Rarito 22 Mayo, 2008
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Cuando tenía quince años participé en un juego en el que tuve que escribir en diferentes pedazos de papel las cinco cosas que más deseaba en la vida. Durante el juego tuve que ir desechándolas hasta quedarme sólo con una.
Creo que aquel pedazo de papel con el que me quedé debe andar en alguna caja en casa de mis padres. Recuerdo perfectamente las otras cuatro. Una de ellas era “respeto”. Creo que fue una de las primeras que terminó en la papelera. Aguantar las burlas, la condescendencia y el desprecio de los demás por ser un empollón friki se convirtió en otro ritual de paso más en mi vida.
Con el tiempo comprendí que la gente se sentía intimidada por alguien más culto y brillante, sobre todo cuando ocupaba posiciones por encima de mí en una jerarquía. Así que encontré una forma de que no me tomaran por un pedante: Que no me vieran como una amenaza y que no me envidiaran. Me convertí en un payaso a propósito ante sus ojos. Un tipo extravagante y taciturno.
Sé que adoptar el rol se convirtió en un arma de doble filo. Yo que he anhelado toda la vida respeto tuve que convertirme en bufón para que me toleraran. Ser aceptado así era el camino obvio. Pero aproveché algo que ya estaba ahí. Aproveché la incapacidad de la gente de creer que alguien puede apasionarse por la música pakistaní, leer un tocho en inglés sobre algún tema de actualidad o lanzarse a viajar rumbo a lo desconocido con una mochila a cuestas. Veía que cuando la gente acude a consultarme alguna duda sobre materias de la más básica cultura general su explicación a que yo tenga la respuesta tiende a ser que se trataba de una materia bastante oscura y que sólo alguien con un conocimiento enciclopédico podía tener la respuesta. Disculpaban su ignorancia, su miedo y su mediocridad al compararse conmigo considerándome un pobre loco.
En el fondo nunca fue mal negocio. Me di cuenta que de quien neceistaba respeto era de mis semejantes. Con el resto conseguí algo: Espacio y tranquilidad. He podido hacer lo que me ha dado la gana muchas veces sin tener que dar explicaciones. “Él es así” decía la gente mientras se encogía de hombros. Muchos me tomaron por tonto y mostraron antes de tiempo su cartas conmigo. Por lo general me subestimaron. Y eso me permitía decir a la cara de muchos lo que pensaba en realidad de ellos entre risas generales. “Él es así” decía la gente.
Disimular y no ser yo mismo pasa factura. Pero me evita un mal mayor: Que se me escape el decirle a la cara a la gente lo que realmente pienso de ellos.
[...] Contaba el otro día la paradoja. Para evitar la hostilidad tuve que fingir que era un tonto o un loco. El truco estaba en aprovecha la incredulidad de la gente ante la idea de que se puede sentir pasión por los libros, ciertas músicas, por ver mundo… alejado de los gustos corrientes [...]