Cerrando el círculo 1 Junio, 2008
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Empecé este blog para ajustar cuentas con el pasado. Quería hablar de mi vida social. Y quería hablar de ciertas mujeres que se cruzaron en mi vida para una vez asumidos todos mis errores sacar alguna lección. Pero cuanto más escribía del pasado más me daba cuenta que en realidad describía círculos sobre un mismo tema sin atreverme a tocarlo. Necesitaba más que saldar cuentas con el pasado saldar cuentas con un cierto pasado.
El primer paso lo di el día de su cumpleaños. Después de haber pasado casi tres años desde que decidiera hacerla desaparecer de mi vida le mandé un SMS pretendidamente mordaz. Terminamos hablando por teléfono y, como siempre, se comportó conmigo como si yo resultara alguien importante y único en su vida. Habló de sus muchas ganas de hablar conmigo de tantas cosas. Y como siempre pasó el tiempo y no supe nada de ella.
De vuelta de las vacaciones hice una parada en su ciudad y ya que iba a estar un día allí le propuse quedar. Hablamos largo y tendido y sólo me atreví a abordar el tema cuando faltaba media hora para que mi autobús saliera. Fue la primera vez que le oí pronunciar las palabras que más deseé en su momento escuchar. Que ella por fin había entendido el papel que todos, también ella, habíamos jugado en aquel culebrón adolescente. Le oí por primera vez hablar con franqueza de sus errores y supe que sólo al final había entendido al fin las intenciones y la naturaleza de los otros.
Como todo en mi vida llegaba tarde y mal. Ya nada podía cambiar y por un instante los dos sentimos la desazón ante la duda de qué hubiera sido de nosotros si ella hubiera entendido las cosas a su momento. Cuánto dolor y cuantas idioteces nos habríamos ahorrado. Una vez más, pareció que algo especial nos unía más allá de que nuestras vidas fueran tan diferentes y recorrieran caminos tan distantes. Supe aún así, tomármelo como todo lo que provenía de ella con cautela. Pero por primera vez en años sentí que una herida quedaba definitivamente cerrada. Por primera vez ya no sentía rencor y no sentía que algo del pasado me quemaba por dentro.
Apenas volví a saber de ella, así que a los pocos meses acepté la invitación que quedó en el aire y me planté en su ciudad. Aquel largo fin de semana que me quedé en su piso redescubrí todas las cosas de ella que me gustaban. Casi las había olvidado de tanto contar el relato de lo que viví a su lado y convertirla en un personaje caricaturesco. También redescubrí todo aquello de ella que me sacaba de quicio. Pero sobre todo, que uno y otro están indisolublemente unidos.
Volvimos a vernos en Navidad. Comprendí cosas nuevas que me hicieron darle vueltas a la fascinación que sentí en su momento por el mundo al que ella pertenecía. Las cosas desde luego han cambiado. Porque ahora no albergo ningún anhelo oculto de entrar en mundos ajenos, sino en hacer el mío más habitable y fascinante.
Este fin de semana se suponía que íbamos a vernos. Yo cruzaría media España para verla actuar en un festival internacional de teatro. Pero desistí de hacerlo tan pronto intuí que iba a ser una encerrona. Yo iba a estar de más allí. Lo viví cuando éramos pareja. ¿Cómo no iba a volver a pasar ahora? Y me sorprendo a mí mismo sintiendo que ella podría diluirse hoy en las nieblas del pasado y no lamentarlo.
Quería con este blog saldar cuentas con la vida social que llevé cuando me mudé a esta ciudad, con las mujeres que pasaron por mi vida sin dejar huella, con ella… Ya lo he hecho. Y ahora mismo mi vida es otra cosa. El círculo se ha cerrado y toca cerrar este blog.
Soy uno de esos 31 Mayo, 2008
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Leyendo el blog de una madre estadounidense que educa a sus hijos en casa (“homeschooling”) me llamó la atención que contara su especial empeño en que uno de sus hijos aprendiera a estar absorto en sus pensamientos. ¿Hace falta que te enseñen a hacer eso?
Cuando llegué a mi empresa encontré que me aburrían enormemente las charlas de sobremesa. Empecé poniendo excusas para levantarme de la mesa para pasar el resto de la hora de la comida paseando o leyendo. Finalmente, un día, salí a comer por mi cuenta. A la vuelta alguien me pidió disculpas por no haberme consultado para coordinar nuestros turnos del almuerzo. No lo decía porque hubiera sido una descortesía no tenerme en cuenta, sino que por sus palabras comer solo fuera unz experiencia a evitar a toda costa.
Desde aquel entonces muchas veces me he fijado en que soy de las pocas personas de la empresa que come sola. Una vez, en el descanso de media mañana, capté una conversación suelta a mis espaldas en el que alguien con tono de guasa llamaba la atención a quienes estaban con él sobre mí. Yo estaba en el comedor sin comer ni beber. Me limitaba a mirar por los amplios ventanales y de vez en cuando leía las noticias de Internet en mi móvil.
Y aquella historia de la madre que enseñó a su hijo a estar entretenido con sus pensamiento me abrió los ojos. Qué difícil resulta a la gente normal entender ciertas cosas. Alguien hace poco me lanzó la frase “¡Estarás siempre solo!” como si se tratara de una maldición bíblica. Por “siempre solo”, claro está, se refería a no tener pareja. Si le hubiera contestado le habría dicho que eso no me da miedo. Que lo que me preocupa es no llegar a vivir una vida plena y feliz, no conocer gente interesante de la que aprender cosas y no poder compartir mis inquietudes con mis pares.
Contaba el otro día la paradoja. Para evitar la hostilidad tuve que fingir que era un tonto o un loco. El truco estaba en aprovecha la incredulidad de la gente ante la idea de que se puede sentir pasión por los libros, ciertas músicas, por ver mundo… alejado de los gustos corrientes. Y su incapacidad para ver que hay una vida más allá de sus gustos e inquietudes les hace pensar que los que no somos como ellos estamos condenados a una vida de soledad, hastío y frustración. Quien me vaticinó una vida de soledad llegó a la conclusión de que mis inquietudes intelectuales y culturales eran sólo un intento de distinguirme de quienes me habían rechazado. Que mi afán de conocimiento era una forma de controlar una realidad que escapaba a mi voluntad. Que yo llevaba una vida triste y atormentada porque me odiaba a mí mismo y a mí manera de ser. Y que la gente a mi alrededor compartía su punto de vista. ¡Que yo quería ser como el resto!
Realmente me gustó vivir a tu lado, niña.
Me encantaba tu cuerpo, tu espíritu y tu ropa.
Pero, ¿ves esa fila que está entrando en la estación?
Te lo dije. Te lo dije. Soy uno de esos.
Rarito 22 Mayo, 2008
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Cuando tenía quince años participé en un juego en el que tuve que escribir en diferentes pedazos de papel las cinco cosas que más deseaba en la vida. Durante el juego tuve que ir desechándolas hasta quedarme sólo con una.
Creo que aquel pedazo de papel con el que me quedé debe andar en alguna caja en casa de mis padres. Recuerdo perfectamente las otras cuatro. Una de ellas era “respeto”. Creo que fue una de las primeras que terminó en la papelera. Aguantar las burlas, la condescendencia y el desprecio de los demás por ser un empollón friki se convirtió en otro ritual de paso más en mi vida.
Con el tiempo comprendí que la gente se sentía intimidada por alguien más culto y brillante, sobre todo cuando ocupaba posiciones por encima de mí en una jerarquía. Así que encontré una forma de que no me tomaran por un pedante: Que no me vieran como una amenaza y que no me envidiaran. Me convertí en un payaso a propósito ante sus ojos. Un tipo extravagante y taciturno.
Sé que adoptar el rol se convirtió en un arma de doble filo. Yo que he anhelado toda la vida respeto tuve que convertirme en bufón para que me toleraran. Ser aceptado así era el camino obvio. Pero aproveché algo que ya estaba ahí. Aproveché la incapacidad de la gente de creer que alguien puede apasionarse por la música pakistaní, leer un tocho en inglés sobre algún tema de actualidad o lanzarse a viajar rumbo a lo desconocido con una mochila a cuestas. Veía que cuando la gente acude a consultarme alguna duda sobre materias de la más básica cultura general su explicación a que yo tenga la respuesta tiende a ser que se trataba de una materia bastante oscura y que sólo alguien con un conocimiento enciclopédico podía tener la respuesta. Disculpaban su ignorancia, su miedo y su mediocridad al compararse conmigo considerándome un pobre loco.
En el fondo nunca fue mal negocio. Me di cuenta que de quien neceistaba respeto era de mis semejantes. Con el resto conseguí algo: Espacio y tranquilidad. He podido hacer lo que me ha dado la gana muchas veces sin tener que dar explicaciones. “Él es así” decía la gente mientras se encogía de hombros. Muchos me tomaron por tonto y mostraron antes de tiempo su cartas conmigo. Por lo general me subestimaron. Y eso me permitía decir a la cara de muchos lo que pensaba en realidad de ellos entre risas generales. “Él es así” decía la gente.
Disimular y no ser yo mismo pasa factura. Pero me evita un mal mayor: Que se me escape el decirle a la cara a la gente lo que realmente pienso de ellos.
When it rains 21 Mayo, 2008
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Algún día, cuando mire atrás, pensaré que este día que acaba fue el comienzo de todo. El punto en que dejé de ser una promesa y un aspirante a algo y que empecé a ganarme la vida con aquello que me apasiona. Ya no seré un friki que se entretiene con temas raros. Ahora seré un analista. La gracia es que mañana no pasará nada. Todo seguirá siendo igual a pesar de que, como todos, sueñe con que llegue el día en un golpe de suerte me permita salir por la puerta de la oficina para no mirar atrás jamás. Lo que he conseguido hoy sólo es un sobresueldo y que mi nombre salga impreso en papel. Es sólo el comienzo. Pero nadie más que yo sabe lo que significa haber llegado hasta aquí.
Hoy creí que merecía la pena celebrarlo. Y salí de la oficina a la hora de comer para encontrarme un chaparrón de agua. Miré y me dije “sólo es agua”. Guardé las gafas, subí la cremallera de la chaqueta hasta arriba y salí a la calle con gesto decidido bajo la lluvia.
Fue extraño caminar bajo la lluvia viendo a la gente buscando refugio en los portales mientras el agua me empapaba el pelo y la cara. Cuando leí aquel el correo y tras cruzar el umbral de la oficina solté un “sí, sí…” enérgico seguido de varios tacos. Le di una patada a un muro. El mismo gesto que se me escapa cuando estoy realmente furioso. En cambio caminando bajo la lluvia en busca de un cajero para pagarme un buen almuerzo sólo sentía la calma que da la sensación de plenitud. Miré atrás pensando en los esfuerzos, los miedos y las dudas. Siempre lo hago cuando las cosas salen bien. Miro atrás, como quien desde lo alto de la montaña observa el camino de ascenso y recuerda las penalidades.
Mientras esperaba sentado por la comida en un restaurante italiano miraba por los ventanales y veía el agua gotear en la esquina de una mesa de la terraza. Simples gotas cayendo con un ritmo aleatorio. Todo era tan intenso que contemplar aquellas gotas me resultaba bello e hipnótico. Estar bien porque las cosas salen adelante hace que todo sea bueno e intenso. Es tan simple como eso.
(Nota: Esta es la única reproducción de “When it rains” de Brad Mehladau que he encontrado en la red. Obvien las imágenes y el sonido que interrumple la música por un segundo].
El hombre en el castillo 19 Mayo, 2008
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El sábado por la noche salí. Una de esas ocasiones en que lo haces más que por ganas, por quedar bien con alguien. Y justo cuando llegué al centro de la ciudad pensé “Joder, si sólo tenía ganas de estar en casa. ¿Quién me mandaría a venir?” Es la clase de cosas que me solía pasar por la cabeza a mitad de la noche o al final de ella. Lo que me movía entonces era la sensación de que quedarse en casa un sábado por la noche era un acto de renuncia. Pero esta vez por primera vez en mucho tiempo sentí que lo que había dejado atrás al salir por la puerta era muchísimo más interesante que cualquier cosa que pudiera ofrecrerme el mundo externo. Y me alegré por ello. No recordaba aquella sensación de plenitud con mi mundo interior.
La semana pasada, no recuerdo qué día, me sentía hastiado en el trabajo sufriendo los pesados intentos de llamar mi atención de alguien rencoroso conmigo. Entonces, en un impulso, busqué alguna interpretación del Carmina Burana en Youtube. Allí estaba Seiji Ozawa dirigiendo a la Filarmónica de Berlín:
Y sentí cómo todo aquel vacío e inanidad desaparecían a mi alrededor. Un extraño regocijo difícil de describir. La Belleza se abría paso ante la mezquindad y la mediocridad. Pocas cosas en el mundo lo igualan. Y dándole vueltas a todo aquello me paré a pensar si todo aquel éxtasis no era más que la alucinación de un pobre demente: Un caudal químico anegando mi cerebro. ¿Tan simple es la vida que la felicidad es tan solo una alucinación neuronal? Tal como están las cosas ahora eso poco me importa.
Contra un muro de hormigón 13 Mayo, 2008
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Una vez una chica intentó ligar conmigo por el MSN Messenger. Yo la conocía por formar parte de la misma comunidad de bloggers. Ella era convencional, cursi y neurótica. Y su intento de seducirme fue realmente infantil. Terminó insultándome. Diciéndome que yo era una piedra incapaz de sentir nada y que viviría enternamente infeliz. No me tomé nada en serio sus reproches. Sus palabras las tomé como la clase de cosas que salen de la boca de alguien cabreado. Sé que le movía el rencor y el despecho.
Me quedó la duda sobre qué pudo llamarle la atención de mí. Éramos completamente diferentes. En mi contacto esporádico por Internet con ella no recuerdo nada en común. Es algo que vi alguna vez repetido en el mundo real y terminó de forma parecida. Todas terminaron soltándome la misma sarta de reproches. Se quejaba de que yo era… tal cual soy. Y nunca entendí. Juraría que nunca fingí ni pretendí ser otro. Juraría que no hay que pasar mucho tiempo conmigo para comprender la clase de persona que soy. Y ellas se comportaban como consumidoras estafadas. O peor aún. Se sentían ofendidas por mi categórico desprecio a costas tales como las modas pasajeras y a los entretenimientos de masas insustanciales que ellas abrazaban con entusiasmo. Actúo así. Pienso así. Desde siempre. Y alguna que llegó a decir que le gustaban mis principios y mi integridad llegó incluso a tacharme de inflexible egocéntrico. Es lo malo de tener principios. No están en venta. No se despachan a gusto del consumidor.
En alguna parte andarán todas ellas. Dudo que alguna dedique un solo pensamiento a mi persona. Y si tal cosa sucediera me imagino las barbaridades sobre mí que saldrán de su boca. Lo asumo con cierta gracia. Dudo mucho que alguna llegase a entender algo de mí. Quizás lamento no haberlas sabido tratar mejor. Quizás yo me sentía más soprendido, decepcionado y perplejo que ellas para saber cómo actuar. Lo que me inquieta es pensar que me engaño trazando una raya imaginaria que separe aquellas mujeres convencionales que pertenecían a un mundo ajeno del mío. A lo mejor yo siempre fui así con todas. Y que lo único que separa del resto a aquellas chicas simples y convencionales es que al menos se atrevieron a reprocharme en voz alto lo que otras quizás pensaron y nunca dijeron.
¿Quién es el tonto? 28 Abril, 2008
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Tener vida social con gente normal es una fuente inagotable de anécdotas descacharrantes.
Una chica te cuenta que un fin de semana sin salir por la noche es para ella una tortura indescriptible. “¿Tú sabes lo que es quedarte un sábado por la noche en casa sin otra cosa que hacer que ver la tele?” Ante eso sólo se me ocurre añadir “¡Qué horror! ¡Podrías caer en la tentación de abrir un libro!”. Entonces otra cuenta el problema que supone elegir un regalo para el cumpleaños de su madre, una ávida lectora. “Es que yo no he leído un libro en mi puta vida”, explica.
Y hasta aquí lo de costumbre. Podría despachar el asunto con mi ironía habitual. El problema es estar no rodeado, sino completamente rodeado de gente normal para la que cualquier marco de referencia habitual para un tipo como yo resulta una cosa ajena y absurda. Y entonces te ves obligado a explicar qué interés tiene pasar tiempo en posición horizontal en tu cama con un pila de hojas de papel con letras impresas agrupadas en una cubierta de cartoné y a los que los humano llaman “libros”.
“¿Eres capaz de entretenerte con esas cosas llamadas libros?” pregunta una. “Pues a mí también me gusta pasar tiempo en posición horizontal, pero en un sofá y viendo la tele” viene a decir otra que cree haber descubierto cierto paralelismo en las aficiones de ambos. Sin embargo no lo termina de tener claro del todo. La oferta de programas en la tele la convierte para ella en un entretenimiento muy superior a esa cosa llamada “libros”. Y tú te ves obligado a explicar qué clase de place supone tragarse el equivalente en novela o ensayo de la guía telefónica.
No deja, sin embargo, de ser un ejercicio interesante. Porque cuando estás solo y tus escasas conversaciones las mantienes con gente con la que compartes puntos de vista das demasiadas cosas por hecho.
Trato de explicarle a alguien que los principios son el marco rector de mi vida. Me siento casi un idiota porque soy incapaz de hacerme entender. Y caigo entonces en la cuenta lo extraño que resulta para alguien que otro le cuente que tiene algo en su cabeza que le impide hacer muchas cosas. Esa es lo único que consigo explicar. Que hay algo en mi cabeza que me impide comer en un McDonald’s o lamer culos para prosperar. Y cuando pienso que me declaré voluntario para matar y morir por unos valores y principios la cuestión alcanza un nivel entre trágico y cómico. En momentos así la idea de que los principios son ficciones necesarias para darle sentido a lo que hacemos me resulta más evidente. Son pequeñas ilusiones a las que aferrarse. Y casi parece que ser una veleta es signo de cordura. Casi.
Trato de explicarle a alguien cuánto me desagrada el mundo tal cual es. Intenta convencerme de que una solución es dejarse llevar y abrazar con entusiasmo la compra de pequeños momentos de felicidad. Le cuento mi negativa a transigir frente a la mayoría y otras muchas cosas. Y entonces se le ilumina la cara. “¡Tú quieres cambiar el mundo!”., dice con la satisfacción de quien ha desenmascadado a un peligroso saboteador y el asombro de quien escucha a un pobre demente. Y asiento con la cabeza. “Sí, sin importar si triunfo o perezco en el intento”
El día de la marmota 28 Abril, 2008
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Cuando llevaba un tiempo en esta ciudad sentí que las cosas no funcionaban. Sentía una inmensa soledad, no me llenaba nada de lo que hacía y no albergaba grandes esperanzas sobre el futuro.
Le encontré explicación a todo. Vivir en una gran ciudad te convierte en un ser anónimo que sufre la falsa impresión de que todo el mundo sabe a dónde va y se lo pasa mejor que tú. Allá en casa de mis padres tenía gratis cama y comida en una casa limpia, algo que tener hoy me cuesta dinero y tiempo. Salir por las zonas de bares de la pequeña ciudad de provincia donde vivía suponía encontrar en cada esquina a una cara conocida. Encajaba en una red invisible que me hacía sentir que pertenecía a un lugar. Aunque no me gustara. Aunque sintiera que no encajaba en él.
Vine a una gran ciudad a estudiar un posgrado que no colmó mis inquietudes intelectuales y mis expectativas laborales. No encajé con mis compañeros, que pronto se dispersaron. Unos por España y otros por medio mundo. Compartí piso con estudiantes europeos que venían a España a vivir intensamente unos meses lejos de casa. Los fines de semana que no estaban de fiesta hacían alguna escapada. Su existencia contrastaba enormemente con la mía.
Así que todo parecía proporcionar una explicación razonable. Era el entorno. Era la gente que me rodeaba. Y mientras, recibía ánimos de conocidos que decían que por mis talentos algún día llegaría lejos. Que yo fuera pesimista se trataba de un rasgo de mi carácter.
No sé cuándo hice uno de esos procesos de arqueología mental que te lleva a explorar qué pasaba realmente en tu cabeza en un momento pasado de tu vida, mucho más allá de ese relato que vas construyendo a lo largo del tiempo.
En aquel entonces ya estaba solo. Mis mejores amigos hacían su vida y les había empezado a perder la pista. No tardé mucho en desencantarme con la Universidad. Me aburría enormente en cualquier sarao. La gente se divertía con cosas que me resultaban aburridas o intrascedente: El alcohol, las drogas, la música comercial…Todo el mundo parecía tener una extraña capacidad para encajar y entablar amistad nada más llegar a un sitio mientras a mí me costaba encontrar a mis semejantes. El entusiasmo general por cosas que me aburrían me resultaba en aquel entonces tan misterioso como ahora. Me negaba a pasar por ciertos aros y pagué el precio. Ya fui comprendiendo en aquel entonces que no llegaban lejos los más capaces, sino los infatigables trabajadores grises, discretos y sumisos.
La vida parecía en aquel entonces, como ahora, un juego con unas reglas hechas por otros con las que nunca ganaría. De ahí que con 18, que 28 y con 30 sólo pensara en largarme lejos. Sólo que ahora dudo mucho que sirviera para algo.
Apunte para mis biógrafos 24 Febrero, 2008
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Siempre me ha llamado la atención que hay una generación española de artistas, intelectuales, académicos y periodistas a los que una educación religiosa les volvió marcadamente anticlericales. Son sobre todo hombres ya maduros que vivieron los tiempos de Franco y cuyos padres enviaron a un colegio de curas. Y cuando uno lee entre líneas en las entrevistas o esbozos biográficos intuye que se trataban de niños de familias pudientes que enviaron a sus hijos a los que por aquel entonces eran centros de educación para la élite. Y ellos, que llegarían a ser cineastas iconoclastas o militantes comunistas, posiblemente jamás reconocerían que aquellos profesores severos que les inculcaron la ortografía, el latín o las matemáticas con disciplina militar les dotaron de unas herramientas intelectuales que luego les harían despuntar en la vida.
Hace un tiempo alguien me calificó de “impenetrable”. Y mi primera reacción fue replicar que los mecanismos internos de mi mente eran sencillísimos. Me frené al pensar que ciertamente son así pero que quizás para un observador externo era difícil encontrar la coherencia interna de mis acciones. Y pensé que explicarlo todo no me llevaría más de un hoja de papel por delante y por detrás. Pero puestos a tratar de hacer comprender a alguien el puñado de ideas rectoras de mis actos empezaría por algo que a pesar de ser importante dudo que alguna vez haya contado.
Fui católico practicante hasta los 19 y supongo que pocos repararán en el poso que dejó aquello. La primera idea de muchos será pensar en la moral sexual pero nunca nadie vino a aleccionarme al respecto. Supongo que ser un friki apocado fue el perfecto terreno abonado para que ciertas ideas del cristianismo arraigaran en mí: Mansedumbre, estoicismo, resignación, humildad… En mí se produjo una combinación explosiva. Por un lado mis padres me mandaron a un colegio de pijos para que recibiera una buena educación. Creo que la obtuve pero salí de allí con un profundo odio de clase. En el instituto me vinculé a la parroquia de mi barrio donde un grupo de seguidores de la Teología de la Liberación me inculcaron el sentido del compromiso personal y la militancia.
Hay una parte de todo aquello que ha sido siempre un lastre. Machacarse a sí mismo por un obtuso principio de humildad no creo que a estas alturas tenga nada de bueno. Pero por otro lado, la firmeza moral y la creencia en llevar los principios hasta el final sé que también surgió de allí. La persona que me calificó de “impenetrable”, se asombró tras haberme perdido la pista, al descubrir que con más de 30 años me había presentado voluntario para defender ciertos principios con un fusil en la mano. Le chocaba algo así en la misma persona que tras abandonar el instituto soñaba con largarse lejos de España como voluntario a América Latina. Para ella era tan contradictorio como para mí evidente.
Los poderes de la abuela Vitoriana 1 Febrero, 2008
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Mi madre tiene una capacidad innata para de un vistazo o un simple intercambio de palabras analizar a las personas. Llegó un momento en que le dije que tenía poderes de “bruja” porque siempre acertaba.
Pero llegó el día en que me di cuenta que yo hacía lo mismo con igual éxito. Y cuando me habló de una abuela suya que curaba mediante rezos decidí llamar a esa capacidad “los poderes de la abuela Vitoriana”.
Todo es una broma porque con el tiempo comprendí que no existía tal capacidad intuitiva sobrenatural. Era todo un proceso racional en el que uno juzga a las personas analizando el lenguaje no verbal. La ropa, la mirada, la actitud, etc… te dicen si estás ante alguien encantado de conocerse a sí mismo o ante alguien que va por la vida pidiendo perdón por existir.
Eso es algo que puedes ver en una oficina en alguien que viene a una entrevista de trabajo desde que entra por la puerta. Es algo que ves en la adolescente con las uñas pintadas de negro con cara de odiar su vida que te cruzas en el metro. Que notas en la mirada de desprecio de la chica de culo perfecto.
Y el siguiente paso, claro está, es preguntarte qué imagen proyectas ante los demás. Preguntarte qué dices de ti mismo sin darte cuenta.
A todos nos gusta quitarle importancia a los pequeños detalles. “No voy a cambiar de corte de pelo sólo para agradar a los demás”. Cuando son esa clase de elementos los que usamos para juzgar a los demás. Queremos ir por la vida con ropa cómoda y un look informal, y esperamos que nos aprecien por nuestro interior. Mientras en las personas del otro sexo escudriñamos hasta sus uñas y las juzgamos en consecuencia.
Yo me he pasado media vida recibiendo consejos para que cambie de corte de pelo, use gomina, me ponga lentillas y vaya al gimnasio. No quiero ni imaginarme disfrazado con esas pintas.
Creo que quien me da esos consejos sólo ha entendido la mitad de las cosas. El aspecto físico es crucial para llamar la atención al otro sexo. Pero decimos mucho de nosotros mismos antes de abrir la boca a través de cosas que no cambiarían por mucho que me disfrazara de persona a la moda.
Y aunque pudiera hacerlo si le pusiera empeño, y ello tuviera un efecto inmediato en los demás, sé que renunciaría a esforzarme en resultar más interesante y atractivo a ojos de los demás. Es una renuncia voluntaria desoladora porque no hay nada más triste que poner empeño en llegar a ser la persona que querías ser y descubrir el rechazo de los demás.
Así que no le deis más vueltas. Yo en el fondo elegí esta vida. Y por eso detesto el mundo. Porque cuanto más me acerqué a lo que quise ser y hacer, más desprecio recibí.