¿Quién es el tonto? 28 Abril, 2008
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Tener vida social con gente normal es una fuente inagotable de anécdotas descacharrantes.
Una chica te cuenta que un fin de semana sin salir por la noche es para ella una tortura indescriptible. “¿Tú sabes lo que es quedarte un sábado por la noche en casa sin otra cosa que hacer que ver la tele?” Ante eso sólo se me ocurre añadir “¡Qué horror! ¡Podrías caer en la tentación de abrir un libro!”. Entonces otra cuenta el problema que supone elegir un regalo para el cumpleaños de su madre, una ávida lectora. “Es que yo no he leído un libro en mi puta vida”, explica.
Y hasta aquí lo de costumbre. Podría despachar el asunto con mi ironía habitual. El problema es estar no rodeado, sino completamente rodeado de gente normal para la que cualquier marco de referencia habitual para un tipo como yo resulta una cosa ajena y absurda. Y entonces te ves obligado a explicar qué interés tiene pasar tiempo en posición horizontal en tu cama con un pila de hojas de papel con letras impresas agrupadas en una cubierta de cartoné y a los que los humano llaman “libros”.
“¿Eres capaz de entretenerte con esas cosas llamadas libros?” pregunta una. “Pues a mí también me gusta pasar tiempo en posición horizontal, pero en un sofá y viendo la tele” viene a decir otra que cree haber descubierto cierto paralelismo en las aficiones de ambos. Sin embargo no lo termina de tener claro del todo. La oferta de programas en la tele la convierte para ella en un entretenimiento muy superior a esa cosa llamada “libros”. Y tú te ves obligado a explicar qué clase de place supone tragarse el equivalente en novela o ensayo de la guía telefónica.
No deja, sin embargo, de ser un ejercicio interesante. Porque cuando estás solo y tus escasas conversaciones las mantienes con gente con la que compartes puntos de vista das demasiadas cosas por hecho.
Trato de explicarle a alguien que los principios son el marco rector de mi vida. Me siento casi un idiota porque soy incapaz de hacerme entender. Y caigo entonces en la cuenta lo extraño que resulta para alguien que otro le cuente que tiene algo en su cabeza que le impide hacer muchas cosas. Esa es lo único que consigo explicar. Que hay algo en mi cabeza que me impide comer en un McDonald’s o lamer culos para prosperar. Y cuando pienso que me declaré voluntario para matar y morir por unos valores y principios la cuestión alcanza un nivel entre trágico y cómico. En momentos así la idea de que los principios son ficciones necesarias para darle sentido a lo que hacemos me resulta más evidente. Son pequeñas ilusiones a las que aferrarse. Y casi parece que ser una veleta es signo de cordura. Casi.
Trato de explicarle a alguien cuánto me desagrada el mundo tal cual es. Intenta convencerme de que una solución es dejarse llevar y abrazar con entusiasmo la compra de pequeños momentos de felicidad. Le cuento mi negativa a transigir frente a la mayoría y otras muchas cosas. Y entonces se le ilumina la cara. “¡Tú quieres cambiar el mundo!”., dice con la satisfacción de quien ha desenmascadado a un peligroso saboteador y el asombro de quien escucha a un pobre demente. Y asiento con la cabeza. “Sí, sin importar si triunfo o perezco en el intento”
El día de la marmota 28 Abril, 2008
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Cuando llevaba un tiempo en esta ciudad sentí que las cosas no funcionaban. Sentía una inmensa soledad, no me llenaba nada de lo que hacía y no albergaba grandes esperanzas sobre el futuro.
Le encontré explicación a todo. Vivir en una gran ciudad te convierte en un ser anónimo que sufre la falsa impresión de que todo el mundo sabe a dónde va y se lo pasa mejor que tú. Allá en casa de mis padres tenía gratis cama y comida en una casa limpia, algo que tener hoy me cuesta dinero y tiempo. Salir por las zonas de bares de la pequeña ciudad de provincia donde vivía suponía encontrar en cada esquina a una cara conocida. Encajaba en una red invisible que me hacía sentir que pertenecía a un lugar. Aunque no me gustara. Aunque sintiera que no encajaba en él.
Vine a una gran ciudad a estudiar un posgrado que no colmó mis inquietudes intelectuales y mis expectativas laborales. No encajé con mis compañeros, que pronto se dispersaron. Unos por España y otros por medio mundo. Compartí piso con estudiantes europeos que venían a España a vivir intensamente unos meses lejos de casa. Los fines de semana que no estaban de fiesta hacían alguna escapada. Su existencia contrastaba enormemente con la mía.
Así que todo parecía proporcionar una explicación razonable. Era el entorno. Era la gente que me rodeaba. Y mientras, recibía ánimos de conocidos que decían que por mis talentos algún día llegaría lejos. Que yo fuera pesimista se trataba de un rasgo de mi carácter.
No sé cuándo hice uno de esos procesos de arqueología mental que te lleva a explorar qué pasaba realmente en tu cabeza en un momento pasado de tu vida, mucho más allá de ese relato que vas construyendo a lo largo del tiempo.
En aquel entonces ya estaba solo. Mis mejores amigos hacían su vida y les había empezado a perder la pista. No tardé mucho en desencantarme con la Universidad. Me aburría enormente en cualquier sarao. La gente se divertía con cosas que me resultaban aburridas o intrascedente: El alcohol, las drogas, la música comercial…Todo el mundo parecía tener una extraña capacidad para encajar y entablar amistad nada más llegar a un sitio mientras a mí me costaba encontrar a mis semejantes. El entusiasmo general por cosas que me aburrían me resultaba en aquel entonces tan misterioso como ahora. Me negaba a pasar por ciertos aros y pagué el precio. Ya fui comprendiendo en aquel entonces que no llegaban lejos los más capaces, sino los infatigables trabajadores grises, discretos y sumisos.
La vida parecía en aquel entonces, como ahora, un juego con unas reglas hechas por otros con las que nunca ganaría. De ahí que con 18, que 28 y con 30 sólo pensara en largarme lejos. Sólo que ahora dudo mucho que sirviera para algo.