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A hombros de gigantes 30 Diciembre, 2007

Posted by No Blog in Soliloquios.
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Quejarse de ser un empollón friki canijo en un mundo machista puede llegar a ser hipócrita. Con todo no creo que pueda compararse la carga que supone no estar a la altura del estándar machista siendo hombre con la de ser mujer.

En eso puedo decir que he tenido suerte. A los hombres nos han dado siempre muchísima más cancha. A mí nadie me impidió coger la mochila y cruzar media Europa solo. Me fui lejos de casa de mis padres quisieran ellos o no. Nadie ha bromeado sobre que se me vaya a “pasar el arroz”.

En el fondo ser “rarito”, un ratón de biblioteca taciturno, se acepta como una forma de ser cuando eres hombre. Al fin y al cabo generación tras generación ha habido siempre un grupo social de hombres “raritos” dedicados a lo suyo: Druidas, chamanes, monjes, eremitas, inventores, ingenieros o linuxeros. Siempre ha existido un grupo de hombres que han vivido apartados de los valores del momento empeñados en recorrer otros caminos que los trillados por el resto de la gente.

Cuando hubo mujeres que lo intentaron terminaron en la hoguera o marginadas. Sería largo discutir por qué ellas lo tienen más difícil pero he echado siempre en falta mujeres dispuestas a tirar puertas abajo y derribar muros. Y ahí está la diferencia. Allá a donde haya ido, por muy superficial y estúpida que fuera la gente, siempre he terminado encontrado más tarde o más temprano a un friki de algo con quien compartir charla o complicidades. ¿Dónde estaban sus equivalentes femeninos?

Casi un cuento de Navidad 29 Diciembre, 2007

Posted by No Blog in Galería de Personajes.
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Estamos en fechas navideñas y la televisión se llena de edulcorados telefilmes estadounidenses con finales felices. Así que hoy contaré algo diferente a lo habitual.

Como la mayoría de mis historias arranca en mis tiempos universitarios. Yo estudiaba para el último examen de junio del último curso de carrera. Ya tenía decidido que me iría de mi ciudad tan pronto acabara la licenciatura. Incluso tenía planes para irme fuera de España unas cuantas semanas en las vacaciones que comenzarían para mí a los pocos días.

Estaba en una cafetería universitaria con varias compañeras de mi facultad. No sé cómo surgió el tema pero les conté que como empollón friki que era no era la clase de persona que obtenía la atención del sexo opuesto. Obtuve los típicos comentarios bienintencionados que se suelen decir en tales circunstancias. Pero una de aquellas chicas empezó a insinuarme que estaba equivocado intentado contar algo más de lo que debía.

La conclusión era obvia. Yo le interesaba a alguien que ella conocía. Y hacer la deducción no resultó difícil. Aparte de aquel pequeño círculo, ¿con quién trataba yo habitualmente y que fuera una conocida común de los dos? Cuando llegué a una conclusión entré en shock. Esa persona sólo podría tratarse de alguien muy especial. Una, en mi opinión, de las chicas más guapas de mi facultad. La clase de persona que yo siempre había considerado inalcanzable. No parecía tener sentido.

Repasé mi trato con ella hasta aquel momento. Alguna que otra vez habíamos hablado en la cafetería o en la biblioteca. Ante ella había cumplido siempre el papel de empollón friki que hablaba hasta por los codos echando pestes de todo. Supuse que me tenía por un tipo estrafalario. Quizás porque nunca imaginé que se interesara por mí hablé con total libertad sin pretender impresionarla o darle una imagen positiva de mí.

Resultaba que aquella amiga suya al enterarse que yo le gustaba había decidido unirnos sin consultarnos. Juntos íbamos a ser algo así como la bella y la bestia. Una pareja peculiar y original que ella se encaprichó en ver junta. Tras irse de la lengua, no me acuerdo bien, terminó organizando un salida de ella con su novio y nosotros dos. Tengo un recuerdo borroso de aquella noche. Sólo sé que estuve totalmente a la defensiva preguntándome cómo coño había terminado yo dejándome enredar en una salida de “dobles parejas” para acabar en la clase de bares de música horrible a los que nunca me habría dejado arrastrar en otras circunstancias. Para colmo ella y su novio no pararon de hablar. De la chica a la que yo supuestamente le gustaba apenas oí unas pocas palabras.

Llegué a la conclusión, no había que ser muy listo, de que aquello no iba a ninguna parte. Recuerdo la perplejidad de un conocido, el novio de una compañera de clase: “No, si yo te entiendo que al no ver nada en esa chica y en un gesto que te honra has decidido pasar de ella. Pero tío, ¡está buenísima!”.

Cuando hablé con ella para decirle que no quería nada con ella se quejó con amargura que ella no había tenido ni voz ni voto en aquel asunto. Ella sabía que yo al final del verano me iría a vivir posiblemente para siempre lejos de nuestra ciudad. Que aquel mismo verano tenía planes de irme de vacaciones fuera de España. Y no tenía la más mínima intención de decirme nada. Ahora nada iba a ser igual. Y ni siquiera íbamos a poder ser amigos. “Cuando me cruce contigo por los pasillos de la facultad tendré que agachar la cabeza de la vergüenza”, dijo. Aquella frase me dolió y me dejó pensando.

A los pocos días hablé de nuevo con ella. Y le propuse que hiciéramos tabla rasa. Que pretendiéramos que nada había pasado. Quién sabe lo que podía finalmente pasar, dejé en el aire. Mi intención no era darle esperanzas. Sino que suponer un futuro abierto haría quizás las cosas más fáciles que un no rotundo. Llegamos a salir en grupo con gente de la facultad y hasta cenar unas pizzas en mi casa.

Estábamos en el cuarto de la tele y no sé muy bien cómo todos empezaron a encontrar una excusa para salir de allí. Primero unos para, porque como en mi casa nadie fuma, irse al patio. Otros por acompañarlos. Hasta que nos quedamos ella y yo solos. Por primera vez hablamos largo y tendido. No me acuerdo de qué. Ella, con un año menos que yo, resultó tener miedos, dudas e inquietudes bastante parecidas a las mías. La clase de cosas que nunca pude compartir con aquella otra chica por la que había sentido tantas cosas y nunca me hizo feliz.

No hizo falta hablarlo. Hubo un momento en el que le cogí la mano, sentados en un sofá uno al lado del otro. Y eso fue todo. Así comenzó. No creo que el resto de la gente supiera muy bien qué pasó realmente.

Días después era mi cumpleaños. Pasó a recogerme y terminamos lejos en las montañas. En un mirador nos recibió un atardecer perfecto de temperatura y una puesta de sol de película. Debe ser el único cumpleaños de mi vida que he pasado a gusto. Paseamos por mi ciudad y me hizo gracia un comentario suyo. Creía que yo no la deseaba porque no había intentado con ella. “¿¡Pero qué quieres!?”, protesté. “¿¡Que te meta mano en medio de la calle!?”. Supongo que aquello hablaba más de los tipos con los que había estado que de mí. Dimos una vuelta en coche por un centro comercial con cine a las afueras. Pero yo lo último en que pensaba era en encerrarme dos horas callado y quieto en una sala con ella a mi lado. Terminamos en mi casa, y tal como le dije, estar con ella la primera vez era como estarlo con alguien a quien conoces de hace mucho tiempo.

Ahora sé que en aquella relación no hubo fricciones porque de alguna manera los dos sabíamos que al final del verano acabaría. Así que decidimos evitar todas las grandes cuestiones que en otras circunstancias habrían sido fuente de conflicto. Simplemente disfrutamos el estar juntos. Descubrí con ella lo que es estar con alguien que realmente te quiere y quiere estar contigo. ¡Qué lejos de relación anterior! Todo lo que se supone normal y bueno en una relación lo viví con ella por primera vez. Si alguien me ha querido alguna vez fue ella. Jugó limpio conmigo. No esperaba nada de mí. No necesitaba nada de mí. No necesitaba que yo la rescatara o la salvara de algo o alguien. Y cuando llegó el momento en todo debía acabar para que mi vida empezara de nuevo lejos no se opuso.

Con todo y aún pasando el tiempo yo era el primero al que resultaba sorprendente que una chica así hubiera terminado conmigo. Iba por la calle con ella y me daba una cierta vergüenza cogerla por la cintura o cogerle la mano. Pensaba que a ojos de los demás que una chica como ella estuviera conmigo debía resultar inverosímil. Ni yo mismo terminaba de creerlo. “Eres como el gato que pasa dos veces cuando Matrix falla” bromeaba. “La señal que algo falla”. Y como ella se llamaba Beatriz la llamé Beatrix. Nunca me acostumbré. Recuerdo que más de una vez me sucedió estando juntos y tumbados en la cama escuchando música o charlando, tras apartarme para cambiar el CD en el equipo de música o algo parecido, al girarme y encontrarme que ella se había quitado la blusa yo daba un salto al ver su cuerpo. Nunca dejó de maravillarme. Empecé a temerme, incluso, que alguna desgracia se cernía sobre mí. El orden cósmico debía volver a su cauce. Algún día un dedo gigante atravesaría el cielo y me aplastaría como un insecto. No pasó nada. Simplemente el verano terminó.

Pasé con ella mi última noche en mi ciudad. No hablamos. Sólo hubo besos y abrazos largos e intensos. Y cuando ya faltaba poco para que cada uno se marchara en una dirección diferente le dije “Y ahora volveré al frío, el silencio y la oscuridad”. Ahí sigo.

Imperativo masculino 16 Diciembre, 2007

Posted by No Blog in Soliloquios.
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Si le pides a una mujer que defina el machismo hablará sobre discriminacion y sometimiento de la mujer al hombre. Muy pocas hablaran de roles sociales. Y casi ninguna mencionará que en una cultura machista se construye un estereotipo de hombre en que algunos nos sentimos incómodos.

Siempre he sabido que no daba la talla de lo que se esperaba de mí como miembro del sexo masculino. Nunca he sido una persona físicamente vigorosa. He sido más bien flacucho y enfermizo. Perdí pronto el interés por el fútbol como fenómeno de masas y nunca destaqué en la práctica de deporte alguno. Jamás me he emborrachado ni he solucionado nada a golpes. Siempre he encontrado muchísimo más interesante las bibliotecas que los gimnasios. Y nunca me he acercado a una desconocida con otra intención que preguntar la hora o por una calle. De hecho nunca he ligado. Siempre han sido las mujeres las que se han acercado a mí.

Tuve que aprender a soportar las burlas por no estar a la altura de las circunstancias. Pero si algo me ha molestado siempre han sido los reproches de las mujeres. Definitivamente para mí lo más triste es una mujer machista.

Saigon… shit 1 Diciembre, 2007

Posted by No Blog in Soliloquios.
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Saigon… shit; I’m still only in Saigon… Every time I think I’m gonna wake up back in the jungle. When I was home after my first tour, it was worse. I’d wake up and there’d be nothing. I hardly said a word to my wife, until I said “yes” to a divorce. When I was here, I wanted to be there; when I was there, all I could think of was getting back into the jungle. I’m here a week now… waiting for a mission… getting softer; every minute I stay in this room, I get weaker, and every minute Charlie squats in the bush, he gets stronger. Each time I looked around, the walls moved in a little tighter.

Así empieza Apocalypse Now. A veces siento que me despierto en esta ciudad con la misma sensación. Hace poco me puse enfermo durante un fin de semana. Mi madre me recomendó un medicamento para que lo comprara en la farmacia. Pero estaba tan mal que no podía salir del piso. No era algo serio. Pero caí entonces en la cuenta que no tenía absoultamente a nadie a quien llamar para que me hiciera un favor en caso de que sí lo fuera. Peor fue el fin de semana pasado. Llegué a casa un sábado a las diez de la noche y me encontré sin llaves. El piso estaba vacío y con el cambio de móvil que había hecho resulta que no tenía en la agenda el teléfono de la gente con la que vivo. Me vi solo y tirado en la calle una noche fría. ¿A quién llamar? Me fui caminando hasta el centro para hacer tiempo y cuando volví a mi calle tuve la suerte de que en menos de media hora apareció alguien. Madrugaba al día siguiente, a pesar de ser domingo, y por eso había vuelto a casa a eso de las doce y media. No sé qué hubiera pasado si como otras noches no hubiera aparecido nadie hasta las cuatro o cinco de la madrugada. No tengo a nadie aquí. Echo en falta los lazos sociales y la familiaridad del paisaje de mi ciudad. Pero cuando estoy allí sólo pienso en volver aquí. Saigon… shit.