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Todo lo que ella necesitaba 20 Noviembre, 2007

Posted by No Blog in Galería de Personajes.
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Cuando empecé este blog tenía en mente hablar de las mujeres que han pasado por mi vida. No quiero decir las mujeres que fueron mi pareja o a quienes yo deseé sin ser respondido. Tenía en mente a un grupo amplio de mujeres que al mirar atrás y pensar en ellas no podía dejar de sacar una moraleja de mi relación con ellas. Pretendía, una vez separados y asumidos mis errores, dejar a la luz la mezquindad, el eogísmo o la cobardía de todas ellas.

Hay alguien que estaba en ese lista desde el primer día. Pero es un caso en el que soy incapaz de extraer lección alguna. Diría incluso que de ser capaz de recopilar las enseñanzas de mi relación con ella me encontraría con lecciones que no termino de creer o asimilar.

El caso es que a ella la conocí, cómo no, mientras estudiaba la carrera. Los dos éramos de izquierda y estábamos asqueados con los niños de papá pretendidamente radicales que protagonizaban la vida política estudiantil. Ella tenía una opinión muy crítica del funcionamiento de la universidad y de la educación formal. Y supongo que criticando a todo y todos en una conversación con un conocido común nos conocimos.

Recuerdo que una de las primeras veces que intercambié unas palabras con ella fue cuando la vi delante de un ordenador haciendo búsquedas en Google. Pinchaba sobre cada enlace y retrocedía luego hasta la página de resultados. A veces iba saltando de híperenlace en híperenlace que perdía la pista de dónde había empezado. Le descubrí que era todo más sencillo si mantenía en una ventana la página con los resultados del buscador y abría cada nueva página con la opción “Abrir en una ventana nueva”. Me agradeció tan efusivamente el consejo que pensé que ironizaba con que creyera que le descubría algo nuevo. Pero no. Realmente no tenía mucha soltura con los ordenadores. Simplemente era así de entusiasta y espontánea.

También era terriblemente vehemente y radical. Pero había en ella un ahinco por ser más radical que nadie que entrañaba para mí una paradoja. Ella estaba permanentemente pendiente de las últimas tendencias en radicalismo antisistema. Y en perpetua vigilancia ante la posibilidad de que las tendencias, ideas, valores, actitudes y estéticas que ella defendía hubieran pasado al main stream. Era una tarea agotadora e interminable teniendo en cuenta la velocidad con la que la industria de la estética fagocita tendencias. De vez en cuando me contaba que había leído con indignación en Internet que asuntos como el vegetarianismo estricto o los pelos de determinado color eran la última moda entre los pijos pretendidamnente alternativos en California. Le apunté la ironía de que alguien que decía despreciar tanto la moda estuviera tan atenta a ella.

A los pocos meses de conocernos yo empecé una historia con la compañera de clase que marcó el resto de mi vida universitaria. Y creo le perdí un tanto la pista. Quién sabe qué hubiera pasado por mi cabeza si hubiera tardado más en conocerla. Al fin y al cabo era la única persona de mi universidad con quien hablar del Asian Undergrand o del situacionismo.

No sé si fue más adelante en aquel mismo curso o al siguiente cuando la fui conociendo con mayor profundidad. Ella se definía como anarco-feminista, vegetariana y defensora de los derechos de los animales. Usaba expresiones como “heteropatriarcado” para referirse al machismo y “seres sintientes” para hablar de los animales. Y aunque cuando nos conocimos parecíamos que compartíamos puntos de vista se fue haciendo más evidente nuestras diferencias.

Un día le compré un fanzine anarco-feminista en el que le habían publicado un pequeño artículo. Encontré un artículo donde relacionaban el auge de la extrema derecha en Holanda con la proliferación de sex-shops sado-masoquistas en el país. La autora sostenía, una tesis fundamental de ciertos feminismos, que lo acontecía en el terreno sexual era una proyección de las posiciones éticas, morales y políticas de una persona. Evidentemente si un hombre cree que en la cama una mujer tiene la oblogación de satisfacerle a él en todo momento y circunstancia porque considera que el vínculo matrimonial le otorga ciertos derechos sobre ella, nos encontramos ante un machista de tomo y lomo. Pero el artículo sostenía algo más sutil y concreto. Las prácticas sexuales que implicaban la dominación del hombre sobre la mujer eran la traslación en lo personal de una ideología política de ultraderecha.

Yo había leído sobre el tema por cuestiones que son difíciles de ocultar. En alguna parte descubrí que las fantasías de dominación y sumisión realizan un papel de compensación. Los hombres que ocupan posiciones de poder en la vida pública encuentran en la humillación y el dolor una experience novedosa que les resulta fascinante. Los hombres que se sienten indefensos, vulnerables o despreciados por las mujeres albergan fantasías de poder. No hay que darle muchas vueltas para adivinar qué lugar de la pirámide alimenticia social ocupaba yo.

Así que siendo de izquierdas que alguien teorizara con que yo fuera un criptofascista me pareció una monumental chorrada. Discutí con ella aquel artículo y la cosa derivó en bronca con los dos hablando tan alto que nos echaron de la oficina de la delegación de alumnos donde estábamos. Salimos al pasillo y allí seguimos hasta que se cruzó con nosotros un chileno que estudiaba mi carrera a su propio y personal ritmo.
-¡Pero qué tensión sexual hay en el ambiente!-Ella se puso hecha aún más una furia. Yo lo encontré gracioso pero simplemente lo tomé como una provocación. Ella ejercía de lesbiana militante. Le había oído decir que los hombres éramos el enemigo. Que todo coito era una violación al tratarse de un acto de violencia contra el cuerpo de una mujer. Y contaba como una gran hallazgo que había escuchado en un película japonesa en blanco y negro a una abuela decirle a su nieta: “No permitas que un hombre te mancille si no es por dinero”.

Sus ideas me parecían tan descabelladas que lo comentaba a menudo. Y la respuesta unánime de todos era:
-¡Esa tía lo que necesito es un buen polvo!-
Yo que la escuchaba hablar de lo diferente y especiales que eran las mujeres y lo poco que un hombre podría entender y entrar en su rico, profundo y maravilloso mundo personal femenino la tomaba en serio. No porque creyera que tuviera razón. Simplemente estaba seguro que ella creía lo que decía. Recuerdo que la defendía y me enfadaba con al gente que bromeaba reduciendo su pasión a una simple pulsión sexual frustada.

Una noche yendo con un grupo de compañeros de clase coincidí con ella en un bar. Ella estaba con un grupo de amigas, y terminamos apartados de todos discutiendo como siempre. El bar cerró y nuestros amigos salieron a la calle mientras los camareros recogián mesas y sillas. Nosotros seguimos discutiendo dentro mientras nos poníamos los abrigos. Hicimos esperar a los demás y en la calle seguimos un rato más. Cuando por fin nos despedimos y cada grupo se marchó en un sentido mis colegas empezaron a reir a carcajadas.
-¿Por qué no te fuiste con ella? ¡Esta noche habrías follado seguro!--Dijo uno.
-¿Pero tú la viste? No hacía otra cosa que tocarse el pelo y rozarse contigo. ¡Por Dios! ¡Por Dios! ¡Esa tía estaba ligando contigo!- Apuntó una compañera que desde que había leído un libro sobre el lenguaje no verbal no paraba de analizarlo todo.-
Me pasé el camino hasta donde habíamos aparcado los coches explicándoles por qué se equivocaban. Aunque al final lo que pasó fue que me di cuenta que a quien le costaba comprender algo era a ella, que no entendía el alcance de las cosas que decía.

Cosa de pasarme el día enfrentado a radicales de ultraizquierda, nacionalistas de la Patria chica y luego a ella me tomé en serio el ir más allá de lo que enseñaban los profesores. Comprendiendo que toda ideología política se asienta en una teoría social y que todas las teorías sociales se respaldan en una teoría filosófica, fui identificando los endebles cimientos teóricos del discurso político de cada cual. El de ella incluído. Fue fácil darse cuenta que ella se había limitado a leer y asumir como propio el discurso de una serie de feministas anglosajonas sin leer más allá de aquellos libros con los que ella se sentía reconfortada. Era una personal y peculiar variante del frikismo. En vez de refugiarse en un mundo de dragones, magos y saltos al híperespacio ella se había refugiado en el feminismo posmoderno sin entender los endebles andamios intelectuales de las teorías que defendía.

Yo me fui de mi ciudad. Ella lo hizo un año después que yo, rumbo al extranjero. Las primeras noticias que tuve de su nueva vida lejos de España es que se había echado novio.

Voto de silencio 19 Noviembre, 2007

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Alguien me dijo que la media desde que terminas la carrera hasta que tiras la toalla es de dos años. Debe ser que como no me enteré de esa estadística sigo aquí.

Llegue a esta ciudad hace cuatro años. Hace tres terminé de estudiar y he tenido ya cuatro trabajos. Este es el que más me ha durado. La verdad es que si he cumplido un año en esta empresa es porque no he encontrado nada más. La cuestión no es que no haya tenido éxito buscando. En realidad no me he dedicado a buscar nada. Sé que las posibilidades son de pasar de trabajo mileurista a otro trabajo mileurista. Lo único que cambia es lo gilipollas que sea el jefe o lo simpáticos que sean tus compañeros.

He estado pendiente de promesas de trabajos y de proyectos que no han terminado de salir. Decidí buscar el trabajo administrativo que tengo ahora porque me harté de trabajos con nombre rimbombante pero en el que cobraba mal y tarde. Creo que mis padres ya están aburridos de oirme contar que la próxima semana quedaré con Alguien Importante que me ha hablado de un proyecto en el que yo podría encajar. O que Alguien Con Contactos ha dejado caer mi nombre en determinado sitio.

Así que a partir de ahora prometo no volver a soltar palabra sobre nada en lo que esté envuelto hasta que el dinero (cling, cling, cling) entre en mi cuenta o firme un contrato. Será interesante saber si en esas circunstancias me quedarán ganas de escribir un blog como este.

Simón dice 5 Noviembre, 2007

Posted by No Blog in Fobias.
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Soy muy quisquilloso con la apariencia de las mujeres. Hay determinadas prendas que considero tan horteras y de mal gusto que me producen un rechazo visceral la mujer que las lleva. En mi cabeza he llegado a racionalizarlo todo y considerar que los pequeños detalles reflejan rasgos del carácter. El asunto es que mi opinión sobre alguien puede venirse abajo por cuestiones que otros considerarían insignificantes.

Hace años, a la vuelta de las vacaciones del verano, una compañera de facultad me mostró unos zapatos que había comprado hacía poco en Londres. Tenían un tacón bajo y fino y acababan en punta. Me recordaron al instante la estética de Loco Mía. Pensé que algo tan feo lo había comprado en algún mercadillo de horrores de segunda mano. Error. Eran la nueva moda que permanecería entre nosotros hasta este invierno.

Mi primera reacción al ver que esa estúpida moda del calzado de mujer acabado en punta había pasado de moda era de alivio. Me había pasado estos años sintiéndome una y otra vez decepcionado al conocer a mujeres que parecían interesantes sólo hasta que miraba a sus pies. Me parecía imposible que mujeres con carácter o personalidad siguieran obedientes las modas como ovejas bobaliconas.

Sin embargo a mi sensación de alivio le siguió la perplejidad. Tras los primeros fríos del otoño las calles se poblaron de mujeres con botas. Y casi todas eran de puntera redondeada. ¿A dónde habían ido a parar las horribles botas acabadas en punta? ¿De dónde habían salido las nuevas? No había habido transición. Parecía que informadas del cambio de moda casi todas las mujeres habían corrido a la zapatería más a mano para anticiparse a la llegada del otoño. Y en mi cabeza imaginé el ruido de miles de máquinas registradoras. Cling, cling, cling…

Entonces me pareció todo demencialmente genial. El que alguien haya creado una fuerza tan poderosa que haga sentirse ridículas a millones de mujeres por salir a la calle con algo que no esté a la moda aunque esté nuevo o sea de calidad. Posiblemente buena parte de ese calzado condenado a ser guardado en un trastero estuviera en buen estado y podría haber sido usado varios otoños e inviernos más. Pero no. Alguien ha convertido a la ropa y el calzado de mujer en producto desechables. Y yo que soy hombre, me río con todo esto porque mi ropa y mi calzado es atemporal pensando en alguien que decía no sé qué de que el siglo XXI sería el de las mujeres.

Todo por la pasta 2 Noviembre, 2007

Posted by No Blog in Galería de Personajes.
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Cuando estudiaba en la universidad todo el mundo me auguraba un próspero futuro en el mundo académico. Yo por aquel entonces era un becario precario a las órdenes de alguien que pronto sería catedrático y me llevaba especialmente bien con cierto profesor que me encaminó hacia mi especialidad. Descubrí en él un ejemplo de lo que quería ser. Vi con alivio que los empollones frikis podíamos ganarnos los garbanzos haciendo en la universidad lo que nos gusta.

Yo mantenía largas charlas en su despacho que consistía principalmente en escucharle a él. El diálogo era una ciencia arcana que no dominaba. Poco a poco fui conociéndolo. Teníamos mucho en común. Era como yo, un ratón de biblioteca con muy baja opinión de aquellos profesores que vivían de rentas pasadas. También él había llegado como yo tarde a la universidad, que es algo que marca. La diferencia de edad te convierte en un bicho raro porque te aburren tanto la vida social como la política universitaria, que terminas descubriendo no son más que dos caras de la misma moneda. Es lo que tiene empezar con veintitantos una carrera universitaria. Tienes muy claro lo que estás haciendo, tienes prisa por licenciarte y lo que hacen tus compañeros, de quienes te distancian más de media década de edad, te resulta ajeno.

Con el paso del tiempo fui hilvanando el hilo oculto de su discurso. Él había estudiado lejos de la ciudad donde nació, cercana a la mía. Había conseguido una plaza de profesor en la gran ciudad pero con la victoria del Partido Popular en 1996 los vientos políticos cambiaron. Sus padrinos en la universidad eran del PSOE y por lo visto llegó el momento de recoger velas. No sé si se trató de que se vio en paro tras cumplirse el contrato o bien fue que renunció a su puesto. La cuestión es que salió una plaza en mi universidad, optó a ella y la ganó.

Dejó la gran ciudad para ir a trabajar a una universidad de provincias. Y parecía no estar muy seguro del paso dado. Fui descubriendo que cuando hablaba parecía tratar de convencerse a sí mismo de lo acertado de la decisión. Puede que incluso cuando trataba de convencerme que yo podía tener un futuro formando equipo de investigación con él lo dijera con más intención de animarse a sí mismo que a mí.

Nuestro campo de especialización no da dinero. No hay posibilidad de inventar una bombilla de bajo consumo que te haga rico o elaborar complicadas ecuaciones que te hagan ganar mucho dinero en la bolsa. Sólo queda la satisfacción de ver tu nombre publicado en revistas académicas o salir de vez en cuando en los medios de comunicación. Así que me llamaba la atención sus cabreos cuando veía a cualquiera con unos mínimos credenciales académicos ser entrevistado en los medios o participar en mesas redondas para hablar de su especialidad. Tenía razón en enfadarse pero en el fondo me parecía divertido. El mundo funciona así: Inmigración, calentamiento global o el futuro de Internet. Las opiniones sobre estos temas son como los culos. Todo el mundo tiene una y apesta. Él era una persona relativamente modesta, pero no podía ocultar su orgullo cada vez que contaban con él como experto en la materia.

Un día entró en mi despacho hecho una furia. No entendía de qué me hablaba. Me amenazó con acciones judiciales, una demanda, abogados… Yo tenía una página web personal, eran los tiempos del Internet 1.0, donde había colgado apuntes de varias asignaturas. Los cogía a mano en clase y me era imposible estudiar por ellos. Los tenía que pasar a limpio. Y de tanto que me los pedían los colgué en mi página web.

Alguien se lo contó. Y él mismo vio el archivo de MS Word donde figuraba mi nombre. Según él, eso era apropiarme de sus ideas. Irónicamente yo lo había hecho tras las quejas de un catedrático en mi primer año de universidad sobre la proliferación de apuntes de clase donde figuraban su nombre. Según él, las notas tomadas por los alumnos en su clase eran la particular interpretación del que escribía y no quería verse asociado a esas, según él, torpes y erróneas trascripciones de sus ideas. Yo por evitar ese problema me encontré con el opuesto.

Tiempo después un abogado me contó que colgar en Internet mis apuntes de lo dictado por un profesor en clase no constituía delito alguno. Pero es lo de menos. Me pareció todo absurdo, mientras él hablaba de mi “puñalada trapera”, Lo recuerdo exaltado diciendo que sus clases eran el producto de un largo trabajo y que sus ideas eran únicas y originales. Que ahora cualquiera en Internet las podía copiar. Y que afectaba a sus planes de algún día publicarlas en un libro. Mi universidad tenía, no sé si lo sigue teniendo, la extraña norma de premiar económicamente a los profesores que escriben manuales de las asignaturas que imparten. Obligan a los alumnos a comprarse su libro y encima la universidad les paga un complemento salarial. Y en su caso todo podía venirse abajo. Desconecté mentalmente mientras hablaba y hablaba. “Así que todo giraba en torno a esto”, pensé. “El dinero”.

No volví a pasar por su despacho ni hablar con él. Me reprochó que no lo hubiera hecho al final de mi último curso en la universidad. También que no le hubiera consultado mi decisión de irme lejos. No sé si para él era todo agua pasada. Para mí no.

Me fui de mi ciudad y en cuatro años lo he visto a él sólo un par de veces. Una vez pasé por su despacho. Con gesto burlón hizo un comentario de pretendida alegría y sorpresa por mi visita. Me preguntó si tenía trabajo de “lo mío”. Le dije que no. Reaccionó con satisfacción. Tenía que haberle consultado sobre mi futuro, dijo. Tenía que haberme especializado en la Universidad del País Vasco. Yo barajé esa opción en su momento, pero la descarté por evidente cuestiones éticas. No pensaba darle un duro a una facultad que regala sobresalientes y matrículas de honor a presos de ETA. Me contó con orgullo que había sido invitado a un importante acto en Madrid donde hablarían grandes personalidades del tema de su especialidad. Aquella noche revisé mi correo electrónico y encontré una invitación para un acto en Madrid. El mismo al que mi antiguo profesor presumía de haber sido invitado. Era la clase de acto al que se entra llamando previamente y confirmando la asistencia.

A veces pienso que me he estancado en la vida. Pero miro atrás y veo las bifurcaciones que no cogí y me hubieran llevado a un sitio aún peor del que estoy hoy en día.