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El día de la marmota 28 Abril, 2008

Posted by No Blog in Soliloquios.
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Cuando llevaba un tiempo en esta ciudad sentí que las cosas no funcionaban. Sentía una inmensa soledad, no me llenaba nada de lo que hacía y no albergaba grandes esperanzas sobre el futuro.

Le encontré explicación a todo. Vivir en una gran ciudad te convierte en un ser anónimo que sufre la falsa impresión de que todo el mundo sabe a dónde va y se lo pasa mejor que tú. Allá en casa de mis padres tenía gratis cama y comida en una casa limpia, algo que tener hoy me cuesta dinero y tiempo. Salir por las zonas de bares de la pequeña ciudad de provincia donde vivía suponía encontrar en cada esquina a una cara conocida. Encajaba en una red invisible que me hacía sentir que pertenecía a un lugar. Aunque no me gustara. Aunque sintiera que no encajaba en él.

Vine a una gran ciudad a estudiar un posgrado que no colmó mis inquietudes intelectuales y mis expectativas laborales. No encajé con mis compañeros, que pronto se dispersaron. Unos por España y otros por medio mundo. Compartí piso con estudiantes europeos que venían a España a vivir intensamente unos meses lejos de casa. Los fines de semana que no estaban de fiesta hacían alguna escapada. Su existencia contrastaba enormemente con la mía.

Así que todo parecía proporcionar una explicación razonable. Era el entorno. Era la gente que me rodeaba. Y mientras, recibía ánimos de conocidos que decían que por mis talentos algún día llegaría lejos. Que yo fuera pesimista se trataba de un rasgo de mi carácter.

No sé cuándo hice uno de esos procesos de arqueología mental que te lleva a explorar qué pasaba realmente en tu cabeza en un momento pasado de tu vida, mucho más allá de ese relato que vas construyendo a lo largo del tiempo.

En aquel entonces ya estaba solo. Mis mejores amigos hacían su vida y les había empezado a perder la pista. No tardé mucho en desencantarme con la Universidad. Me aburría enormente en cualquier sarao. La gente se divertía con cosas que me resultaban aburridas o intrascedente: El alcohol, las drogas, la música comercial…Todo el mundo parecía tener una extraña capacidad para encajar y entablar amistad nada más llegar a un sitio mientras a mí me costaba encontrar a mis semejantes. El entusiasmo general por cosas que me aburrían me resultaba en aquel entonces tan misterioso como ahora. Me negaba a pasar por ciertos aros y pagué el precio. Ya fui comprendiendo en aquel entonces que no llegaban lejos los más capaces, sino los infatigables trabajadores grises, discretos y sumisos.

La vida parecía en aquel entonces, como ahora, un juego con unas reglas hechas por otros con las que nunca ganaría. De ahí que con 18, que 28 y con 30 sólo pensara en largarme lejos. Sólo que ahora dudo mucho que sirviera para algo.

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