El poder del Lado Oscuro 29 Junio, 2007
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Si le preguntas a cualquier español que te describa a la finlandesa típica te hablará de una diosa escandinava, alta, rubia y de ojos azules. Error. El finlandés no es un pueblo germánico.
La primera vez que me encontré con una finlandesa fue en Alemania. Llegué a un campamento de verano y me dijeron que había una finlandesa. Busqué con la mirada a la diosa nórdica de cabellos rubios, cuerpo escultural y ojos azules que yo imaginaba. Entonces me presentaron a Mari, un tapón de metro y medio. Ella tenía 17 años y estaba acabando el bachillerato. Aspiraba a estudiar fotografía en la universidad. Apenas recuerdo las cosas que me atrajeron, aparte de su físico. Era bajita pero llena de curvas bien puestas. Una combinación por la que siempre he tenido debilidad. La verdad es que hace ya mucho tiempo de todo y ella es una de esas personas cuyo recuerdo hice desaparecer a la fuerza. Creo que hasta sus cartas terminaron rotas en la basura. Pero sí puedo imaginar lo que me llamó la atención.
Si yo había viajado directamente al campamento, ella en cambio había realizado un periplo por Europa con un billete Interrail. Según me contó había pasado bastantes días en Amsterdam con un chico de 30 años. No recordaba casi nada de aquellos días. Sólo que se había pasado fumada casi todo el tiempo. Para mí por aquel entonces las chicas eran seres de otro planeta cuyo objetivo parecía dominar la Tierra. Puedo imaginar el efecto que causó ella en mí: Una chica vestida de hippy chic, con inquietudes y pretendidamente transgresora.
Durante el campamento tonteó con un italo-argentino, o más bien dejó que él tonteara con ella. Una noche se besaron y allí quedó la cosa para frustación de él. Más tarde me contaría que no sabía bien por qué lo hizo. Esa frivolidad tan típica de la clase de chicas como ella. La cuestión es que intercambiamos direcciones de correo. Eran los tiempos en que aún se estilaba mandar cartas. Recuerdo la alegría de recibir no una, sino dos cartas suyas cosa de un més después de volver. Creo que fue la primera vez en mi vida que una chica me decía que yo era “en cierta forma” interesante.
Ella consiguió finalmente su propósito de entrar en la universidad a estudiar fotografía. Mantuvimos el contacto durante dos años. Y yo me interesé por Finlandia. Medio año después del verano en que la conocí tuve Internet en casa. Busqué en foros y conocí a finlandeses. Gracias a ellos pude luego comprender cosas.
Finalmente nos vimos dos años después de habernos conocido. Yo planifiqué un viaje en tren por media Europa que incluía Finlandia. No quería que mi única razón para llegar tan lejos fuera ella. Así que decidí llegar a Laponia. Entonces ella hizo planes de viajar hasta el norte del país para encontarse conmigo allí. Pasamos un par de días en Rovaniemi. Hablamos largo y tendido. Recuerdo hablar de fotografía, de libros y de música. Era una empollona como yo. Pero su vida social no tenía nada que ver. Me contó cómo durante el instituto se había dedicado con otros compañeros de clase a robar en supermercados y licorerías. me habló de su bisexualidad y de cómo su fama de promiscua se había extendido que al rechazar a un pretendiente borracho en una fiesta universitaria, despechado él le soltó: “¡Pero si te has follado a todo primero!”. También de sus tendencias maníaco-depresivas. Todo lo que nos unía era inútil frente a abismos insondables que nos separaban.
Lo entendí todo después de nuestro encuento. Resulta que la ciudad donde ella vivía era, según me explicaron, el Beverly Hills de Finlandia. Alguien que no era de la capital ni tenía aspecto de ser guay me contó que allí los institutos son lo más parecido a la manera en que representan las series de TV a los insitutos estadounidenses: La obsesión por ser popular y aceptado, la división entre guayses y parias… Con la peculiaridad que los finlandeses son por lo general introvertidos y callados. Ser un paria significa la muerte social. Ser un apestado que no tiene apenas interacción con nadie. De ahí el alcoholismo y la tasa de suicidios.
Ella era una niña pija y empollona. Y un día decidió dejar de ser un paria. Siguió estudiando y sacando buenas notas. Pero tenía que hacerse perdonar por ello haciendo lo mismo que los guays pero de forma exagerada. Hurtos para presumir de gamberra, sexo promiscuo, coqueteo con las drogas unido al inevitable rollo intelectual autojustificativo. Que dijera era una persona depresiva lo pasé por alto. No me encajaba con su imagen de tía bajita pero despampanante que presumía de tantas cosas. Ahora sé que todo tenía relación. Que fuera cada mes a la peluquería a cambiarse de color y de corte de pelo no era coquetería. Era un síntoma típico de inseguridad. Pero yo pensaba por aquel entonces que las cosas eran lo que parecía.
Es triste pensar que Mari era como yo. Pero con tal de no ser encasillada como empollona friki decidió convertirse en algo mucho peor. Muchísimo peor. Y tiene gracia mirar atrás y recordar la fascinación que me produjeron personas que no merecían la pena. Torpe e iluso de mí. Aunque terminó por no pasar nada entre Mari y yo la vida me dio la oportunidad de cruzarme con más chicas como ella que me abrieron sus corazones o sus piernas. Son pura fachada. Fue la experiencia y el cruzar al otro lado del espejo lo que me permitió ver el truco y la trampa. Su magia ya no funciona conmigo. Y me alegro.
Estampas laborales 27 Junio, 2007
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Mi surpevisor me contó que la empresa para la que trabajo tiene planes de alcanzar los 900 empleados para fines de este año. Cientos de empleados y no tenemos representantes sindicales. Un compañero, veterano en la empresa, al mencionarle el tema me dijo que al que andara en líos sindicales sin duda lo echarían. No sé si era una broma o hablaba con conocimiento de causa.
Decir que trabajo para mi empresa no es correcto del todo. Tengo un contrato de obra y servicio como auxiliar administrativo bajo el convenio de oficinas y despachos con una E.T.T. En cristiano: Una puta basura. Mientras estuve en la sede central del banco al que nuestra empresa pertenece ojeé un panfleto con las categorías salariales. Me consideré afortunado. Las personas en la escala salarial inferor de las trece que tiene el banco cobra 40 euros brutos al mes menos que yo. Entonces alguien me explicó. Ellos cobran 18,25 pagas. Eso es, 6.000 euros brutos más al año. Según la ley dos personas no pueden cobrar lo mismo por desempeñar el mismo trabajo. Me pregunto que dirían en magistratura de trabajo. A lo mejor han blindado legalmente todo el asunto para que no los pillen. A lo mejor dan por hecho que ninguno de los pipiolos de veintitantos que pululan por la empresa piensa llegar tan lejos. La mayoría echa pestes de los horarios y del sueldo. En mi departamento llamamos en broma al irnos a casa a nuestra hora “tener suerte y salir una hora antes”. Hay días que he almorzado un sandwich y una coca cola frente a la pantalla. Y aún así no conozco más que una persona que tenga planes de futuro que no pasen por quedarse en la empresa. Quizás todos sueñan con algo mejor. Pero nadie lo dice.
Me llamó la atención el día que empecé a hablar de derechos laborales y sindicales que todo el mundo al que le mencionaba el tema echaba pestes de los sindicatos. No sé quién es responsable de que las cosas sean así. Pero la mayoría de trabajadores relacionan el concepto “sindicalista” con una persona holgazana y arribista. Quizás no quiera saber la respuesta. Me temo que la culpa sean de los propios sindicatos. La cuestión es que toda una generación de españoles ha accedido al mercado laboral sabiendo que a pesar de estar mucho más formado y preparado que sus padres no va a vivir mejor. Es la gran mentira sobre la que se construye este país. Y a nadie le importa una mierda.
# Tuve noticias del Padre Modelo. Ha asumido más responsabilidades en el banco. Más sueldo, más estrés y un horario más interminable. Fantástico.
# En los ordenadores del trabajo no podemos instalar ningún programa ni ningún dispositivo externo, como un reproductor MP3 con ficheros con música. La única manera de escuchar música es vía Internet: Radios on-line o vídeos musicales en YouTube. Sobran comentarios sobre la música horrible que escuchan en la oficina: La Oreja de Morfeo, nostalgia ochentera y demás basura española.
El otro día fui a la fotocopiadora y dejé en el ordenador la 6ª Sinfonía de Beethoven dirigida por Herbert Von Karajan. Cuando volvía un grupo que salía de la oficina pasó al lado de mi ordenador. Alguien dijo en voz alta “¡joder con la música que escuchan aquí!”. Se perdieron entre risas por el pasillo sin darse cuenta que yo estaba detrás de ellos. ¿Cómo van a querer luchar por nada justo y bueno si ni siquiera saben apreciar la Belleza?
Los locos del curling 20 Junio, 2007
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Durante los primeros meses en mi actual trabajo estábamos en las oficinas centrales de la empresa matriz. Las instalaciones incluían varios restaurantes para los empleados donde íbamos en un grupo donde se mezclaban gente joven de varios departamentos y encabezados por mi jefe.
Las conversaciones a la hora de comer eran de lo más banales. Un día de tantos la cosa fue sobre sobre fútbol. Y si para mí hay algo más deprimente que ver a un grupo de hombres hablar de fútbol es ver a un grupo de hombres y mujeres hablar de fútbol. Yo mostré mi hastío ante el tema y rápidamente mi jefe, para quien soy el arquetipo andante de friki empollón, salió al quite: “A él sólo le gusta el curling, dijo. Yo que estaba a esas alturas totalmente encasillado decidí seguirle la corriente a mi jefe. No tenía ni idea de los entresijos del curling. Sólo sabía que consite en una especie de petanca sobre hielo con dos peculiaridades: Lo que se lanza es un enorme disco y su deslizamiento sobre el hielo es facilitado por el equipo del lanzador con una especie de escobas con el que van puliendo el hielo. O eso me parecía a mí. Pero sabiendo que es popular en Canadá y Escandinavia me puse a hablar de los partidos de máxima rivalidad Noruega-Suecia o de la apasionante liga canadiense de curling. Todo improvisado claro.
Meses después nos trasladamos a las oficinas propias de mi empresa, donde el antiguo grupo de la hora del almuerzo quedó repartido entre distintos departamentos y plantas. La gente que rodeaba mi mesa era distinta y no me conocía. Los lunes, invariablemente, se hablaba de fútbol. Y en una de esas veces mi jefe retomó ante un nuevo público la broma de que yo era un apasionado del curling. Pero esta vez estaba preparado. Sólo por pura curiosidad me había molestado en leer la entrada referente a curling en la Wikpedia en inglés. Estaba yo entretenido en contar lo apasionante que es el curling cuando detrás mío oí una voz exaltada: “¿A ti también te gusta el curling? ¿A que es apasionante? ¡Es un deporte donde la estrategia es crucial!”. Cuando me giré me encontré frente a un espejo que había distorsionado mi imagen: Un tipo alto con gafas, bigote y perilla de andares desgarbados. Un auténtico friki. Yo me limité a asentir ante el torrente de palabras que salieron por su boca.
Aparte de aquel día el friki de mi oficina me miraba con complicidad al cruzarnos por el pasillo. Yo era de los suyos. Yo era un iniciado. Otro friki.
Un día, harto de la música comercial que ponen el resto de compañeros de oficina, contraataqué poniendo el himno de la Unión Soviética. El friki pasó a mi lado, soltó algo ininteligible y desapareció con las mismas. Yo me temí que me había reprendido porque tenía la música demasiado alta y la quité. Al rato él volvió para quejarse precisamente de que había quitado la música. Se sacó el móvil de su bolsillo y lo dejó sobre mi mesa sonando a todo volumen una del coro del ejército soviético de “La Varsoviana”, más conocida en España por “A las barricadas”. Tuve que ir detrás suyo después de varias miradas sospechosas de los súper-jefes.
Me lo he vuelto a encontrar en la fotocopiadora y al llamarle la atención alguna música rara que he puesto en mi ordendor. Y siempre he tenido problemas para entenderle por su manera atropellada y entre murmullos de hablar. Suelta su broma o su comentario de friki a friki y se va. Y me deja siempre con la duda “Siendo tan parecidos, ¿esa es la impresión que doy yo a los demás?” Da mucho que pensar.
Rebelde guay 15 Junio, 2007
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Hace poco descubrí un blog que ha hecho que gotee el colmillo del cínico y descreído que hay en mí. La autora dice ser hija de la periodista Curry Valenzuela y le ha puesto el sonoro título “Mi madre es idiota” al blog, en lo que es toda una declaración de principios e intenciones.Lo sorprendente es que si ella es tal como dice ser su personalidad sería la mayor colección de tópicos y lugares comunes que he visto en mucho tiempo. No hay nada más hilarante que ver a alguien que pretender ir contracorriente seguir tan a rajatabla el Manual de Estilo de las niñas de papá rebeldes.
He conocido a unas cuantas chicas a lo largo de mi vida que encajaban perfectamente en el modelo. Y confieso que por mi condición de empollón friki y siendo ellas mi total opuesto tendía a enamorarme de ellas. Pretendía hacerlas desfilar por mi Galería de Personajes, pero hoy he dejado un largo comentario en el blog Diario de un teleAdicto que creo merece ser rescatado y publicado aquí:
Cuesta mucho creer que alguien con esa personalidad se crea diferente, original y contracorriente. ¡Si parece una parodia de la gente que es así! Porque de esas he conocido un “puñao”.
Os hago el retrato robot:
Chicas de padres conservadores y con una situación económica desahogada. Su gran tragedia es que sus padres no les dejaron hacer lo que les dio la gana cuando tenían 15 años. En permanente conflicto con ellos intentan cabrearlos convirtiéndose en lo opuesto a ese ideal de “señorita” que ellos quisieran para ellas. Coquetean con las drogas y conjugan frecuentemente el verbo “experimentar”. Son sexualmente promiscuas. Algunas se declaran bisexuales aunque sólo tengan novios. Los tipos en cuestión son el típico estudiante de Filosofía o Bellas Artes que pasa más tiempo en la cafetería que la biblioteca de la facultad y que las trata fatal, por cierto. Trafican sexo por atención.
Dicen “paso de mis padres” pero nunca te lo confesarán que lo que les mueve es una enorme necesidad de llamar la atención de sus padres. Te dirán que les da igual, pero les frusta que sus padres nunca fueran a ver aquella exposición colectiva donde había una foto o un cuadro suyo. O que sus padres no fueran al estreno de aquella obra de teatro aficionado donde ellas tenían un papel. Siempre se sintieron las segundonas de la familia frente a ese hermano o hermana modelo que terminó estudiando Derecho o Administración de Empresas, casándose y formando familia.
Abominan de la condición “burguesa” de sus padres, pero su iPod y su cámara digital son del último modelo. Ir a los festivales de verano no es problema. Tampoco viajar en verano a Suecia o Canadá para quedar con un ligue de Semana Santa. Sus primos pijos y ellas se detestan. Pero en la facultad los radicales de izquierda las desprecian porque intuyen que en ella todo es pose. Rara vez las verás en una asamblea. No leen a Castells o Hobsbawm. Andan con “Las puertas de la percepción” buscando una justificación intelectual
Son carne de cañón de psicólogo. Les sobra chulería pero su autoestima anda siempre por los suelos. Su mayor miedo es causar indiferencia…
Y dicho lo cual, leed el blog de la tal Beta. Ya tenéis pistas suficientes.
Lo realmente divertido es leer los comentarios elogiosos de sus lectores. La consideran única, original y auténtica. ¡Ah!. Si alguno quiere despachar el asunto con un tajante “a ti lo que te pasa es que siempre quisiste follar con una chica de estas y te quedaste con las ganas” sólo decir que si ahora huyo de ellas es que las conozco muy bien.
Lección zen 14 Junio, 2007
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Un profesor de mecánica cuántica concluyó una explicación para un alumno afirmando:
-“La mecánica cuántica es como el zen. Si crees que comprendes es que no has entendido nada. ¿Comprendes?”.- El alumno asintió con la cabeza provocando el desánimo del profesor que puso los ojos en blanco y dio un leve resoplido.
El alumno rectificó inmeditamente moviendo enérgicamente la cabeza de un lado a otro.
-“No, no, no… “La verdad es que sigo sin comprender”.
Entonces el maestro relajó el semblante y musitó “Bien, muy bien“…
Aníbal ha dejado un comentario en “Cuando muere la esperanza” dándome ánimos. Mi primera reacción ha sido escribir una larga respuesta explicando por qué no estoy en la fase “Oh, nadie me quiere, nadie me comprende”. No es una resignación fatalista que pretende inspirar lástima. Nadie ha dicho que esta sea una situación permanente. Puede que las circunstancias de mi vida cambien. Y sólo entonces vea todo el asunto desde otro punto de vista.
Pero no importa. Porque quizás Aníbal haga bien al responderme como si yo realmente me sintiera solo y mal. Hay que dudar. Hay que dudar siempre. Hay que desconfiar de quienes hablan de sí mismos de forma categórica lanzando certezas a diestro y siniestro. De todos aquellos que afirman haber alcanzado equilibrios personales y plenitudes vitales propias de Übermenschen. De los que cuentan estar de vuelta de todas partes y conocer a todo el mundo. No permitáis que nadie os haga sentir inferiores sólo con su palabra. Preguntaros que miserias y servidumbres ocultan esos que hablan de sí mismos como si sus vidas resplandecieran por encima de la masa.
No me hagáis caso. No me creáis. Es sólo un blog.
Contrastes 13 Junio, 2007
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“¿Hablas de mí? ¿Salgo yo?” suele ser lo primero que me preguntan cuando cuento que escribo un diario. Algunas personas se sienten decepcionadas cuando lo repaso y les confirmo que no les menciono. No hay nada de extraño. Mi trato con algunas personas es cordial y mi relación de amistad con ellas es tan tranquila que no se genera ningún conflicto digno de mención. Escribo principalmente para reflexionar y aprender. Para desahogarme. Como en este blog.
Varias personas me señalaron en su momento lo mucho que les he hablado de ella, la chica con la que tuve mi primera relación seria. Y me llegó a preocupar. Porque comparé el tiempo dedicado a ella con el tiempo que dediqué a compartir lo que sentí y viví al lado de otras personas que sé que me quisieron más. Y a las que sin ir más lejos en este blog no les he dedicado ni una línea. ¿Serían los síntomas de algo que me negaba a aceptar? Tardé en comprender.
Las cosas buenas y sencillas no hacen ruido. ¿Qué épica hay en ver en compañía tu serie de TV favorita con un buen plato de comida? ¿Qué hay de especial en caminar en una calle concurrida y sentir que alguien busca tu mano?. ¿Cómo ayudar a comprender la avalancha de sensaciones cuando abrazas a alguien y hundes tu cabeza en su hombro mientras el mundo desaparece al cerrar los ojos?. ¿Cómo esperar que te tomen en serio al decir que simplemente escuchando buena música tumbado en la cama o en el sofá y apreciando cada matiz te ves transportado lejos? Y sin embargo, todo son experiencias extraordinarias. Todos esos momentos han resultado siempre tan íntimos que me da pudor compartirlos incluso en un blog anónimo.
Resulta que todos los momentos especiales vividos gracias a alguien te hacen abrir los ojos. Y tu relación con otras personas palidece. Sólo así comprendes lo egoísta, mezquinas o incapaces que fueron otras personas. Surge la rabia y la necesidad de comprender por qué fuiste débil y permitiste que te hicieran daño. Surge el impulso de escribir y hablar. Pero eso no significa que las personas buenas y los momentos especiales no existerion. Simplemente son un tesoro que no comparto con nadie. No hay nada que decir de la felicidad. No se puede hablar de ella. Sólo se vive.
Cuando muere la esperanza 8 Junio, 2007
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De adolescente me creía todo lo que la gente decía. Oía a una chica decir “¡Mi ex-novio es un cerdo! ¡No quiero volver a saber nunca más de ese cabrón!” y me resultaba sorprendente verla de nuevo con él a las pocas semanas. Oía a las chicas hablar del chico ideal y luego las veía con los malotes de barrio. Ni sensibilidad, ni ternura ni nada. La clave era tener un ciclomotor. Así que de quien primero aprendí a desconfiar fue de las chicas hastas volverme bastante cínico. De los chicos aprendí a desconfiar más tarde. Pero de eso hablamos otro día.
Recuerdo a una chica de mi barrio que se llevaba muy bien con uno de mis mejores amigos decir con 15 ó 16 años algo así como “¿Que si querría tener novio? ¡Por favor! Mi libertad que no me la quite nadie!”. Se llevaba tan bien con mi amigo que él tuvo que lidiar con los rumores y comentarios acerca de la relación entre ellos. Para mí eran el perfecto ejemplo de que era posible la amistad entre chicos y chicas. Tiempo después aquel amigo me contó que un día casi entre lágrimas ella le dijo “¿Pero no te das cuenta…?” No hace falta articular las palabras que quedaron en el aire.
La vida es una montaña de mentiras y una fuente inagotable son las relaciones con el otro sexo. O más bien la falta de. Si eres un empollón friki que suscita un nulo interés en el sexo opuesto tu vida se reduce entonces a tratar de convencerte que puedes vivir perfectamente con ello. Hubiera sido curioso que desde los 15 años a los veintipocos me hubiera dedicado a dibujar una gráfica con mi estado de ánimo en función de cómo me sentía capaz de afrontar la cuestión.
Cada vez que alcanzaba el grado suficiente de resignación ante la soledad o mi vida era lo suficientemente plena como para no sentir una imperiosa necesidad de estar con alguien me preguntaba si no era todo una forma de autojustificación. Siempre tuve la precaución de cuestionar mis motivaciones, ya que estaba convencido como Marx que el “ser social determina la conciencia”.
Pues ha pasado el tiempo. He tenido relaciones buenas, malas y regulares. Y ya nadie puede reprocharme que mis puntos de vista son producto de la inexperiencia o la envidia. He llegado a lo que se supone que es el estadio último de toda relación: La convivencia bajo el mismo techo con alguien. Es esa parte que sigue al final de todos los cuentos y nunca se relata. En mi caso he sacado conclusiones aleccionadoras que confirman lo que sospechaba: Soy inaguantable. He pasado demasiado tiempo solo. Mi vida no es todavía como yo quiero que sea y se nota demasiado en mi ánimo. No soy todavía el que quiero ser. Mi trabajo basura de sub-mileurista me roba demasiadas energías y humor. No me imagino a nadie siendo feliz a mi lado mientras las cosas sigan como están en mi vida.
De pronto, por primera vez en mi vida no anhelo tener pareja. No sé si tendré suerte. No sé mis sacrificios tendrán recompensa. No puedo prometer nada a nadie. Ya no sirve de nada creer ingenuamente que algún día aparecerá alguien “que no se fijará en lo superficial, sino que mirará dentro”. Ahora sé que tal persona saldrá a la larga corriendo. Sin esperanza soy libre.
Prejuicios 5 Junio, 2007
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La vida social es un mercado con su oferta y demanda. Y a veces te ves obligado a vender barato y comprar caro. Sólo hace poco se me ocurrió dejar a un lado los detalles y pensar en las motivaciones. ¿Qué te impulsa a ofrecerte a escuchar las lamentaciones de una chica sobre qué poco la comprende su novio sabiendo que ella desaparecerá tan pronto su novio vuelva a hacerle un poco de caso? ¿Qué te lleva a sentir que hay algo terrible en pasar una tarde sábado sin que suene el teléfono? ¿Por qué deprime tanto estar en la cola de un cine rodeado de parejas dándose arrumacos? Hay múltiples motivos. Pero yo arrastro un prejuicio desde la adolescencia: Creo que hay algo inherente positivo y que es motivo de orgullo tener vida social con amigas. Cosa de empollón friki para el que las mujeres eran seres de otro planeta.
La construcción social de la masculinidad implica varias cosas: Vigor físico, habilidad con los deportes, arrojo, un cierto desprecio hacia los riesgos físicos y una triunfante promiscuidad heterosexual. Sobra decir que durante mi adolescencia suspendí en todos los apartados. Y como todo el mundo, por muy consciente que he sido de la artificialidad de los arquetipos sociales, he aspirado a encajar en ellos. De los deportes conseguí olvidarme tan pronto dejé de tener clases de educación físico. El resto costó más.
Pertenezco a la generación que vivía felizmente sin móviles ni programas de mensajería instantánea en Internet. La forma de quedar con alguien en aquel entonces era llamar a su casa y preguntar por esa persona. Una llamada de una chica era un acontecimiento. Recuerdo el día que teniendo alrededor de veinte años llegué a mi casa y mi madre me contó que había llamado una chica preguntando por mí. “¡No jodas!” exclamé. “Eh… Bueno, creo que era una chica” respondió ella. Dudarlo era lo más lógico.
Podría dar la fecha de la primera vez que una chica apoyó su cabeza en mi hombro. Le tengo apuntado en el diario. Sólo sería cuestión de buscar el cuaderno. Sé de memoria la fecha en que una chica por primera vez me propuso ir a tomarnos algo (23 de diciembre de 1998). Y si ambas situaciones tuvieron lugar fue porque era voluntario en una O.N.G. llena de chicas.
Estoy en una época de cambios. Creo que es hora de ir soltando lastre.