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El inconfudible estilo sueco en muebles 22 Mayo, 2006

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La conocí en una fiesta de estudiantes Eramus. Me llamó la atención por ser sueca. Años de landismo pesan. Al poco tiempo coincidimos en otra fiesta y allí me presentó a una amiga que pasaba unos días en España antes de recalar en Sudáfrica como estudiante de intercambio. La amiga rumbo a Sudáfrica pensaba detenerse en Kenia y Tanzania. Algo que decía bastante de la diferencia de poder adquisitivo de un estudiante universitario español y de un estudiante sueco.

En aquella segunda fiesta le perdí la pista. Hasta que llegó a donde yo estaba contando su entusiasmo por haber conocido a un chico argentino. Me enseñó el poema que él había compuesto para ella. Se trataba de tres versos de un número de Les Luthiers, El Rey Enamorado:

Por ser fuente de dulzura

Por ser de rosas un ramo
Por ser nido de ternura, oh, María, yo te amo

Aquello era comparable en patetismo y caradura a un adolescente tratando de ligar haciendo pasar por suyos poemas de Gustavo Adolfo Bécquer. Yo le desengañé sobre la originalidad de los versos compuestos en su honor. Pero al final de la noche los versos hicieron efecto. Un compañero de piso que había ido a aquella fiesta conmigo me miró con resignación: Hay quienes siempre se salen con la suya. Tiempo después me la encontré y me contó decepcionada que el argentino había resultado ser un imbécil: ¿Tú cómo lo supiste desde el principio? me preguntó intrigada.

Empecé a coincidir con ella de vez en cuando en la oficina de unos conocidos donde le ayudé a encontrar trabajo. Sobra decir que no me lo agradeció. En su ausencia conté un día el episodio de los versos de Les Luthiers mostrando contrariedad y sólo conseguí que me creyeran movido por el despecho. He de confesar que las suecas con hombros más masculinos que los míos, vestidas de Pippi Långstrump pija y que los domingos al levantarse son incapaces de recordar que hicieron la noche anterior no son mi tipo. Por no hablar de la manía de hablar en falsete como una niña de cinco años o aquella rídicula mariposa tatuada en la espalda. Ellos no entendía que actúaba como fan de Les Luthiers y no como un hombre despechado.

Un día tuve oportunidad de decirle que suponía que conseguir un empleo en Suecia es algo nada reseñable. Pero que en España cuando alguien te ayuda a conseguir un empleo al menos le das las gracias. La conversación terminó de una forma absurda con ella derramando lágrimas y diciendo que yo hacía que se sintiera una persona horrible. Sus intentos de tender puentes conmigo sólo conseguían ponerme a la defensiva. Tiempo atrás ella me había explicado que aspiraba a tener amigos alfombras. “¿Alfombra?”, pregunté extrañado. “Sí, como una alfombra mullida y cómoda a tu lado cuando estás frente a la chimenea”. Tiempo después comprendí todos los matices de la idea: Un alfombra es un objeto de decoración tirado en el suelo que acumula suciedad.

Trató de arreglar las cosas invitándome a cenar en un restaurante exótico. Pagó ella. Terminamos bebiendo en un bar de barrio. Y allí se me sinceró. Llevaba una vida promiscua como estudiante Erasmus. Pero sólo había conseguido sentirse sola y vacía. La vida anónima en una gran ciudad de un país de una cultura ajena se le hacía a ratos muy duro. Lloraba a solas en su habitación, y cuando coincidía en las zonas comunes con sus compañeros de pisos nadie parecía notar nada a pesar de sus ojos acuosos. Había decidido sólo tener relaciones superficiales e intranscedentes porque había llegado a la conclusión que no merecía tener nada serio con los hombres. Y lo que esperaba de mí era que yo fuese ese amigo con quien charlar, ir al cine y compartir paseos los domingos por la tarde. Nos despedimos con un abrazo que me reveló lo necesitada de afecto y triste que se sentía.

Lo procesé todo de forma muy lenta. Yo también estaba solo y necesitado de compañía en la gran ciudad. Pero según fui alejándome del portal de su casa lo que ella acaba de ofrecerme se me reveló en su cruda realidad. Aquella sueca había llegado a España saltando de cama en cama de imbéciles de toda especie. Y tras acumular muchas malas experiencias en relaciones superficiales no había llegado a la conclusión que quizá debería buscar una relación que sí la satisfaciera con otra clase de hombres. No. Ella había decidido que el cariño, la complicidad y atención se los aportara yo. Mientas pensaba seguir con su vacía e insatisfactoria vida amorosa con tíos que no me llegaban a la suela de los zapatos. Quería un amigo eunuco, un empollón friki asexuado e inofensivo. Quería el Happy Meal sin comprar el MacMenú. Y una ola de indignación se abrió paso por mi mente. Rompí toda relación con ella.

Lo último que supe de ella es que andaba con un chico cuyo tabique nasal a largo plazo no parecía tener mucho futuro. Y que seguía quejándose de los hombres. Típico caso de niña pija con vida social autodestructiva. Un estereotipo que como veremos se ha repetido en mi vida.

Marx y el sexo 20 Mayo, 2006

Posted by No Blog in Personal.
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Una vez la novia de un compañero de clase me quiso conocer. Eran los tiempos en que yo estudiaba Formación Profesional, y en aquel ambiente hípermasculino donde escaseaban las sutilezas los puntuales destellos de mi sentido del humor y mis inquitudes intelectuales llamaban la atención. El encuentro con ella tuvo lugar una noche para mí memorable en el que salí un sábado con mis compañeros de clase. Éramos una tertulia de amigos que por efecto del alcohol, o por una verdadera conjunción casual de ingenios, recuerdo especialmente mordaz y divertida. Aquella noche me divertí bastante.

La novia de amigo esperaba conocer al chico intelectual y profundo del que le habían hablado. Pero aquella noche yo no tenía ganas de hablar de nada serio. Corté de raíz sus intentos de debatir temas que le interesaban. Y la despaché con un puñado de afirmaciones categóricas. Había asuntos que para mí no era materia de debate. Eran de una cierta manera. Y no había más de qué hablar.

Mi amigo me contó días después que su novia se había sentido herida en su orgullo por la manera en que yo la había tratado. Ella había acudido con la esperanza de presencia el show del empollón friki de conocimientos enciclopédicos y reflexiones sesudas, y se había encontrado a un tío borde echándose unas risas con los amigos en torno a una mesa llena de botellas vacía de cerveza. ¡¡Ese chico lo que necesita es un buen polvo!! sentenció ella. Y cuando me lo contaron me reí bastante. Era una terapia a la que gustoso me hubiera sometido.

Pasaron muchos años hasta que descubrí que ella se equivocaba. Siempre he tenido la certeza de que el ser social determina la conciencia. Y nunca me atreví a expresar en voz altas ciertas ideas porque pensaba que podrían en el fondo no ser más que una autojustificación. Pero hubo mujeres que formaron parte de mi vida. A algunas prefiriría olvidarlas. Otras dejaron una huella imborrable. Hubo sexo bueno, malo y regular. Y mis ideas sobre tantas cosas siguieron siendo las mismas.

Pasé la prueba. Y creo que ya puedo hablar sin tapujos de tantas cosas. Nadie podrá decir que actúo por despecho o resentimiento. Creo que es el momento de mirar atrás. Será divertido.

Un fantasma en mi móvil 5 Mayo, 2006

Posted by No Blog in Galería de Personajes.
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Cuando cambié de móvil descubrí un par de cosas curiosas. Una es que en el buzón de entrada de mensajes de texto aparecen unos cuantos que no aparecían en el de mi viejo móvil. Yo juraría haberlos borrado, pero de alguna manera quedaron en la tarjeta SIM. Es como si esta última tuviera más capacidad de memoria que el móvil viejo.

La segunda es más extraña y para mí inquietante. Cada vez que termino de escribir el texto de un SMS y le doy a enviar me sale por defecto como destinatario un número de móvil que borré de la agenda en el verano de 2004. Un número que he sido incapaz de olvidar (¿cómo se olvida uno de algo a propósito?) a pesar del tiempo transcurrido.

No sé si es una característica del móvil que puedo cambiar. No tengo el manual a mano. Pero me preocupa que un día dándole a los botones demasiado rápido envíe un SMS destinado a otra persona precisamente a ella. Procuro tener especial cuidado cuando mando mensajes del tipo "hace tiempo que no sé de ti ¿cómo te va?" o "a ver si nos vemos un día de estos". Por no hablar de otros SMS que expresan sentimientos o intensiones hacia el destinatario más… intensas.

No niego que en este tiempo me tentó la idea de querer saber de ella. Pero nunca fue una curiosidad malsana. Tampoco inocente. Para ahorrarme complicaciones, en los momentos que más cercano estuve de dar el paso, me decía a mí mismo: "Más adelante. No es el momento". Me imaginaba entonces que el momento llegaría estando yo en algún lugar de los que soñamos visitar juntos, para desde allí mandarle alguna postal pretendidamente inocente con un mensaje grandilocuente. O que llegaría cuando mi vida empezaría a paracerse a lo que siempre deseé. Pero nunca se me escapó que hacer tales cosas en momentos de aparente plenitud sólo reflleja la propia debilidad: Tu vida llega a un punto culminante y tú sientes que tienes que saldar cuentas con un pasado lejano y doloroso. ¿Tan importante sigue siendo ella, que llegado tan lejos o tan alto tienes que hacérselo saber?

Hacer algo así supone la paradoja de que uno siente la necesidad de restregarle a la otra persona sus triunfos y demostrarle lo mucho que ha cambiado para bien, suponiendo que la otra persona nos imagina que somos ahora tal cual éramos. Y en realidad somos nosotros los que mantenemos una imagen congelada en el tiempo del otro. Hacemos una llamada telefónica desde Estocolmo para jactarnos del premio Nobel recién obtenido y la otra persona nos cuenta que acaba de recoger un Oscar. O la oímos balbucear al otro lado de la línea en pleno mal viaje mientras su novio de fondo le pide dinero para otra dosis. Su fracaso vital sólo hace más patético que tú, en tu triunfo, sintieras la necesidad de hablar con ella.

Reconozco que tardé demasiado tiempo en romper el vínculo con ella en mi cabeza. No fue una cuestión del paso del tiempo. Sólo fui capaz de hacerlo cuando entendí qué me ataba. Sólo entonces pude soltar el lastre y reconciliarme conmigo mismo. Sólo ahora puedo hablar de todo ello con la suficiente distancia. El retrato de nostros en aquel tiempo no deja a ninguno en buen lugar. Pero por fin puedo reirme de todo aquello. Creo que ya es hora de contra muchas cosas y dudo que soy yo el que salga peor parado de todo ello.