. Pero nunca ella dio el paso de plantea quedar un día fuera de clase. En aquel momento su vida personal pasaba una etapa tumultuosa por culpa de un ex-novio. Según ella, él insistía en volver y le hacía toda clase de reproches porque él sentía que había quedado abandonado y tirado en el arroyo después de haberle ayudado a ella a pasar los años difíciles de la adolescencia. Tiempo más tarde sabría que las cosas no eran exactamente así. Pero di por buena su versión. Lo que ella me contaba me parecía un vulgar caso de chantaje emocional. Pero nunca estaba dispuesta a discutir el asunto conmigo. “Tú no entiendes lo mío con él” sentenciaba siempre.
El asuntó se complicó cuando al reparto de la obra se añadió un compañero de clase igualmente interesado en ella. Se terminó convirtiendo en mi mejor amigo en la universidad de tanto tiempo que pasábamos los tres juntos. Le vi con más posibilidades que yo de llegar a algo con ella, así que en el segundo cuatrimestre intenté discretamente retirarme de escena. Tres son multitud. Cuatro era el camarote de los Hermanos Marx.
Pasó el verano y el comienzo del segundo curso supuso que todo volviera a empezar. Sentía que mi clase se había fraccionado en grupos muy compactos y homogéneos. Y yo no tenía cabida en ellos. Creo que me lo había ganado en parte descuidando el trato con el resto de la clase. Terminé formando un trío de parias sociales con ellos dos.
Un día ella acudió a mí. Se sentía agobiada ante la insistencia de mi amigo por quedar y hacer cosas juntos. La verdad es que ella era muy dada a hacerte sentir algo más que un amigo. Tiempo más tarde tendría oportunidad de reprocharle su ligereza de palabra, y descubrir su sorpresa ante afirmaciones salidas de su boca que yo recordaba perfectamente y ella había olvidado. Pero yo me había resignado a que mi frágil amistad con ella nunca terminara de cuajar, mientras él parecía desesperarse porque ella no cumplía su palabra.
Poco a poco, a partir de aquel acercamiento, surgió una mayor confianza entre los dos. Hasta que yo, ya incapaz de reprimir lo que sentía, no tuve más remedio que exponérselo. Me dijo que no quería más que amistad conmigo. Y al contrario que esas chicas que sueltan el manoseado discurso “te quiero, pero como amigo” ella se mostró preocupada por mí y cómo me sentía después del rechazo. Terminó por replanteárselo y comenzamos una relación. Ella supo en aquel momento que era una relación condenada al fracaso, pero aún así siguió adelante.
La atracción de mi amigo por ella continuó como si tal cosa. Se comportaba en todo momento como si yo no existiera. Ante una situación así no supe cómo actuar. Por encima de todo era un amigo y me resultaban evidentes sus sentimientos, aunque no tenía claro a qué aspiraba exactamente. ¿Que la compartiera con él? No quería herirle por lo que delante de él nunca nos comportamos como pareja. Quizás eso lo empeoró. Porque contribuímos a fortalecer su fantasía de que nuestra relación era frágil, pasajera o inexistente. Un día nos vio despedirnos en la parada del autobús con un beso inocente en la mejilla y me preguntó si nos habíamos besado en la boca. Mi negativa pareció aliviarle. “Ah… Entonces no habías llegado a esa fase” vino a decir. Hacía tiempo que ella y yo empañábamos los cristales de su coche en lugares discretos y él se creyó que ni siquiera nos besábamos.
Justo cuando la relación pareció consolidarse comprendí la situación. Ella no vivía el agobio de un ex-novio, sino el de una ruptura conflictiva que quería arreglar. Y un día lo vi claro. “Ocupo el lugar de otro” me dije. Era una situación turbia y conflictiva que tenía que haber cortado cuanto antes. Pero me quise aferrar a aquella relación pensando que había llegado el momento de mostrar un poco de amor propio y luchar por alguien. Con más motivos sabiendo que dejarla significaba dejarle la puerta abierta a otro. Esperaba que ella actuara de forma lógica y racional. Que evaluara lo que le aportaba cada cual. Y lo que hizo fue romper conmigo para volver a intentarlo con el otro.
Su intento de reconciliación con el ex-novio duró poco. Una noche me llamó llorando tras una bronca que había terminado con él lanzándose de su coche en marcha. All poco tiempo, justo el primer día del tercer año de carrera, la vi entrar en mi facultad con aquel ex-novio. Al rato se sumó amigo que parecía no importarle jugar el papel de comparsa. Me distancié de ellos dos.
Viva cada día en clase como un tortura. Ante los demás nada había pasado mientras yo sufría en silencio repasando nuestra relación y sintiéndome un completo estúpido. Me había negado a aceptar algo evidente respecto a su ex-novio. Tampoco había sabido exigirle a ella que marcara unos límites razonables a aquel amigo que parecía comportarse como si yo no existieria.
Un sábado por la noche me llamó desde un cabina de un pueblo pequeño y turístico. Se había refugiado allí para pensar. Me contó lo harta que se sentía de aquel amigo ahora omnipresente ahora en su vida. No sólo compartía clases, obligatorias y optativas, de lunes a viernes, sino que los fines de semanas lo encontraba en su escuela de teatro y en otras actividades sin que ella lo hubiera invitdado. Me resultó irónico y divertido que había sido ella quien lo había invitado a su círculo social, donde yo nunca entré, y aquello se hubiera vuelta en su contra.
Recuperamos el contacto dando pequeños pasos y retrocediendo, apesadumbrados por volver a andar el mismo camino. Pasaron unos pocos meses hasta que perdimos el miedo y asumimos que aquello que había entre los dos no era una relación al uso, pero era una relación al fin y al cabo.
Pasaron meses y volví a sentirme igual. Algo secundario en su vida. Era una relación llena de carencias, como la primera. Pero en mi ingenuidad e inexperiencia atribuía muchas de ellas a rasgos de personalidad. No es que ella fuera fría conmigo. Es que ella no era una persona cariñosa. No es que a ella le costara encontrar tiempo para mí. Es que ella era una persona muy ocupada. Sólo cuando viví más tarde una relación con alguien que tenía los cinco sentidos puestos en mí descubrí lo engañado que había estado.
Al final del tercer curso, cuando ella y yo habíamos estado de acuerdo en acabar con lo nuestro, aquel amigo llegó un día muy contento a contarme que se iba de viaje con ella, quien en su momento había rechazado mi propuesta de hacer una escapada a Berlín o Barcelona juntos. “Eso es muy como de pareja, ¿no?” fue su excusa. Ello y yo habíamos hablado de las intenciones y los actos de él. Pero parecía confiar en una recuperada inocencia de sus intenciones.
Sé la versión de cada uno de lo que pasó aquel verano. Y se puede resumir que nada pasó entre ellos y ahora se detestan. “Eres adivino. ¿Cómo sabías que iba a terminar mal?” me dijo ella cuando la vi a principios del cuarto año. Encogí los hombros. Era previsible.
Terminé el cuarto año de carrera y me marché lejos de casa. A ella terminé por perderle la pista. Hasta el domingo. Hablamos sobre qué había hecho cada uno en este tiempo, de por dónde andaban algunos de nuestros antiguos compañeros de clase y nuestros planes de futuro.
Faltaba ya menos de una hora para que saliera mi autobús y no sabía cómo llevar la conversación a nuestro pasado común. Le conté que había encontrado a su ex-novio en el lugar donde mis padres pasan sus vacaciones. Iba de monitor de un grupo de niños. Y me contó que planeaba venir a vivir a mi ciudad. Me pidió incluso el número de móvil por si al final llevaba a cabo sus planes. A ella se le cambió la cara cuando terminé de contar el encuentro. Empezó a echar pestes de él. Y entonces me contó cómo había roto contacto y relación con él. Y así empezó todo.
Me habló de cómo se arrepentía de haber perdido el tiempo con aquel ex-novio. De cómo no había sabido o querido ver las intenciones evidentes de aquella cuarta persona en discordia. De cómo no había sabido pararle a tiempo. De cómo se arrepentía de tantas y tantas cosas. Nos preguntamos habríamos llegado si ella hubiera comprendido las cosas que sabe ahora y que yo vi claras desde el principio. Seis años después, los que me separan en edad de ella, descubrí con ella la posibilidad perdida de una felicidad común que no fue. Descubrí que aún se arrepentía de no haber hecho aquel viaje a Berlín conmigo. Confesamos que atesorábamos el disfrute de música o textos que cada uno le había descubierto al otro, y regalos que habíamos recibido del otro.
Me propuso vernos en un futuro próximo. Me ofreció poder quedarme en su piso y me pidió que buscara actividades que a ella le pudieran interesar en mi ciudad. Me lo creí todo. Como noté que fue sentido aquel abrazo interminable de despedida en el que se colgó de mi cuello, que besó justo antes de separarnos. Y hoy, tres días después no sé nada de ella. Tan típico: Hacerte creer en un vínculo especial para luego descubrir que los hechos no respaldan sus palabras. Algo me dice que volverá a desaparecer entre las brumas de un pasado que, por fin, descansa en paz.
El arte de la guerra 17 Julio, 2007
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Mil y una vez me han recomendado que cambie mi aspecto físico para agradar a las mujeres. Los consejos son siempre los mismos: Cambiar de estilo de vestir, de corte de pelo, olvidarme de las gafas en favor de lentillas y afeitarme. Siempre he rechazado los consejos sin entrar en razones. Sé de sobra que disfrazarme de triunfito no serviría de nada. Desde que abriera la boca todo el mundo se daría cuenta que tengo la sutileza de Risto Mejide. Odio los dramas televisivos con médicos. Y adoro House. ¿Imaginan por qué?
Pero hay algo más. Cada vez que alguien me dio las razones de sus sentimientos o su atracción por mí nunca mencionó mi apariencia como un obstáculo. Nunca nadie me dijo “la verdad es que eras un tipo desaliñado pero un día me fijé en…” o “eras físicamente del montón pero me soprendió que tú…”. Es más, más de una mencionó precisamente mi aspecto y mi apariencia como algo que les llamó la atención de forma positiva. Descubrí que era precisamente por ser como era que tuve alguna posibilidad con las mujeres que me interesaban.
Estudié una carrera de letras en un campus de letras. Estaba rodeado de chicas y sólo por puro error estadístico alguna se tenía que haber fijado en mí. Pero quizás por nadar en un inmeso mar de mediocridad se fijaron en mí dos chicas ante las que jamás habría dado un duro por mis posibilidades. Me fijé en la primera de ellas, una chica rebelde guay, los primeros días de clase. Recuerdo incluso que la primera vez que hablamos llevaba una camiseta estampada con el dibujo de un fénix oriental. Fue en una de aquellas clases donde el profesor se limitaba a presentar el programa de la asignatura cuando en ese barullo que se produce al terminar la clase preguntó en voz alta si alguien tenía idea de la fecha de las vacaciones. Casualmente yo había encontrado una noticia en la prensa local con el calendario escolar. No recuerdo si llevaba el recorte encima o prometí enseñárselo al día siguiente. Pero si recuerdo todo ello es porque más tarde contrastaría en mi cabeza mis primeras impresiones de su físico con la imagen que construí cuando me sentí atraído por ella.
Recuerdo también que un día a la salida de clase se formó un pequeño grupo para coger cierta linea de autobús. Yo vivía relativamente cerca del campus pero los acompañé porque ninguna de ellos conocía la ubicación de la parada. La conversación derivó a cómo las promesas de gente que conoces en vacaciones o en circunstancias concretas de tu vida de permanecer en contacto se desvanecen. Y ella contó la decepción que le produjo la primera carta, corta y nada profunda, de un amigo que se había ido a vivir a Madrid. Mi relación con ella se construyó a partir de esa clase de pequeños pedazos de información que yo fui acumulando.
No creo que que me acordara de aquel amigo que le mandó una carta decepcionante desde Madrid hasta el último día de clase antes de las vacaciones de Navidad. Fuimos un grupo en estampida a local de fotocopias. Alguien apuntó cuántas de cada asignatura necesitaba cada cual y nos liberó al resto de estar al pie del mostrador. Salí a la puerta y me la encontré a ella esperando fuera y con una cara rara. Y entonces en un extraño momento de ilumunación entendí algo.
-“Creo que ya sé lo que sé que te pasa. Empiezan las vacaciones. Y todo el mundo que estudia fuera vuelve a casa. Y te preguntas qué te vas a encontrar cuando cierta persona vuelva”.-Deduje de pronto que su decepción ante aquella carta tenía que ver con que algo había pasado entre los dos en el verano anterior. Ella se soprendió por lo que le dije. Acerté de pleno. Y me preguntó cómo había sido capaz de adivinar lo que le pasaba.-“A veces dices cosas y yo sólo tengo que atar cabos” dije quitándole importancia. “Vaya, pensé que cuando hablo nadie escuchaba” dijo con voz queda.
Creo que la primera vez que llamé a su casa (eran todavía los tiempos de llamar a los télefonos fijos y preguntar por alguien) fue pocos días después de aquella escena a la salida de la tienda de fotocopias. Ella había contado que odiaba las comidas navideñas y yo la llamé en la tarde del día 25. La sorprendí tumbada en su cama escuchando una cinta de música de Björk que yo le había copiado. La verdad es que nunca le hice grandes regalos. Nunca tuve gestos grandilocuentes con ella. Nunca le escribí ninguna parrafada sentimental.
Cuando llegó su cumpleaños ya hacía tiempo que yo le tenái comprado un regalo. Fueron dos CDs de REM que compré de oferta en Discoplay. Los había mencionado muchos meses atrás. Y cuando los encontré los compré sabiendo que harían el regalo perfecto. Ella llevaba tiempo buscándolos. Así que le sorprendió el regalo. Yo simplemente había guardado el dato en mi memoria. Pero para ella había demostrado una vez más que prestaba atención a sus palabras.
Conseguí efectos parecidos con cosas simples. El tercer año de carrera viajé a visitar a un amigo de Erasmus en Viena y no le dije a ella nada sobre a dónde me marchaba. Lo supo cuando recibió en su casa un postal con párrafos del “Pequeño Vals Vienés” de Federico García Lorca, que yo conocí por la versión de Leonard Cohen.
Propuse a mi amigo ir a Sarajevo, y allí un soldado español nos recomendó una tienda de artesanía en el barrio viejo de la ciudad. El dueño de la tienda cerró la tienda e hizo té de frutas para nosotros. Compré para ella un pequeño joyero de madreperla, aparte de varios regalos para mi familia. El tendero grabó el nombre de ella, Sarajevo y la fecha por debajo de la madera. Creo que costó 800 pesetas.
La postal y el joyero sellaron una reconciliación que se fraguó la noche anterior a mi partida. La que se suponía iba a ser una corta despedida de amigos terminó con ella sentada sobre mis rodillas besándonos intensamente. Un día me confesaría que dio el paso por la envidia ante mi viaje. Quería que me llevara conmigo el sabor de su boca y no me pensara en los labios de ninguna austríaca.
Fue cruel y egoísta conmigo. Para colmo mi torpeza e ingenuidad permitieron que me hiciera mucho daño. Y el rencor hacia ella y la rabia conmigo mismo me acompañaron años. Todo fue diluyéndose con el tiempo. Pero siempre me quedó ese recuerdo amargo y turbio. Hasta el pasado domingo.
Siempre he odiado las metáforas megalómanas. Esos adolescentes que se imaginan como grandes guerreros enfrentándose a las hordas malignas. Y no es porque yo haya tenido también esos momentos de debilidad adolescente friki. Pero puestos a elegir prefiero imaginar a mi alter ego metafórico en una de esas películas japonesas de espadachines donde todo son movimientos lentos, armoniosos y sutiles, mientras la tensión se mantiene contenida. Esas películas donde muere hasta el apuntador y se hacen sacrificios o gestas inútiles por ser fielos a algo o alguien. Creo que fue cuando ya cada uno iba por su lado, en el último año de carrera, cuando ella me contó que se iba a un festival de música con un amigo. Antes del viaje le regalé una guía sobre la ciudad, que guardaba para mí cierto halo de sueño compartido que nunca se vio cumplido.
Meses más tarde yo me iría a emprender una nueva vida lejos de mi casa. Ella lo hizo un año después que yo y con Troya ardiendo a sus espaldas. Por aquel entonces ya nada sabíamos el uno del otro. Pero entre su equipaje iban un joyero de madreperla traído de Sarajevo y cierta guía de viaje.