Los poderes de la abuela Vitoriana 1 Febrero, 2008
Posted by No Blog in Soliloquios.trackback
Mi madre tiene una capacidad innata para de un vistazo o un simple intercambio de palabras analizar a las personas. Llegó un momento en que le dije que tenía poderes de “bruja” porque siempre acertaba.
Pero llegó el día en que me di cuenta que yo hacía lo mismo con igual éxito. Y cuando me habló de una abuela suya que curaba mediante rezos decidí llamar a esa capacidad “los poderes de la abuela Vitoriana”.
Todo es una broma porque con el tiempo comprendí que no existía tal capacidad intuitiva sobrenatural. Era todo un proceso racional en el que uno juzga a las personas analizando el lenguaje no verbal. La ropa, la mirada, la actitud, etc… te dicen si estás ante alguien encantado de conocerse a sí mismo o ante alguien que va por la vida pidiendo perdón por existir.
Eso es algo que puedes ver en una oficina en alguien que viene a una entrevista de trabajo desde que entra por la puerta. Es algo que ves en la adolescente con las uñas pintadas de negro con cara de odiar su vida que te cruzas en el metro. Que notas en la mirada de desprecio de la chica de culo perfecto.
Y el siguiente paso, claro está, es preguntarte qué imagen proyectas ante los demás. Preguntarte qué dices de ti mismo sin darte cuenta.
A todos nos gusta quitarle importancia a los pequeños detalles. “No voy a cambiar de corte de pelo sólo para agradar a los demás”. Cuando son esa clase de elementos los que usamos para juzgar a los demás. Queremos ir por la vida con ropa cómoda y un look informal, y esperamos que nos aprecien por nuestro interior. Mientras en las personas del otro sexo escudriñamos hasta sus uñas y las juzgamos en consecuencia.
Yo me he pasado media vida recibiendo consejos para que cambie de corte de pelo, use gomina, me ponga lentillas y vaya al gimnasio. No quiero ni imaginarme disfrazado con esas pintas.
Creo que quien me da esos consejos sólo ha entendido la mitad de las cosas. El aspecto físico es crucial para llamar la atención al otro sexo. Pero decimos mucho de nosotros mismos antes de abrir la boca a través de cosas que no cambiarían por mucho que me disfrazara de persona a la moda.
Y aunque pudiera hacerlo si le pusiera empeño, y ello tuviera un efecto inmediato en los demás, sé que renunciaría a esforzarme en resultar más interesante y atractivo a ojos de los demás. Es una renuncia voluntaria desoladora porque no hay nada más triste que poner empeño en llegar a ser la persona que querías ser y descubrir el rechazo de los demás.
Así que no le deis más vueltas. Yo en el fondo elegí esta vida. Y por eso detesto el mundo. Porque cuanto más me acerqué a lo que quise ser y hacer, más desprecio recibí.
“..que le dige que…” esa ortografía…
que demoledor estas últimamente….
#1:Si sólo hubiera sido ese fallo…
Esta entrada fue escrita desde el móvil, con el que no hay manera de editar nada una vez has grabado una entrada.
#2:Pues es sólo el comienzo de una serie en el que voy a poner a caer de un burro a mí mismo
Pues la verdad es que tienes toda la razón…XD Si ayer no hubiera ido al coloquio de SOAS sobre el Bayon de Angkor, igual no pensaría lo mismo.
Yo juzgo a todo el mundo por la ropa, es la primera impresión, la ropa y la actitud (lenguaje no verbal, como bien has dicho). Ayer fui en plan profesional al coloquio, con pantalon de vestir, super tacones, chaqueta de moda, blabla…QUe incómoda estaba, por dios! Y entonces me di cuenta de que si, con 18 años, me moría por llevar tacones, ahora me mola mi look exploradora o la versión siniestra de mi look de exploradora. Odio llevar tacones que hacen que no pueda correr o incluso andar. De hecho, cuando llevo tacones sale mi alter ego, al que una amiga apodó “la Veri Modeli”. Supongo que cuando cumples años te va sobrando seguridad y aquella necesidad de “atraer la mirada”, y cedes ante una imagen que traduce más quien eres, y no lo que quieres ser.
Pero no solo eso, ayer casi me pego con un indigente. O_o Con lo maja que yo soy! Se puso delante de mi en la conferencia, fui a agacharme para atarme el zapato y empezó a bufarme…Supongo que porque estaba violando su espacio personal. Llevaba una chaqueta marrón de cuero, pantalón de vestir y bufanda, pero al ir a tomar el te (en todos los eventos te invitan a tomar el te!) me di cuenta de que llevaba zapatillas de deporte sin calcetines, y que las zapatillas habían visto demasiados abriles. Ese y otros detalles me hicieron pensar que era de ese tipo de gente que va a los sitios donde dan gratis un café con pastas, donde pueden estar calentitos durantes cuatro of cinco horas, aunque escuchen hablar de Angkor o de fisica cuántica. El caso es que, por “bien” que fuera vestido, hay ciertas cosas que traspasan la ropa.
Joder, como me enrollo…espero que no tengas establecido un limite para los comentarios…;)
Nemi, tus comentarios aquí siempre serán bienvenidos. Y está bien que alguien para variar no sea telegráfico.