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La vida es un viaje de fin de curso 29 Julio, 2007

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La semana pasado tuvo lugar una fiesta de reencuentro de los que fueron mis compañeros de clase en el colegio. La convocatoria me pilló lejos de España pero por el correo electrónico me mantuve al tanto del entusiasmo de quienes en algunos casos se veían por primera vez en 20 años. Miré billetes a última hora pero fue imposible desplazarme.

Mis padres, con grandes sacrificios, me mandaron a un colegio pijo y caro para que tuviera la mejor educación posible. La cosa dio sus frutos porque hubo asignaturas en mi paso por el instituto que aprobé sin esfuerzo. El examen de lengua española de Selectividad no hubiera aguantado la comparación con uno de mis últimos años de E.G.B. Pero pagué un precio que mis padres nunca sospecharon. Yo era un niño tímido y estudioso de clase obrera que buscaba la aprobación de los adultos en un colegio de pijos impacientes por demostrar lo rebeldes que eran. Viví el final de mi infancia como una pesadilla, convertido en un paria humillado y machacado por la turba.

Tardé años en superar aquello y en dejar de darle vueltas Un día me reencontré con mis compañeros de clase en una cena. Y escuché asombrado como alguno decía que no recordaba casi nada de su paso por el colegio mientras yo había tardado años en superar el rencor y la rabia. Alguno incluso hizo memoria y afirmó entre risas que mirando atrás se soprendía de las tonterías que había hecho. Éramos personas diferentes, aunque todos se empeñaran en quedarse en la superficie y decir que yo era parecía el de siempre. En un segundo encuentro donde me sentí un tanto fuera de lugar, paradójicamente quien más habló conmigo fue la persona que más había detestado en el colegio.

Según se fue acercando el encuentro del pasado fin de semana alguien recopiló la lista de los asistentes confirmados y noté que mientras otras ausencias fueron notadas y lamentadas la mía pasó desapercibida. Luego leyendo la crónica de la fiesta descubrí que veinte años después habían reproducido los mismos patrones de conducta: Los guayses encantados de conocerse a sí mismos y tonteando los unos con los otros. Me fueron llegando fotos de la fiesta e incluso una recopilación de fotos de los tiempos del colegio con música de fondo. Alguien se removió por dentro. Me cuesta enunciar la frase “hace veinte años” sin sentir el vértigo del paso del tiempo y recordar que la vida es pasajera y finita.

Entre aquellas fotos del colegio se puede comprender la clave de mi infancia. Sé que soy yo pero puedo verme a mí mismo con la extrañeza suficiente para mirar aquel niño y comprender por su apariencia infantil y sus rebecas de jubilado qué impresión causaba a su alrededor. Y por la ropa y la forma de mirar la cámara no es difícil comprender que el resto tenía prisa por crecer y había entrado en la adolescencia años antes de que yo lo hiciera.

Y entre las fotos del viaje de fin de curso había una que lo explicaba todo. Ajeno a todo, en una esquina, yo atendía algo sobre mis rodillas. Seguramente un libro o una revista. En una postura exactamente igual en la que me fotografió una italiana, de la que tendré que hablar algún día, en mi primer viaje a Holanda para asistir al último campamento de verano juvenil al que asistí. Catorce años de diferencia y la misma sensación de no encajar, la misma necesidad de mantenerme al margen y el mismo ensimismamiento en mis lecturas.

Aquellas dos fotos lo resumen todo: Ajeno a las complicidades que se generan entre la mayoría, ajeno a las maneras gamberras de divertirse del resto y sin dejar de sentir una extraña desazón por aburrirme mientras todo el mundo se lo pasa bien. ¿Dónde están los míos? ¿Dónde está mi sitio? A veces pienso que nunca he abandonado aquel maldito colegio.

Y ella usó mi cabeza como un revólver 18 Julio, 2007

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Al segundo mes de la carrera me di cuenta que no encajaba en ninguno de los grupos que se iban formando por afinidad. Yo le sacaba seis años a la mayoría de mi compañeros. Ellos acababan de salir del instituto. Yo venía de la calle, de trabajar en precario como técnico informático. Ellos tenían todo el tiempo del mundo por delante. Yo las prisas del que quiere acabar la carrera porque sentía que vivía una prórroga en casa de mis padres.

En aquel entonces caí en la cuenta que estaba prestando demasiado atención a cierta compañera. Mi raciocinio me decía que era una forma de buscar apego a alguien en un entorno en el que me sentía perdido. Me deslizaba por una pendiente y era el momento de cortar por lo sano. Pero, ¿por qué hacerlo? Llevaba años como el típico empollón friki que llevaba su enamoramiento por alguna chica en silencio, resignado a ver que era siempre otro quien recibía atención.

Miro para atrás y me cuesta entender por qué me fijé en ella. Algo me dice que tiendo a encapricharme en la clase equivocada de chica. Puede ser porque yo mismo reconozco que en el largo plazo nunca me veo al lado de ellas. Puede ser porque yo sea rematadamente idiota. Me acuerdo de escucharla hablar en la cafetería de la facultad con gran vehemencia siguiendo el mismo guión de rebelde guay que la supuesta hija de Curry Valenzuela. Por eso me hace tanta gracia el blog de Beta. Me parece una simpática colección de topicazos que ya he escuchado varias veces: Drogas, bisexualidad, promiscuidad sexual, tríos, confrontación con los padres, anticlericalismo, provocación, una necesidad imperiosa de llamar la atención, etc. Alguien que no la tenía en gran estima describió un día su actitud como histriónica. Yo en mi ingenuidad la tomé en serio.

Años después al irme a vivir en una gran ciudad creí verla en todas partes. Creí por momentos que a pesar de todo seguía sintiendo algo por ella. Hasta que un día caí en la cuenta que si la veía en cada esquina era simplemente porque su estética no era otra cosa que el uniforme oficial de las alternativo-guays cosmopolitas y urbanas. Ella no era más que un clon entre millones que tomé por alguien original en el ambiente provinciano y sin horizontes donde nos habíamos criado.

Tendría tiempo de descubrir que todo aquello era pura fachada. Pero cuando lo hice mi interés por ella no aminoró. Quizás sucedió lo contrario precisamente por descubrir su vulnerabilidad y su fragilidad. Cada vez que hablábamos descubría en nosotros una cierta afinidad. Pero nunca ella dio el paso de plantea quedar un día fuera de clase. En aquel momento su vida personal pasaba una etapa tumultuosa por culpa de un ex-novio. Según ella, él insistía en volver y le hacía toda clase de reproches porque él sentía que había quedado abandonado y tirado en el arroyo después de haberle ayudado a ella a pasar los años difíciles de la adolescencia. Tiempo más tarde sabría que las cosas no eran exactamente así. Pero di por buena su versión. Lo que ella me contaba me parecía un vulgar caso de chantaje emocional. Pero nunca estaba dispuesta a discutir el asunto conmigo. “Tú no entiendes lo mío con él” sentenciaba siempre.

El asuntó se complicó cuando al reparto de la obra se añadió un compañero de clase igualmente interesado en ella. Se terminó convirtiendo en mi mejor amigo en la universidad de tanto tiempo que pasábamos los tres juntos. Le vi con más posibilidades que yo de llegar a algo con ella, así que en el segundo cuatrimestre intenté discretamente retirarme de escena. Tres son multitud. Cuatro era el camarote de los Hermanos Marx.

Pasó el verano y el comienzo del segundo curso supuso que todo volviera a empezar. Sentía que mi clase se había fraccionado en grupos muy compactos y homogéneos. Y yo no tenía cabida en ellos. Creo que me lo había ganado en parte descuidando el trato con el resto de la clase. Terminé formando un trío de parias sociales con ellos dos.

Un día ella acudió a mí. Se sentía agobiada ante la insistencia de mi amigo por quedar y hacer cosas juntos. La verdad es que ella era muy dada a hacerte sentir algo más que un amigo. Tiempo más tarde tendría oportunidad de reprocharle su ligereza de palabra, y descubrir su sorpresa ante afirmaciones salidas de su boca que yo recordaba perfectamente y ella había olvidado. Pero yo me había resignado a que mi frágil amistad con ella nunca terminara de cuajar, mientras él parecía desesperarse porque ella no cumplía su palabra.

Poco a poco, a partir de aquel acercamiento, surgió una mayor confianza entre los dos. Hasta que yo, ya incapaz de reprimir lo que sentía, no tuve más remedio que exponérselo. Me dijo que no quería más que amistad conmigo. Y al contrario que esas chicas que sueltan el manoseado discurso “te quiero, pero como amigo” ella se mostró preocupada por mí y cómo me sentía después del rechazo. Terminó por replanteárselo y comenzamos una relación. Ella supo en aquel momento que era una relación condenada al fracaso, pero aún así siguió adelante.

La atracción de mi amigo por ella continuó como si tal cosa. Se comportaba en todo momento como si yo no existiera. Ante una situación así no supe cómo actuar. Por encima de todo era un amigo y me resultaban evidentes sus sentimientos, aunque no tenía claro a qué aspiraba exactamente. ¿Que la compartiera con él? No quería herirle por lo que delante de él nunca nos comportamos como pareja. Quizás eso lo empeoró. Porque contribuímos a fortalecer su fantasía de que nuestra relación era frágil, pasajera o inexistente. Un día nos vio despedirnos en la parada del autobús con un beso inocente en la mejilla y me preguntó si nos habíamos besado en la boca. Mi negativa pareció aliviarle. “Ah… Entonces no habías llegado a esa fase” vino a decir. Hacía tiempo que ella y yo empañábamos los cristales de su coche en lugares discretos y él se creyó que ni siquiera nos besábamos.

Justo cuando la relación pareció consolidarse comprendí la situación. Ella no vivía el agobio de un ex-novio, sino el de una ruptura conflictiva que quería arreglar. Y un día lo vi claro. “Ocupo el lugar de otro” me dije. Era una situación turbia y conflictiva que tenía que haber cortado cuanto antes. Pero me quise aferrar a aquella relación pensando que había llegado el momento de mostrar un poco de amor propio y luchar por alguien. Con más motivos sabiendo que dejarla significaba dejarle la puerta abierta a otro. Esperaba que ella actuara de forma lógica y racional. Que evaluara lo que le aportaba cada cual. Y lo que hizo fue romper conmigo para volver a intentarlo con el otro.

Su intento de reconciliación con el ex-novio duró poco. Una noche me llamó llorando tras una bronca que había terminado con él lanzándose de su coche en marcha. All poco tiempo, justo el primer día del tercer año de carrera, la vi entrar en mi facultad con aquel ex-novio. Al rato se sumó amigo que parecía no importarle jugar el papel de comparsa. Me distancié de ellos dos.

Viva cada día en clase como un tortura. Ante los demás nada había pasado mientras yo sufría en silencio repasando nuestra relación y sintiéndome un completo estúpido. Me había negado a aceptar algo evidente respecto a su ex-novio. Tampoco había sabido exigirle a ella que marcara unos límites razonables a aquel amigo que parecía comportarse como si yo no existieria.

Un sábado por la noche me llamó desde un cabina de un pueblo pequeño y turístico. Se había refugiado allí para pensar. Me contó lo harta que se sentía de aquel amigo ahora omnipresente ahora en su vida. No sólo compartía clases, obligatorias y optativas, de lunes a viernes, sino que los fines de semanas lo encontraba en su escuela de teatro y en otras actividades sin que ella lo hubiera invitdado. Me resultó irónico y divertido que había sido ella quien lo había invitado a su círculo social, donde yo nunca entré, y aquello se hubiera vuelta en su contra.

Recuperamos el contacto dando pequeños pasos y retrocediendo, apesadumbrados por volver a andar el mismo camino. Pasaron unos pocos meses hasta que perdimos el miedo y asumimos que aquello que había entre los dos no era una relación al uso, pero era una relación al fin y al cabo.

Pasaron meses y volví a sentirme igual. Algo secundario en su vida. Era una relación llena de carencias, como la primera. Pero en mi ingenuidad e inexperiencia atribuía muchas de ellas a rasgos de personalidad. No es que ella fuera fría conmigo. Es que ella no era una persona cariñosa. No es que a ella le costara encontrar tiempo para mí. Es que ella era una persona muy ocupada. Sólo cuando viví más tarde una relación con alguien que tenía los cinco sentidos puestos en mí descubrí lo engañado que había estado.

Al final del tercer curso, cuando ella y yo habíamos estado de acuerdo en acabar con lo nuestro, aquel amigo llegó un día muy contento a contarme que se iba de viaje con ella, quien en su momento había rechazado mi propuesta de hacer una escapada a Berlín o Barcelona juntos. “Eso es muy como de pareja, ¿no?” fue su excusa. Ello y yo habíamos hablado de las intenciones y los actos de él. Pero parecía confiar en una recuperada inocencia de sus intenciones.

Sé la versión de cada uno de lo que pasó aquel verano. Y se puede resumir que nada pasó entre ellos y ahora se detestan. “Eres adivino. ¿Cómo sabías que iba a terminar mal?” me dijo ella cuando la vi a principios del cuarto año. Encogí los hombros. Era previsible.

Terminé el cuarto año de carrera y me marché lejos de casa. A ella terminé por perderle la pista. Hasta el domingo. Hablamos sobre qué había hecho cada uno en este tiempo, de por dónde andaban algunos de nuestros antiguos compañeros de clase y nuestros planes de futuro.

Faltaba ya menos de una hora para que saliera mi autobús y no sabía cómo llevar la conversación a nuestro pasado común. Le conté que había encontrado a su ex-novio en el lugar donde mis padres pasan sus vacaciones. Iba de monitor de un grupo de niños. Y me contó que planeaba venir a vivir a mi ciudad. Me pidió incluso el número de móvil por si al final llevaba a cabo sus planes. A ella se le cambió la cara cuando terminé de contar el encuentro. Empezó a echar pestes de él. Y entonces me contó cómo había roto contacto y relación con él. Y así empezó todo.

Me habló de cómo se arrepentía de haber perdido el tiempo con aquel ex-novio. De cómo no había sabido o querido ver las intenciones evidentes de aquella cuarta persona en discordia. De cómo no había sabido pararle a tiempo. De cómo se arrepentía de tantas y tantas cosas. Nos preguntamos habríamos llegado si ella hubiera comprendido las cosas que sabe ahora y que yo vi claras desde el principio. Seis años después, los que me separan en edad de ella, descubrí con ella la posibilidad perdida de una felicidad común que no fue. Descubrí que aún se arrepentía de no haber hecho aquel viaje a Berlín conmigo. Confesamos que atesorábamos el disfrute de música o textos que cada uno le había descubierto al otro, y regalos que habíamos recibido del otro.

Me propuso vernos en un futuro próximo. Me ofreció poder quedarme en su piso y me pidió que buscara actividades que a ella le pudieran interesar en mi ciudad. Me lo creí todo. Como noté que fue sentido aquel abrazo interminable de despedida en el que se colgó de mi cuello, que besó justo antes de separarnos. Y hoy, tres días después no sé nada de ella. Tan típico: Hacerte creer en un vínculo especial para luego descubrir que los hechos no respaldan sus palabras. Algo me dice que volverá a desaparecer entre las brumas de un pasado que, por fin, descansa en paz.

El arte de la guerra 17 Julio, 2007

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Mil y una vez me han recomendado que cambie mi aspecto físico para agradar a las mujeres. Los consejos son siempre los mismos: Cambiar de estilo de vestir, de corte de pelo, olvidarme de las gafas en favor de lentillas y afeitarme. Siempre he rechazado los consejos sin entrar en razones. Sé de sobra que disfrazarme de triunfito no serviría de nada. Desde que abriera la boca todo el mundo se daría cuenta que tengo la sutileza de Risto Mejide. Odio los dramas televisivos con médicos. Y adoro House. ¿Imaginan por qué?

Pero hay algo más. Cada vez que alguien me dio las razones de sus sentimientos o su atracción por mí nunca mencionó mi apariencia como un obstáculo. Nunca nadie me dijo “la verdad es que eras un tipo desaliñado pero un día me fijé en…” o “eras físicamente del montón pero me soprendió que tú…”. Es más, más de una mencionó precisamente mi aspecto y mi apariencia como algo que les llamó la atención de forma positiva. Descubrí que era precisamente por ser como era que tuve alguna posibilidad con las mujeres que me interesaban.

Estudié una carrera de letras en un campus de letras. Estaba rodeado de chicas y sólo por puro error estadístico alguna se tenía que haber fijado en mí. Pero quizás por nadar en un inmeso mar de mediocridad se fijaron en mí dos chicas ante las que jamás habría dado un duro por mis posibilidades. Me fijé en la primera de ellas, una chica rebelde guay, los primeros días de clase. Recuerdo incluso que la primera vez que hablamos llevaba una camiseta estampada con el dibujo de un fénix oriental. Fue en una de aquellas clases donde el profesor se limitaba a presentar el programa de la asignatura cuando en ese barullo que se produce al terminar la clase preguntó en voz alta si alguien tenía idea de la fecha de las vacaciones. Casualmente yo había encontrado una noticia en la prensa local con el calendario escolar. No recuerdo si llevaba el recorte encima o prometí enseñárselo al día siguiente. Pero si recuerdo todo ello es porque más tarde contrastaría en mi cabeza mis primeras impresiones de su físico con la imagen que construí cuando me sentí atraído por ella.

Recuerdo también que un día a la salida de clase se formó un pequeño grupo para coger cierta linea de autobús. Yo vivía relativamente cerca del campus pero los acompañé porque ninguna de ellos conocía la ubicación de la parada. La conversación derivó a cómo las promesas de gente que conoces en vacaciones o en circunstancias concretas de tu vida de permanecer en contacto se desvanecen. Y ella contó la decepción que le produjo la primera carta, corta y nada profunda, de un amigo que se había ido a vivir a Madrid. Mi relación con ella se construyó a partir de esa clase de pequeños pedazos de información que yo fui acumulando.

No creo que que me acordara de aquel amigo que le mandó una carta decepcionante desde Madrid hasta el último día de clase antes de las vacaciones de Navidad. Fuimos un grupo en estampida a local de fotocopias. Alguien apuntó cuántas de cada asignatura necesitaba cada cual y nos liberó al resto de estar al pie del mostrador. Salí a la puerta y me la encontré a ella esperando fuera y con una cara rara. Y entonces en un extraño momento de ilumunación entendí algo.
-“Creo que ya sé lo que sé que te pasa. Empiezan las vacaciones. Y todo el mundo que estudia fuera vuelve a casa. Y te preguntas qué te vas a encontrar cuando cierta persona vuelva”.-Deduje de pronto que su decepción ante aquella carta tenía que ver con que algo había pasado entre los dos en el verano anterior. Ella se soprendió por lo que le dije. Acerté de pleno. Y me preguntó cómo había sido capaz de adivinar lo que le pasaba.-“A veces dices cosas y yo sólo tengo que atar cabos” dije quitándole importancia. “Vaya, pensé que cuando hablo nadie escuchaba” dijo con voz queda.

Creo que la primera vez que llamé a su casa (eran todavía los tiempos de llamar a los télefonos fijos y preguntar por alguien) fue pocos días después de aquella escena a la salida de la tienda de fotocopias. Ella había contado que odiaba las comidas navideñas y yo la llamé en la tarde del día 25. La sorprendí tumbada en su cama escuchando una cinta de música de Björk que yo le había copiado. La verdad es que nunca le hice grandes regalos. Nunca tuve gestos grandilocuentes con ella. Nunca le escribí ninguna parrafada sentimental.

Cuando llegó su cumpleaños ya hacía tiempo que yo le tenái comprado un regalo. Fueron dos CDs de REM que compré de oferta en Discoplay. Los había mencionado muchos meses atrás. Y cuando los encontré los compré sabiendo que harían el regalo perfecto. Ella llevaba tiempo buscándolos. Así que le sorprendió el regalo. Yo simplemente había guardado el dato en mi memoria. Pero para ella había demostrado una vez más que prestaba atención a sus palabras.

Conseguí efectos parecidos con cosas simples. El tercer año de carrera viajé a visitar a un amigo de Erasmus en Viena y no le dije a ella nada sobre a dónde me marchaba. Lo supo cuando recibió en su casa un postal con párrafos del “Pequeño Vals Vienés” de Federico García Lorca, que yo conocí por la versión de Leonard Cohen.

Propuse a mi amigo ir a Sarajevo, y allí un soldado español nos recomendó una tienda de artesanía en el barrio viejo de la ciudad. El dueño de la tienda cerró la tienda e hizo té de frutas para nosotros. Compré para ella un pequeño joyero de madreperla, aparte de varios regalos para mi familia. El tendero grabó el nombre de ella, Sarajevo y la fecha por debajo de la madera. Creo que costó 800 pesetas.

La postal y el joyero sellaron una reconciliación que se fraguó la noche anterior a mi partida. La que se suponía iba a ser una corta despedida de amigos terminó con ella sentada sobre mis rodillas besándonos intensamente. Un día me confesaría que dio el paso por la envidia ante mi viaje. Quería que me llevara conmigo el sabor de su boca y no me pensara en los labios de ninguna austríaca.

Fue cruel y egoísta conmigo. Para colmo mi torpeza e ingenuidad permitieron que me hiciera mucho daño. Y el rencor hacia ella y la rabia conmigo mismo me acompañaron años. Todo fue diluyéndose con el tiempo. Pero siempre me quedó ese recuerdo amargo y turbio. Hasta el pasado domingo.

Siempre he odiado las metáforas megalómanas. Esos adolescentes que se imaginan como grandes guerreros enfrentándose a las hordas malignas. Y no es porque yo haya tenido también esos momentos de debilidad adolescente friki. Pero puestos a elegir prefiero imaginar a mi alter ego metafórico en una de esas películas japonesas de espadachines donde todo son movimientos lentos, armoniosos y sutiles, mientras la tensión se mantiene contenida. Esas películas donde muere hasta el apuntador y se hacen sacrificios o gestas inútiles por ser fielos a algo o alguien. Creo que fue cuando ya cada uno iba por su lado, en el último año de carrera, cuando ella me contó que se iba a un festival de música con un amigo. Antes del viaje le regalé una guía sobre la ciudad, que guardaba para mí cierto halo de sueño compartido que nunca se vio cumplido.

Meses más tarde yo me iría a emprender una nueva vida lejos de mi casa. Ella lo hizo un año después que yo y con Troya ardiendo a sus espaldas. Por aquel entonces ya nada sabíamos el uno del otro. Pero entre su equipaje iban un joyero de madreperla traído de Sarajevo y cierta guía de viaje.

Cosas en su sitio 16 Julio, 2007

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Estoy de vuelta en España. El viaje ha sido una paliza y esto físicamente hecho polvo. Pero principalmente porque apenas he dormido en las últimas 48 horas. Mi vuelo de vuelta a España salía a las seis de la mañana y opté por pasar la noche anterior en el aeropuerto. Cuando faltaban pocas horas para irme al aeropuerto coincidí con una vieja conocida por el MSN Messenger por primera vez en algo más de un año. Ella es una candidata a desfilar por mi Galería de Personajes. Para mi sorpresa resultó que ahora vive en la ciudad a donde yo llegaba en avión. Quedamos para el domingo por la mañana.

Hablamos de forma distendida. Ya no es la joven airada y neurótica que conocí. Nuestros tensos debates políticos han dado paso a charlas sosegadas, y a una cierta empatía producto de la sensación de ser náufragos en un mundo cuya transformación desde posturas políticas distintas nos resulta prácticamente imposible. A ella se le notaba más relajada. Más a gusto consigo misma. No quedamos en nada. Pero ya podremos volver a seguirnos la pista.

Hace poco, casualidades de la vida también, encontré a una vieja conocida en el MSN Messenge también. Hacía dos años que no se conectaba. Lo último que sabía de ella es que había empezado una segunda carrera y que estaba fuera de España como estudiante Erasmus. Yo por aquel entonces estaba pendiente de un posible buen trabajo con el que empecé a hacer cuentas de dinero y tiempo dispoible. Y planeé realizar en aquel entonces el viaje que acabo de hacer este verano. El trabajo y el dinero nunca aparecieron. Las posibilidadesl del viaje se desvanecieron. Y le perdí a ella la pista. Dos años después está a punto de licenciarse por segunda vez y dar el salto al mercado laboral. Se enfrentaba por primera vez en su vida a alejarse de la confortable seguridad vital que da el ser un estudiante lleno de proyectos y sueños, para encontrarse con la realidad de un presente inmediato que nunca suele ser el soñado. Hablamos de la fulminante muerte de su padre en un tono que difícilmente hubiera sido posible cuando nos conocimos. Mis palabras le llegaron.

En la universidad ella fue para mí era una compañera de facultad interesante y distante que me producía una extraña vulnerabilidad. Mantuve la distancias con bromas que no supe calcular. Y llegó a haber una época en que se mantuvo muy distante de mí. Por la época en que estuvo de Eramus llegamos a hablar, dejando atrás malos entendidos. Sólo entonces descubrimos nuestras simpatías mútuas. Esta vez fui más allá y le expliqué el por qué de mis bromas. No es que yo me sintiera atraído. Y tratando de explicarlo le dije “eres la clase de chica que si me propusiera hacer un viaje juntos al día siguiente aparezco con toda la planificación hecha”. Y me contestó que quién sabía. Puede que algún día lo hiciera.

En mayo, estando solo en mi vida por primera vez en mucho tiempo, le mandé por SMS una felicitación por cumpleaños a cierta persona para la que tenía reservado muchas líneas en este blog. Creía que era el momento de poder mirar atrás desde la absoluta tranquilidad. Sus promesas de quedar un día con calma para hablar por teléfono quedaron en nada. Pero la semana pasada, resultando que ella vive en la ciudad en donde mi avión aterrizaría, le propuse quedar. Aceptó y retrasé mi regreso en bus hasta última hora de la noche, lo que implicaba dormir por el camino y llegar a casa sólo con tiempo de ducharme antes de ir a la oficina.

Hablamos unas seis horas. Fue muy productivo. Y ahora puedo decir que está todo en su sitio.

En su fiesta me colé 12 Julio, 2007

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Hay alguna regla no escrita que dice que la última etapa de todo viaje es la más intensa. Hoy he pensado que es lógico, porque cuanto más se acerca el momento de volver a casa olvidamos rápidamente los incovenientes del viaje. Cualquiera que sean las circunstancias, siempre será mejor que estar en la oficina o de exámenes. Entonces uno se pone a filosofar y a sacar conclusiones sobre la vida extrapolando cosas sucedidas y aprendidas por el camino. Así que hoy he entrado oficialmente en la fase final y transcendental del viaje.

He estado dándole vueltas a lo que hablaba en la última ocasión: Lo que me molesta que a la vuelta todo el mundo, inevitablemente, pregunte más o menos en serio si ligaste durante el viaje. Me molesta porque la mayoría de quienes preguntan les trae sin cuidado dónde estuviste y qué viste. Mucho menos qué viviste, sentiste o aprendiste. Pero hay una parte de esa contrariedad que tiene que ver con el ambiente que siempre me he encontrado en los viajes. En campamentos de verano y en albergues juveniles siempre me he encontrado al mismo tipo de gente, cortados todos por el mismo denominador común: Gente joven guay.

Así que hoy he llegado a la conclusión de que probalmente todo este tiempo me haya equivocado con los ambientes y lugares donde me he movido durante los viajes. Que la próxima vez he de huir de los albergues juveniles y buscar algún bed & brekfast. Tantos años para llegar a a esto.

La solución parece sencilla y obvia. Y si no he llegado antes a ella es porque cuando soñaba con viajar y vivir aventuras en mi cabeza me imaginaba en sitios como los que he estado y rodeado de gente de otros países. Sí, no me duele reconocer que yo soñaba con viajar, hacer amigos y tener el típico rollete de campamento de verano. O conocer a alguien en un viaje, cambiar de planes sobre la marcha y desaparecer por Europa con alguien interesante. Madurar es en parte decir adiós a los sueños y a las ilusiones. Desprenderte de una parte de ti mismo.

Lo irónico es que el sábado pasado me encontré en un bar de moda en la capital de uno de esos países de la Unión Europea que tiene menos habitantes que la mayoría de comunidades autónomas de España. El encargado del albergue juvenil nos había conseguido pases a un grupo de huéspedes. Y allí sentí miradas que no recuerdo haber recibido nunca. Sé que otra persona habría sacado partido de la situación. Yo me limité a quedarme sentado, beber y ver el panorama. Me dediqué a hablar con la única chica del grupo. Curiosamente los otros chicos nos dejaron solos cuando llevábamos un rato hablando. Y fue también curioso que ella no torciera el gesto, como es habitual en las chicas, cuando saqué a colasión mi gustos frikis. Aunque tiene explicación que le pareciera divertido que en mi reproductor MP3 llevara música del coro del Ejército Soviético o cantos de monjes ortodoxos ucranianos. Era rusa.

No sé si fue que el alcohol me hizo calcular por exceso mis posibilidades. O realmente si hubiera aceptado su invitación de bajar a la pista a bailar habría podido pasar algo más. Ya habíamos llegado a ese punto donde el beber agudiza la vista de las mujeres. Tras beber cierta cantidad de alcohol ella se había fijado en mis ojos y había preguntado por qué llevo gafas y no lentilllas. De cualquier manera me quedé a las puertas. Por torpeza o por voluntad. Y no dejé de sentir algo extraño el resto del fin de semana. Si no pasó nada porque fui incapaz de sacar partido a aquella noche duele vivirlo siendo consciente de tus limitaciones en determinados deportes de contacto. Sabiendo que hay cosas simples que en la vida nunca tuviste por no saber interpretar a tiempo miradas o gestos, por no saber qué décir, cuándo y cómo. Como ese niño enfermizo que mira a sus compañeros de colegio jugar al fútbol durante el recreo.

Pero si realmente el sábado hubiera podido pasar cualquier cosa, entonces no sucedió porque yo no seguí el juego y terminé por desaparecer del lugar. Y lo hice porque me pareció terriblemente patético que la clase de cosas que nunca me sucedieron en Berlín o Helsinki me fueran a pasar en un sitio con tanta marcha como Villaconejos del Matorral Seco. ¿Qué precio habría tenido que pagar? Simplemente hacerme el marchoso y ponerme a bailar lo que en España fue la canción del verano de hace varios años. Y no estuve dispuesto. Aunque allí no me conociera nada. Hay cosas que tienen su momento y su valor. Y detesto que la vida me presente pasados los treinta mediante una parodia lo que en su momento me hubiera hecho feliz con veintipocos.

Cuando preparaba este viaje caí en la cuenta que sería el primero que haría sin pensar en las chicas que conocería. Me desprendo definitivamente de un sueño adolescente y de un lastre. Es hora de pensar en nuevos viajes con ideas nuevas. La próxima vez viajaré más ligero.

Souvenir 6 Julio, 2007

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Cuando hace diez años salía por la puerta de mi casa para viajar al extranjero por primera vez por mi cuenta mi abuela, entre risas, dijo: “¡A ver si vuelves con una novia alemana!”. No sé si entendió lo que le respondí: “Pero abuela… Si no gano un partido de tercera regional voy a ganar la Copa de Europa”.

Desde aquel verano no falla. Cada viaje al extranjero culmina a la vuelta con un interrogatorio en torno a lo único. ¿Qué tal las suecas? ¿Qué tal las alemanas? ¿Qué tal las italogrecohúngaras? ¿Qué tal las vulcanianas?

Anda todo el mundo, ellos y ellas, convencido de que los españoles somos la quinta esencia del encanto latino. Pobres. Si supieran… Los españoles somos unos gañanes simpáticos. Chapurreamos el inglés como Aznar. ¿Qué no? Cuando suena un clásico de los ochenta o la canción que más suena en MTV cantamos el estribillo. El resto lo tarareamos, como el himno. Nos creemos exóticos, y nos tienen más que vistos. ¿De dónde creéis que salen todos esos turistas que convierten a España en el segundo país más visitado del mundo? El europeo medio ha visitado una media docena de países europeos con su familia antes de cumplir la mayoría de edad. El que menos ha salido al menos una vez fuera de Europa.

¿Ligar fuera? Con lo que me ha costado llegar a entender las de mi país que hablan mi idioma…

El mismo de siempre 4 Julio, 2007

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Cuando era un adolescente escuchaba en silencio las historias que contaban aquellos que se habían ido un verano a trabajar en el Reino Unido o de viaje por su cuenta. Recuerdo aquellas fiestas en casa de alguien cuyos padres estaban fuera o alguna salida en grupo, con un corrillo formado en torno a alguien contando sus aventuras en el extranjero. Con aquella edad me parecía admirable. Y pensaba que era comprensible que las chicas mirasen con interés a a aquellos chicos.

Pasó el tiempo e hice cosas. Viajé lejos. Subí montañas. Hubo a quien le importó una mierda. Y descubrí que siempre había dado igual. Que las chicas hubieran mirado fascinadas igual a aquellos chicos aunque su mayor hazaña hubiera sido ir a por tabaco a la esquina. Hubo a quien le pareció loable lo que hice. Y me miraron de otra manera. Creyeron ver virtudes en mí sólo porque viajé a países cuyo idioma no hablo o porque caminé días enteros con una mochila a cuestas. ¿Necesitaba gastar tanto dinero o sudar tanto para mostrar algo?

Estoy de viaje lejos de casa. Y no voy a contar nada. Sería perder el tiempo.

Avalancha 1 Julio, 2007

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La locura nunca tuvo maestro
para los que vamos a bogar sin
rumbo perpetuo
en cualquier otra dirección con
tal de no domar los caballos de
la exaltación.

Mañana carretera y manta a casi 4.000 kilómetros de aquí. Quince días de viaje con mi mochila en solitario por cuatro países.