El hombre en el castillo 19 Mayo, 2008
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El sábado por la noche salí. Una de esas ocasiones en que lo haces más que por ganas, por quedar bien con alguien. Y justo cuando llegué al centro de la ciudad pensé “Joder, si sólo tenía ganas de estar en casa. ¿Quién me mandaría a venir?” Es la clase de cosas que me solía pasar por la cabeza a mitad de la noche o al final de ella. Lo que me movía entonces era la sensación de que quedarse en casa un sábado por la noche era un acto de renuncia. Pero esta vez por primera vez en mucho tiempo sentí que lo que había dejado atrás al salir por la puerta era muchísimo más interesante que cualquier cosa que pudiera ofrecrerme el mundo externo. Y me alegré por ello. No recordaba aquella sensación de plenitud con mi mundo interior.
La semana pasada, no recuerdo qué día, me sentía hastiado en el trabajo sufriendo los pesados intentos de llamar mi atención de alguien rencoroso conmigo. Entonces, en un impulso, busqué alguna interpretación del Carmina Burana en Youtube. Allí estaba Seiji Ozawa dirigiendo a la Filarmónica de Berlín:
Y sentí cómo todo aquel vacío e inanidad desaparecían a mi alrededor. Un extraño regocijo difícil de describir. La Belleza se abría paso ante la mezquindad y la mediocridad. Pocas cosas en el mundo lo igualan. Y dándole vueltas a todo aquello me paré a pensar si todo aquel éxtasis no era más que la alucinación de un pobre demente: Un caudal químico anegando mi cerebro. ¿Tan simple es la vida que la felicidad es tan solo una alucinación neuronal? Tal como están las cosas ahora eso poco me importa.
se abría paso…
se abría paso…