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Padre modelo 22 Mayo, 2007

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Necesitaba hacer un repaso de los errores cometidos en mi relación con un buen puñado de chicas que pasaron por mi vida. Haciendo autocrítica pretendía exponer su mezquindad, cobardía y egoísmo. Así nació mi Galería de Personajes. Pero supe desde el principio que en mi trabajo iba a encontrar muchos temas de los que escribir. Como por ejemplo, el padre de Iñaki.

Cuando lo conocí me pareció un tipo callado ajeno a las bromas que constantemente hacíamos en mi departamento. Mi jefe alguna vez intentó involucrarlo diciendo que yo había dicho algo sobre él. Y viéndolo siempre tan serio y tan concentrado en su trabajo me daba un enorme apuro que creyera que yo intentaba tomarle el pelo. Parecía muy serio y tenía ciertas responsabilidades. No era la clase de persona con la que uno quisiera complicarse la existencia cuando eres un novato de una empresa externa.

Pasó el tiempo y fui entrando en confianza con él gracias a las bromas de mi jefe. Lo primero que me sorprendió es que tenía un año menos que yo. A mí me parecía que tenía muchos más. Cuando yo llegaba a la oficina, él ya estaba ahí. Cuando yo me iba más tarde lo normal, a él le quedaban varias horas para llegar a casa. Entonces me enteré que iba a ser padre. Y empezaron mis preguntas y comentarios

-“Con tus horarios, ¿te has parado a pensar que vas a ser un padre ausente?“-Le solté a bocajarro un día.-Tu mujer se va tener que encargar de todo: Llevarlo a la guardería, recogerlo, llevarlo al médico cuando enferme.-
-.-Me contestó.-De hecho estoy ahorrando para el divorcio.-Su tonó pareció resignado y con buen humor. Me seguía la corriente.

Yo no sé cuánto ganaba. Pero no entendía qué clase de vida plena podía tener. Debía ser la clase de persona que cuando llegaba a casa después del trabajo, se duchaba, cenaba y se iba a la cama para levantarse y volver a la misma rutina. Una vida así no dejaba muchas energías para hacer algo productivo el fin de semana. Yo mismo sé que entre recoger la casa, lavar la ropa y hacer los recados pendientes se te va el fin de semana. No recuerdo si le comenté mis planes de futuro o mi forma de entender la vida. Sólo recuerdo que un día me preguntó con aire de suficiencia:
-¿Tienes coche que pagar? ¿Pagas una hipoteca? ¿Tienes hijos?-Respondí negativamente a las tres preguntas.-¿Entonces…?-Dejó la pregunta colgando en el aire. Pero yo respondí rápidamente:
-Espera, espera, espera… Que yo sepa nadie te pone una pistola en la cabeza para que seas padre, te compres una casa y un coche. Son opciones personales en la vida. Y yo he elegido.

No sé si fue en aquella ocasión o en otra cuando me contó que su mujer y él reconocían que habían tomado decisiones muy conservadoras sobre la vida siendo mucho más jóvenes y que ahora si tuvieran que tomar las mismas decisiones optarían por caminos menos convencionales. Llevaba en la empresa seis o siete años, y eché cuentas. Debía haber entrado pocos años después de licenciarse. Me contó que había conocido a su mujer en un curso de inglés en Irlanda. Recordaba aquel verano como el mejor de su vida. Y no me costó imaginarlo. Una pareja joven que quiere vivir juntos y entonces a él le ofrecen un trabajo en una gran empresa con posibilidades de progresar a largo plazo. Parece una oportunidad de oro porque él se imagina a sí mismo ganando una cantidad considerable de dinero a partir de un determinada antigüedad en la empresa. El dinero lo parece todo en ese momento y firma. Y sin saberlo firma vender su alma al diablo. La empresa le ofrece hipotecas baratas y un coche en leasing. Se va pasar buena parte de su vida laboral trabajando como un esclavo para devolver el dinero de la hipoteca a la empresa para la que trabaja y para pagar el leasing del coche.

Según fui teniendo confianza con él insití en el escaso tiempo que tendría con su hijo cuando naciera. Según él había decidico con su mujer que él se encargaría de bañar a su hijo por la noche. Unos pocos minutos de contacto entre padre e hijo al día. Yo bromeaba que algún día su hijo se asustaría al verle preguntándose quién era ese extraño que asomaba por la puerta. Hasta que un día le di mis consejos definitivos:
-“Siempre puedes compensar tu ausencia llevando a tu hijo a un centro comercial el sábado por la tarde. Le comprarás todos los juguetes y la comida basura que pida. Así paliarás tu sentimiento de culpa y convertirás a tu hijo en un niñato consumista que crea que los únicos límites a su voluntad sean sus caprichos. Finalmente tendrás noticias del director de su instituto el día que te llamen para contarte que tu hijo le ha dado una paliza a un profesor y la ha grabado con la cámara del móvil de última generación que le regalaste para compensar el no haber estado en la fiesta de su cumpleaños”-

A partir de aquí empezó a tomarse mis comentarios a cachondeo. Bromeaba con las hamburguesas XXL. Delante de los demás me pedía “ayuda” en la educación de su hijo. Yo le preguntaba haciéndome el inocente qué clase de educación pensaba darle a su hijo. Me contentó un día que simplemente se conformaba con que su hijo fuera feliz. Le di la réplica poco antes de que me cambiaran de lugar de trabajo. Con la mochila al hombre y a punto de irme le dije.
-“¿Y no te has parado a pensar que a lo mejor lo importante no es ser feliz sino hacer lo correcto?”.-No añadí lo que tenía en aquel momento. No quiero tener hijos, entre otras razones, porque no quiero educar a nadie en un mundo donde todo el mundo se empeña en ser feliz haciendo lo que le da la gana sin pararse a pensar en hacer lo correcto.

La soledad del corredor de fondo 17 Mayo, 2007

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El domingo volví tras un largo tiempo a correr. Había echado un vistazo a un plano del vecindario hace poco y sabía de la existencia de dos parques cerca de mi calle. Pero hacer ejercicio era una de esas cosas que fui dejando semana tras semana para otro día. Ahora los días son más cálidos y la luz del sol dura hasta más tarde. Así que el domingo salí a la calle a pasear y explorar la zona.

Mi peculiar sentido de la orientación me llevó a encontrar el parque que buscaba. Pero sentí la necesidad de caminar aún más lejos. Llegué a un lugar donde la ciudad parecía terminar y en el horizonte sólo se veía el campo y las montañas. Iba con los auriculares de mi reproductor MP3 a un buen volumen. Y entre la música y mi deambular solitario me sentí extraño.

En el primer parque encontré una zona de canchas deportivas y me pareció estar ante un catálogo Ikea de vida social: Matrimonios adultos paseando el perro, matrimonios jóvenes paseando un niño pequeño, grupos de inmigrantes jugando a la pelota, grupos de jóvenes sentados en un banco y bebiendo, parejas de adolescentes besándose sobre el césped… Un catálogo de vidas ajenas y extrañas. Nada de lo que la vida me mostraba allí me resultaba familiar o deseable. ¿Cuándo fue, por ejemplo, la última vez que quedé con un grupo de amigos para jugar a la pelota? Ni me acuerdo. Perdí hace mucho las referencias de cualquier grupo donde vivir la camaradería masculina.

Hay algo extraño en mi soledad. No se palia con compañía. Encontré el segundo parque y empecé a correr, solo y con un extraño desasosiego. Las metáforas son evidentes. ¿Para qué correr? me preguntó alguien una vez. No tiene nada que ver con la forma física, le respondía. No se corre con las piernas. Se corre con la cabeza y el corazón.

Y ahora les cuentas algo que no sepan de mí 14 Mayo, 2007

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El último cuatrimestre de la carrera tenía ya claro que me quería irme lejos de casa. Mi meta última era marcharme de España. Trabajaba y estudiaba a la vez con lo que estaba sometido a una presión tremenda. Llevaba toda la vida en casa de mis padres y me acercaba a la treintena. Sería la primera vez que viviera solo y lejos de todo mi entorno, dejando a un lado vacaciones y viajes. Entonces sentí las ganas de soltar el acelerador y el volante. Dejarme ir y estrellarme. Fracasar a propósito. Era la excusa perfecta. Nadie podría decir que no estaba preparado para vivir por mi cuenta y que no era suficientemente maduro si jamás me iba. Si no tuvieran lugar las circunstancias que me pusieran a prueba no podría haber fracaso. La cuestión es que aquella sensación duró muy poco, aunque era poderosa dentro de mí. El hecho es que me marché.

Por aquellos días cayó en mis mandos dos películas: El hijo de la novia y 8 Millas. La primera era una emotiva película argentina que todo el mundo alababa. Contaba la historia del dueño de un restaurante totalmente enfocado en su trabajo que hasta que no sufre un ataque al corazón no se replantea las prioridades en su vida. Me pareció la enésima variación sobre el tema de siempre. La segundo en cambio era una película protagonizada por un rapero blanco al que nunca había prestado atención y que daba su salto a Hollywood. No sé qué me impulsó a verla. Quizás alguien me la recomendara. Y si resulta que si la película que conmovió a todo el mundo me dejó indiferente, la película de la que uno menos podía esperar me removió por dentro. La película, para variar, no contaba el ascenso a la fama de un alter ego de su actor principal. Presentaba la historia de un chico blanco pobre que sueña con llegar a alguna parte como cantante de rap pero mientras le suceden contratiempos se plantea si ha llegado la hora de tirar la toalla y aceptar la vida que tiene. Al contrario que en otras películas al uso donde al protagonista le mueve una inquiebrantable fe en sí mismo que le enfrenta a su entorno. Aquí el único que tiene los pies en la tierra es el personaje interpretando por Eminem.

La película tiene su clímax en una competición de rimas donde el protagonista alcanza la final. Antes de subir al escenario para actuar por última vez un amigo le felicita por superar la adversidad y tener el aplomo de enfrentarse al resto de concursantes a pesar de los problemas que pasa a enumerle. La cara del protagonista cambia abrumado con toda la miseria de su vida. Sube al escenario y entonces lo que hace es contar lo asquerosa es su vida: Es un blanco pobre que vive con su madre en una caravana, la banda de raperos rivales le dieron una paliza, su novia le puso los cuernos con uno de ellos… ¿Qué sabrá nadie por lo que ha pasado? Cuando termina le lanza el micrófono al otro finalista y remata “Y ahora, cuéntale a la gente algo que no sepan de mí” para marcharse aclamado por el público.

Repetí y vi la escena varias veces. Me pareció genial. La radicalidad y pureza del gesto: Ser uno mismo el que saca su propia mierda en público hasta no dejar nada que pueda ser usado en tu contra.

La experiencia me dice que las personas que me creen lleno de virtudes tarde o temprano se sitúan en el otro extremo. No tardo en decepcionar sus ilusorias expectativas. Mis pedos no huelen precisamente a rosas.

Creo que sólo puedo tener esperanza en alguien que conozca mis sombras y abismos, y crea que a pesar de todo merezco la pena.

Terapia intensiva 12 Mayo, 2007

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Una vez una ex-amiga alternativoguay puso cara de verdadera sorpresa cuando le comenté que no consumía ningún tipo de droga y que jamás las había probado. Estábamos con una amiga suya, y las dos parecieron muy interesadas en mis razones que presuponían incomprensibles. El rarito era yo. Ahora pienso cómo es que no les devolví la pregunta para convertirme yo en el interesado en obtener una explicación razonable. La cuestión es que no he escuchado a nadie dar una explicación convincente de por qué consumen drogas. A pesar de los argumentos pseudointelectuales sobre expandir los sentidos y alcanzar un grado más alto de conciencia jamás he conocido a nadie que confesara haber descubierto gracias a las drogas cosas de sí mismo que le permitieron ser mejor persona o encarar la vida de una manera más positiva o simplemente fácil.

La verdad es que no recuerdo qué les dije a aquellas dos chicas. Sé que no me explayé. Y que si les hubiera contado algunas de mis razones sinceras no las hubieran entendido. Las drogas me resultan innecesarias. Obtengo resultados parecidos por vías diferentes. Y una de las principales es la música.

Hay música que es como un refugio al que acudir cuando se necesita. No falla. Por eso Beethoven es el fiel Ludwig. Y hay canciones que quedarán por siempre asociadas a una fecha, un lugar y unas circunstancias: La versión en directo de “Running to stand still” de U2 y mi último año en el instituto; “Runaway Horses” de Philip Glass y los años comprendidos entre el instituto y la universidad; subí la escalinata de mi facultad el primer día de clase en la universidad con “Father Kolbe’s Preaching” de Wojciech Kilar en mi mente. Recuerdo estar un día de mi primer año de carrera tumbado en la cama con la luz de la mañana inundado mi habitación y escuchando “O sonho” de Madredeus. Eran los tiempos en que había empezado una nueva etapa de mi vida llena de promesas.

Recuerdo también los últimos meses de carrera, en los que compaginaba estudios y trabajo. Robaba horas al sueño para cumplir con ambas obligaciones sin poder nunca rendir en ninguna al 100%. Y acompañaba aquellos momentos de tecleo febril ante el ordenador con canciones como “Prophesy” de Nitin Sawhney o Shohmyoh de la banda sonora de la película Akira que reflejaban mi estado de ánimo. Música que me altera, me acelera el pulso y el ritmo de la respiración, y que yo escuchaba a todo volumen. Ayer fue uno de esos días en los que te ves superado por las circunstancias. Obligas a tu cuerpo a ignorar el cansancio y la falta de sueño. De madrugada sientes un abatimiento que te impulsa a desplomarte en el suelo para echarte a llorar porque no das más de ti. Por el día, según se acerca la hora de enfrentarte a lo que te da miedo, la angustia te atenaza la garganta, te oprime el pecho y te revuelve el estómago. Y entonces, el milagro.

Fluyo…
Soy la maravilla
el país de Alicia.

Magia. Improvisación. Todo sale rodado. Minutos de gloria ante tus semejantes que valen más que cualquier otra cosa. Y en esta ocasión, la segunda en semanas, salí a la calle en una tarde soleada con el reproductor MP3 a un volumen insano en mis orejas escuchando a Tote King cantar “Hoy es el primer día del resto de tu vida”.

Cerca de la ventana
buscando el aire
soltando vapor.
Ciego como una bestia
nunca he estado mejor.

Música. No necesito otra cosa.

Reposición de una vieja serie de TV 10 Mayo, 2007

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Reponen en mi canal de TV favorito una vieja serie. Se titula “Bienvenido a los peores días de tu vida”. Creí que había visto ya todos las temporadas emitidas, pero la productora de la serie ha decidido lanzar nuevos capítulos. El protagonista es el mismo de siempre. La novedad en esta temporada es el plantel de secundarios totalmente diferente.

Es curioso ver al protagonista de nuevo. Le han brotado algunas canas y se le ve cambiado. A veces no lo reconozco. Pero en el primer capítulo dejan claro que la historia no continúa en el punto donde la última temporada terminó. Ha pasado el tiempo, aunque las trama se parezca. La gracia de esta temporada es ver al protagonista enfrentarse a situaciones parecidas con el bagaje de lo vivido y aprendido.

Hay una frase que el protagonista suelta al principio del primer capítulo y que me sonaban de algo: “No eres verdaderamente libre hasta que no has tocado fondo de verdad”. Me resultaba familiar. Y por fin he encontrado la referencia:

Propósito de enmienda 8 Mayo, 2007

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Llevo demasiado tiempo diagnosticando el mismo problema en mi vida social. Tiendo a permitir que chicas con novio establezcan relaciones parasitarias conmigo.

Sus novios son más guapos, más fornidos y más varoniles que yo. Tienen carisma y un buen futuro profesional por delante. Pero, ¡ay!, no las entienden. Ellas les hablan de sus inquietudes o de sus sentimientos pero ellos están demasiado ocupados con Internet, la Playstation o un DVD. Ellas les llevan a ver cine de autor con subtítulos y a la salida, tras tener que despertarlos, ellos salen refunfuñando. Entonces entro yo. Soy el amigo comprensivo. El amigo hombro. El amigo paño de lágrimas. El amigo que habla de cosas que no salen en el Telediario.

Mis contactos con ellas siguen las oscilaciones de la vida de pareja. Cuando no sé nada de ellas puedo estar seguro que pasan una buena racha con el novio. Sus propuestas para quedar suelen empezar con un “¿Quedamos para tomar un café? Tengo una resaca enorme de la fiesta que anoche monté en su piso” Yo soy lo suficiente discreto para no preguntar qué me convierte en la clase de amigo que no se invita a una fiesta. En las ocasiones en que su novio está delante, la cordialidad y la simpatía desaparecen. Cualquiera diría que era la misma chica que en aquel mismo sofá me había confesado lo sola que llegaba a sentirse.

Cuando las presionas y les obligas a preguntarse por qué siguen se ponen a la defensiva. Entonces te glosan las virtudes de sus novios: Son guapos, son buenos en la cama y ellas.. están enamoraaaaadas. Comprendes entonces que para ellas el novio es como para muchos hombres el coche. Algo que poco importa su utilidad, comodidad y prestaciones. Lo importante es el aspecto. Poder salir a la calle con la cabeza alta y provocar envidia entre las personas de su mismo género.

Esta semana he descubierto que no soy el único. Tote King describe la situación en una canción de su último disco:

Y dándole vueltas al asunto decidí que iba siendo hora de tomar medidas para no permitir que volviera a suceder. Pero pasaron cosas imprevistas. Una amiga me contó lo desanimada que se encontraba viviendo fuera de España. Que su novio se volvía pronto e iba a quedar sola. Reiteró la invitación a verla. Consulté precios. Y en unas semanas me escaparé a Amsterdam. Ver Holanda en primavera bien vale la pena. Tuve noticias también de otra amiga. Su madre está en la UCI y se iba a la mañana siguiente en avión a verla. Mientras me lo contaba fue hilvanando una vez más sus sensaciones de soledad a pesar de vivir en pareja. Al menos esta vez pareció dar un paso más que la última vez. ¿Y qué podía hacer yo? Le dije que me podía llamar a cualquier hora del día o de la noche en que necesitara hablar. Aunque fuera de madrugada. ¿Suficiente? El domingo mi compañera de piso volvió después de una semana fuera. Tenía a una tía hospitalizada tras un accidente. Y tras ver el último capítulo de House emitido en USA le caían lágrimas. Terminé abrazándola aunque no debía.

¿Por qué a pesar de todo? Woody Allen lo sabe: